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Propiedad Privada

Publicado en Expansión, martes 8 de mayo de 2007

Que la propiedad privada de los medios de producción es una condición indispensable para el funcionamiento correcto de la Economía de Mercado, es decir del Capitalismo, es hoy un lugar común que, por un lado, a menudo se utiliza como un recordatorio de la derrota de la economía marxista y que, por otro lado, refleja el éxito de la denominada economía de la información que a partir de los años 70 ha revolucionado la teoría económica.

De acuerdo con esta rama vivificadora del análisis económico la necesidad de la propiedad privada se deriva de la exigencia de alinear los incentivos de cada agente individual con los objetivos de la sociedad. Y así es en efecto porque nadie puede esperar que alguien ponga todo su esfuerzo en un trabajo de cuyos frutos no va a poder apropiarse al menos en parte. Sin embargo, y a pesar de esta evidencia, todavía discutimos apasionadamente sobre la naturaleza de la propiedad, sobre las posibilidades de que, aunque conveniente, su necesidad pueda ser puesta en duda y sobre la conveniencia de extender artificialmente su ámbito.

Antes de pasar a estudiar brevemente un par de cuestiones actuales relacionadas con la discusión mencionada, es conveniente recordar la polémica de mediados del siglo pasado sobre la posibilidad del socialismo de mercado. La Economía Neoclásica que Lange estudió en Chicago le abrió los ojos a la posibilidad de utilizar las propiedades del sistema de mercado para aplicarlas a una economía centralizada. Su idea era que se pueden calcular centralmente los precios de equilibrio competitivo de una economía como, por ejemplo la de Polonia, país este al que volvió desde Los EE.UU de América para atender a su finanzas, y luego dejar que la gente actúe según esos precios siguiendo su propio interés. La idea parecía interesante y devolvía la esperanza a los antiguos revolucionarios anticapitalistas que no podían ya creerse la viabilidad de la economía planificada.

Sin embargo este experimento no tuvo ningún éxito por dos razones. La primera, más conocida aunque menos importante, es que es imposible calcular los precios de equilibrio de una manera centralizada debido a que no hay manera de extraer las preferencias de los individuos sin las cuales no hay forma de calcular el vector de precios asociado a la asignación óptima y a que, aunque se pudiera, no habría capacidad de computación real., Por lo tanto, no hay manera de poner en marcha el esquema. En realidad estas no serían hoy una objeción definitiva puesto que sabemos recuperar las preferencias a través de la observación del comportamiento y la potencia de computación es tan grande que se podría realizar el cálculo. La verdadera objeción a la idea y al experimento de Lange es que los sujetos no se comportarían como predice el modelo por problemas de incentivos relacionados, tal como decía, con la ausencia de la propiedad privada.

Ahora sí que puedo encarar las dos principales cuestiones que hoy observo alrededor de este concepto central del capitalismo. Por un lado está la idea muy generalizada de que las redes sociales pueden sustituir a los mercados y de que la propiedad puede ser sustituida por la accesibilidad (recordemos el éxito de La Era del Acceso de Jeremy Rifkin). Por otro lado nos encontramos con el reforzamiento artificial del concepto que pasa cubrir cosas como la propiedad intelectual e industrial a través del copyright o de las patentes. Pensemos en cada una de estos asuntos relacionados con la propiedad privada.

La mejor manera de ejemplificar la era del acceso es la disponibilidad de bicicletas sin aparente propietario y que son usadas para el transporte urbano en ciudades como Amsterdam, que inventó este arreglo social, o como Copenhague donde todavía se usa. ¿Representa esto la sustitución del mercado por las redes?, ¿ha sobrepasado el acceso a la propiedad privada? Dejemos aparte la crítica fácil de decir que las bicicletas son del ayuntamiento y que se financian con tasas. Pensemos de una manera un poco más profunda.

Se trata más bien de un mercado de alquiler de transporte. A cambio de unas tasas municipales uno puede usar un artefacto con ciertas condiciones como son por ejemplo, dejar las bicicletas después de usadas en ciertos lugares convenidos así como reportar las posibles averías. Lo único que ha ocurrido es que el Mercado ha llevado a cabo su labor creativa y ha inventado un nuevo mercado. Si el invento no ha sido muy sostenible hasta ahora ha sido precisamente porque la propiedad no era privada y la gente no tenía ningún incentivo a cumplir con las reglas establecidas respecto a aparcamiento o reparaciones. Esto, después de la revolución de las TIC, no sería ningún problema pues hay formas de saber quién utiliza qué en cada momento si ese alguien se deja. Y si no se deja no podría entrar en este mercado de alquiler.

Pues bien esta posibilidad existe hoy en relación al problema de los inmuebles no utilizados por su dueño y ocupados por lo que muchos llaman bandas de vándalos. El asunto de los okupas se podría arreglar, dada la sofisticación tecnológica de hoy, si los que tenemos más de una vivienda dejáramos que una u otra fuera utilizada, en ciertas condiciones comprobables por la domótica y a un precio irrisorio en cualquier momento que el dueño no la necesitara para su uso personal.

Sería un simple, aunque sofisticado, contrato de alquiler. No hay nada de especial en esta propuesta y se parece a muchas otras que ya apuntan. Por ejemplo un transportista puede contratar la posibilidad de alquilar una potencia extra para su camión para circunstancias extraordinarias que la requieran. Pensemos también en la prensa gratuita, en el software libre o en las nuevas formas de acceso a las publicaciones científicas. En todos esos casos parece como si el acceso hubiera sustituido a la propiedad y la red al mercado; pero la realidad es simplemente que se sofistica el Mercado basado en la propiedad privada gracias a las nuevas tecnologías.

La propiedad privada no ha sido violada, a pesar de las apariencias, en los casos que acabo de mencionar. En otros casos, que ahora quiero comentar, lo que ocurre es que la propiedad extiende su ámbito hasta donde no debiera a juicio no solo mío sino de muchos economista y juristas de prestigio. Hay sin duda abusos incomprensibles como los de las partituras de música o los de ediciones de libros clásicos que están protegidas por el copyright, evidentemente no de su autor, sino de su retocador. El resultado es que se escucha menos música antigua o se lee menos a los clásicos.

Lo mismo ocurre en los casos de la propiedad industrial protegida por las patentes. Por un lado su justificación clásica no se da en general. En efecto el intento de mediar entre la invención y la difusión a través del otorgamiento legal de un monopolio temporal a cambio de describir públicamente el invento, no funciona porque, en la práctica, las descripciones son indescifrables. Por otro lado hay abusos evidentes cuando las patentes amparan a “objetos” ridículos y cuando su duración se extiende hasta límites estúpidamente largos. Y lo más importante es que, con abusos o sin ellos, la que sufre es la innovación ya que, una vez obtenida una patente, el incentivo a seguir innovando disminuye.

El resultado básico de esta reflexión es que, aunque es muy cierto que la propiedad privada de los medios de producción es crucial para el buen funcionamiento del Capitalismo, hay que saber defender ese punto frente a ataques de los idolatradores de la tecnología que confunden el acceso libre con la ausencia de propiedad privada cuando en realidad ese no es el caso ni de lejos y hay que saber distinguir la conveniencia de la propiedad privada de la abusiva extensión de ésta a situaciones que, si bien son muy agradecidas para quien detenta un cierto monopolio artificial, no se sostienen desde el punto de vista social sino que, más bien, son perjudiciales para el desenvolvimiento de la fuerza creativa del mercado.

No hay que apelar a la función social de la propiedad, ni caer en consuelos beatos, como la Responsabilidad Social Corporativa que, en la mayoría de los casos, no son sino gestos grandilocuentes para desviar la atención de la situación de monopolio concedida por la ley sin justificación alguna.

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