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Promiscuidad

Publicado en Expansión, martes 6 de septiembre de 2005

Hace poco más de un mes, en mi artículo Objets Trouvés hacía referencia a la clase creativa, una noción analítica introducida por Richard Florida y cuyo correlato real surge en sociedades en las que se dan el talento individual de los miembros del grupo, la tecnología y la tolerancia. En aquella ocasión yo trataba de dar una vuelta de tuerca a la idea de tolerancia definiéndola como incompatible con apriorismos castrantes, estúpidos argumentos de autoridad, condenas sociales o profecías catastrofistas.

La tolerancia que yo quería destacar se parecía más bien al respeto por la curiosidad o al gusto por la experimentación o a la libre especulación aunque sin caer en la simplista admiración por los fantásticos inventos del doctor Fritz de Copenhagen publicados en el TBO con terquedad admirable. En el espacio intermedio hay suficiente amplitud como para que se pueda dar no sólo la tolerancia de Florida; sino incluso algo más parecido a la promiscuidad. Y, como ahora trataré de mostrar, que se de algo parecido a esa promiscuidad se me antoja necesario para que el talento y la tecnología acaben generando el deseado incremento en la productividad que se reclama por doquier y que tanto se enfatiza en nuestro país.

En el artículo de Agosto que acabo de citar me hacía eco de la anécdota del doctor Omeñaca que había curado uno de los primeros casos de ántrax surgidos en los EE.UU. a raíz del 11/S, gracias a la descripción del carbunclo inhalado que el doctor Farreras hacía en su famoso y antiguo manual. Esta especie de promiscuidad intergeneracional se puede plasmar de muchas maneras; pero todas han de ir dirigidas a evitar el “apartheid” entre científicos jóvenes y viejos. De mi época de formación recuerdo con nitidez la presencia en los seminarios de investigación de dos figuras señeras y en activo como Kenneth Boulding o Martin Bronfenbrenner que, ante la pomposa presentación de un joven turco con ganas de reinventar todo un área de conocimiento, se permitían puntualizar desde el fondo del aula que quizá aquella idea presuntamente rompedora ya estaba en Marshall o en von Mises. Esta presencia activa de figuras importantes, aunque en sus años menos productivos, generaba una sensación de pertenencia orgullosa a un colectivo escogido y, estoy seguro, mejoraba la productividad intelectual de todos nosotros.

Algo parecido, con resultados análogos, podría ocurrir si en los distintos departamentos de una empresa (y no sólo en los de I+D) no se utilizaran las prejubilaciones con el desparpajo con que se utilizan bajo la presión de los responsables financieros. Estas prejubilaciones colaboran activa y eficazmente al olvido del conocimiento tácito, e incluso del bien codificado, con el resultado probable de entorpecer el deseado y perseguido empuje a la productividad.

Pero la promiscuidad en la que debe “degenerar” la tolerancia no se limita a la generacional; sino que, si queremos mejorar la productividad, debe extenderse a la promiscuidad en el poder empresarial y a la promiscuidad que podemos asociar a la diversidad cultural.

El poder empresarial es algo sutil. Hasta donde yo llego, el estado del arte nos viene a decir que cuando, como suele ser el caso, el contrato fundacional de la empresa no es completo, el poder y el control deben recaer en la propiedad, es decir en los inversores. Sin embargo, en un trabajo que puede consultarse en mi página web como trabajo en curso, arguyo, basándome en una idea de Besley y Ghatak que, cuando se trata de una empresa científica, la propiedad de la empresa y, por lo tanto el control y el poder de decisión en casos y contingencias no previstos, debería recaer en los científicos. En la medida que la base científica es cada vez más importante en casi todas las empresas el argumento parece devenir más general.

Quizá podríamos atrevernos a sugerir que ya no basta con que el presidente de una compañía sea sensible al I+D; sino que seguramente hay que hacer presidente al que realmente entienda esa base científica que conforma el I+D. Pues bien, Dalia Marin y Thierry Verdier en “Globalization and the eEmpowerment of Talent” (CEPR nº 4129) muestran cómo y porqué el incremento del comercio internacional (globalización) y las rupturas en la cadena de valor (deslocalización) propician una batalla por ese talento que permite competir en base a una mejora en productividad, que acaba redundando en una organización corporativa en la que el poder y el control se trasladan al capital humano.

Por lo tanto no hemos de extrañarnos si, junto con los progresos en la productividad observamos cambios en el control desde el capital financiero al capital humano. Este cambio, ya perceptible, generaría otros cambios profundos y no se llevará acabo sin resistencia; pero acabará imponiéndose como forma de promiscuidad social ya que el factor productivo escaso hace tiempo que es el talento y no la capacidad financiera.

Pero la promiscuidad en la que se traduce la tolerancia no se agota en la promiscuidad intergeneracional o en la social. Cabe hablar de una promiscuidad cultural que afecta a una economía entera, que está asociada a la diversidad, cultural en este caso, y que, como las otras formas de promiscuidad, redunda en incrementos de productividad. La diversidad puede ser nociva porque incrementa los costes asociados a la provisión de bienes públicos; pero también puede ser buena y no solo por la complementariedad productiva que se suele asociar a ella. Puede ser buena porque da origen a nuevas formas de solucionar problemas, es decir porque propicia la innovación propiamente dicha con su correspondiente incremento en la productividad.

Ottaviano y Peri en “Cities and Cultures” (CEPR, nº 4438) muestran, a través de un exhaustivo análisis estadístico de salarios en muchas y diferentes ciudades americanas, que el salario nominal de los varones blancos entre 40 y 50 años de edad es mayor en ciudades que pueden considerarse más diversas (medida la diversidad por el número de lenguas que se hablan en ellas de manera habitual y corriente) y en donde esta diversidad así medida es el resultado de una inmigración ya asentada. Además prueban que este mayor salario es el resultado de una mayor productividad.

Para terminar podemos preguntarnos a la luz de los comentarios efectuados hoy sobre la promiscuidad como forma de tolerancia y de los efectuados en el pasado sobre tecnología y talento, si España está haciendo bien sus deberes en lo que respecta a los incrementos de productividad por los que tanto se suspira. El Ministerio de Industria hace esfuerzos financieros importantes por poner al día la base tecnológica del aparato productivo español. El Ministerio de Educación no es tampoco ajeno a esta tarea y, además, trabaja para que España atraiga y retenga el talento. Sin embargo no me parece a mí que España esté haciendo bien sus tareas en lo que concierne a las formas de promiscuidad que he expuesto.

El contacto entre jóvenes y viejos investigadores no se promueve porque nadie parece requerirlo. Los centros de investigación están presionados hacia la novedad en un mundo en el que la vida media de las citas disminuye significativamente y las empresas prefieren el alivio financiero a la conservación del conocimiento antiguo, sea expreso o tácito. Las empresas privadas empiezan a darse cuenta de la importancia del capital humano; pero con una lentitud que resulta exasperante por muy comprensible que sea. Y, finalmente, la diversidad no es precisamente un valor muy apreciado por estos pagos.

Parecería pues que vamos a tener algunos problemillas; pero nuestro optimismo los transformará en grandes oportunidades a lo largo de ese camino que sabemos que tenemos que recorrer y que yo me permito asociar a la promiscuidad o, menos provocativamente, a la tolerancia.

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