Desde mi sillón

Un blog de la Red de las Indias

Grupo de Cooperativas de las Indias

¡Qué día!

Fue hace tres días; pero todavía no me he podido recuperar. La Odisea fue como un crucero de placer por las islas griegas y, comparado con el mío, el día de Bloom un aburrido domingo de invierno.

No, no empecé entonando un intriobo ad altare Dei ni me afeité con navaja recién afilada sobre una correa; pero la ceremonia de afeitarme, tomar las pastillas y mirarme la tensión arterial esperando a que el agua se caliente para poder ducharme, me resulta cada día más exasperante sobre todo sabiendo que el desayuno que me espra es solo fruta y leche como si estuviera en un campamento beduino.

Pero bueno, una vez acicalado y sin un gusanito en la barriga compuse a toda prisa un minipost que debía a, o no lo debia pero quería ofrendarlo, a Rafa Larreina, un pequeño homenaje particular a un perdedor especial.

No fue dificil esa tarea lo que me dio tiempo suficiente para ir andando hasta el dentista. Solo se trataba de “tomar medidas” pero tumbarse en ese sillón reclinable ya es un trauma, uno de esos que hemos aprendido a afrontar como si fuera algo natural. Son solo unos minutos; pero no puedo dejar de recordar al pobre Dustin Hoffman en Marathon Man. Aquí se acabó la parte tranquila del día, así que imaginen el resto.

Una vez tomadas mis huellas bucales para el puente, encaminé mis pasos (andando otra vez por eso del ejercicio contra la hipertensión arterial y a favor del ensanchamiento de las coronarias) a la oficina que he alquilado justamente para salir de casa y caminar y tambíén para trabajar un poco, no crean que soy tan lerdo de no aprovecharla. Medí la charla de la noche para no pasarme de tiempo y recorté y coleccioné las informaciones periodísticas sobre la Europa del este y sus dificultades económicas así como sobre la caída industial de países fuertes como Francia, Alemania o Suecia (su producción industrial había caído un 22 % en términos anualizados).

Silbando por la alegría que esos desatres ajenos me proporcionan, me encaminé a mi sesión de análisis de mi psique. Ya soy un veterano y sé que la mejor manera de sacar lo que cuesta es no pensar en ello. Pero esto tiene sus consecuencias pues sin comerlo ni beberlo me encontré enredado en una queja que reflejaba la conversación que había tenido la víspera con un ez-alumno y colega actual sobre el deseo de desaparecer en este país ingrato en el que no debes sacar la cabeza sino quieres que te la corten. El acude a su tradición de clandestinidad para protegerse. Yo, menos avezado en esas lides, solo trato de esconderme detrás de fingidas radicalidades expresadas como en broma. Me separa y distingue de aquellos a los que no quiero parecerme, pero me protege por haber sido capaz de confesar con humor lo que me diferencia y de una forma tal que el interlocutor no puede darse por enterado. Una estrategia que, como comprederán, no funciona y cada vez mis alambicados comentarios sobre cualquier cosa son recibidos con mayor distancia y reticencia prevía por parte de los pocos seres “normales” con los que todavía me relaciono. Sobre ese precio que pago me escuchó con paciencia mi analista hasta que sonaron las famosas palabras “es la hora, lo dejamos por hoy”.

En la esquina de la calle tardo en encontrar un taxi libre aunque desde hace ya bastantes meses la crisis los ha vaciado (¿quizá es que ya no salen a trabajar?

Llegué justo a tiempo a la comida con los dos mandamases de mi ONG favorita a la que cotizo para construir una escuela y una maternidad no lejos de Maputo. Hay que echar una mano para levantar en cinco años una escuela profesional y quizá yo podría contactar con industrias a punto de cerrar que cedieran su maquinaria. Ya hablaríamos del transporte pero, de paso, trato de hacerme aceptar como un turista concernido y ganarme un viaje que me permita sentir el cielo de Africa antes de irme al otro barrio. Ya he renunciado a China o India; pero no puedo renuciar todavía a ser enganchado por la atmósfera de Africa. No cierro la cuestión pues me interrumpe una llamada del rector de la Carlos III, un buen amigo que me llama para opinar sobre un “negocio” que le he propuesto.

Salgo corriendo para pillar otro taxi y llegar a tiempo a una reunión de las llamadas “de negocios” con dos amigos a los que aprecio. Nada complejo a debetir aunque uno de ellos, un antiguo jefe, se toma esto muy en serio y acabo saliendo con algunos deberes y con las memorias de un amigo común que prometo devolver cuando les haya echado un vistazo.

Llego con el tiempo justo a una reunión de accionistas de una de esas empresas en las que he invertido pues tiene que ver con la innovación. Mientras camino hacia el hotel en el que hemos quedado me pregunto porqué realmente me interesa la innovación y me vuelve a la boca el regusto del diván. Debe ser porque quiero que todo cambie en cualquier dirección. Parace ser que necesitio las novedades como Drácula la sangre fresca.

Pero hetéme aquí con que nadie acude a esta reunión. Seguro que la han desconvocado y no me he enterado pues no he mirado mi correo electrónico en todo el día.

Es como un respiro. Ahora ya solo me queda caminar pensando en la charla que hace tiempo me comprometí a ofrecer sobre la crisis, sus orígenes remotos y sus soluciones así como sobre cómo va a quedar el mundo después de esta crisis que no sabemos lo que va a durar ni la profundidad que va a alcanzar. Me paro en un bar para tomarme un “rueda” que me anime un poco y después de dos sorbos me encamino al local donde tendrá lugar mi performance.

He sido profesor y por lo tanto tengo un sentido de la escena, de ocuparla, de atraer la atención y de confundirme tan tontamente que luego resalta más la correción que ofrezco inmediatamente. No he medido bien el tiempo y me he enrollado demasiado.

No podía ser de otra manera pues he tratado de explicar cómo no acepto esas interpraciones de la dispacón de la riqueza como el castigo de la codicia o como el espejismo de los que creen en una riqueza que resulta ser ficticia. Vengo preparado y les cuento que los innovadores financiros son como las mujeres. Unos y otras son los tejedores de la trama y la urdimbre sociales. Sin ellos no quedaría huella de nada, nada podría acumularse.

Las preguntas deberán esperar a la cena en un restaurante cercano.La cena es exquisita; pero es dificil degustarla cuando, a partir del aperitivo, las preguntas vuelan en direcciones encontradas. No sé como me las arreglo; pero la tensión del debate me da hambre y acabo respondiendo a todo y comiéndome y bebiéndome también todo haciendo así inutiles mis paseos por este Madrid primaveral.

He salido de casa a las 9.30 y cuando el taxi me deja de vuelta en ella son las 0.30. No hay nadie despierto. Mi hija y mi mujer parecen dormir a pierna suelta; pero mi cabeza está en pura efervescencia y no consigo sosegarme a base de televisón basura hasta las 1.30.

Me angustia el día de mañana. Una pareja amiga viene a vistarnos y además de ver con ellos la exposición de Bacon, tengo que comer con otros amigos y colegas en la UAM para organizar un seminario sobre propiedad intelectual, todo ello antes de volver a USUA para ver si de una vez aprendo a manejarme con Linux, hasta que vaya, primero a una inauguración en una galería de arte y luego a cenar con el filósofo que el viernes nos dará un seminario sobre psiclogía de masas aplicada a la explicación del Holocausto con un nombre que me viene a la cabeza continuamente: hier ist kein warum.

No quiero mirara al despertador pues ya no creo que me quede tiempo de descansar.

«¡Qué día!» recibió 0 desde que se publicó el Sábado 14 de Marzo de 2009 . Si te ha gustado este post quizá te gusten otros posts escritos por Juan Urrutia.

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