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Presupuestos Generales del Estado

Publicado en Expansión, lunes 19 de diciembre de 2005

En unas fechas del calendario político como las actuales, corremos el peligro de que una cuestión central, que merece la atención de toda la clase política y de la opinión pública, acabe oscureciendo otra cuestión que no por rutinaria deja de tener un largo alcance.

La primera cuestión, la del problema territorial, nos confronta con nuestra propia naturaleza como nación y con la mejor forma de organizarnos como tal. No es de extrañar que el paso por las Cortes de la propuesta de nuevo Estatut durante los próximos meses retenga toda la atención de los medios sólo interrumpida para reportar sobre el desacuerdo en temas educativos. Sin embargo, la segunda cuestión, la de los Presupuestos Generales del Estado para el año 2006, aunque no haga echar humo a las páginas de los periódicos, es muy importante para el bienestar de los ciudadanos y también nos enfrenta con lo que somos y con lo que queremos ser. Trataré hoy de aportar algunas ideas básicas al debate presupuestario, dejaré para otra ocasión la consideración sosegada (o no) del problema territorial y prometo no hablar de educación, excepto por un comentario muy tangencial.

Volviendo pues nuestra atención hacia los PGE (Prespuestos Generales del Estado) 2006, lo primero que hay que advertir es que, aunque sea aproximadamente cierto que, como toda ley presupuestaria, es un indicador de la dirección que la política económica quiere seguir, ese indicador no es del todo fiable porque es el resultado de muchas negociaciones en direcciones diversas. Negociaciones dentro del partido en el gobierno y dentro de los partidos que lo apoyan, negociaciones entre distintos ministerios a la búsqueda de su éxito sectorial y negociaciones entre el gobierno y sus clientes, san éstos esos otros partidos u otras fuerzas sociales que no se pueden ignorar.

Otra advertencia previa imprescindible es que estos presupuestos se elaboran en una coyuntura mundial y europea que está claramente desequilibrada. A muy grandes rasgos podríamos decir que, en el mundo, hay una ingente masa de ahorro, público y privado, que sin embargo está mal repartido. En ciertas áreas (Asia) hay un exceso de ahorro, mientras que en otras áreas geográficas (los EE.UU. de América) hay un déficit de ahorro o, lo que es lo mismo, un exceso de consumo, sin que ninguna especie de flotación sucia permita el reequilibrio automático mediante el ajuste de la paridad de las respectivas monedas

Europa es como una edición empeorada de esta misma historia puesto que, al no contar con ninguna posibilidad de ajuste cambiario en la eurozona, corre el mismo peligro de generar déficits y superavits en las balanzas de intercambios internacionales y casi garantiza la certeza de que esos desequilibrios se ajustarán a través de cambios en la tasa de actividad y de empleo.

Una vez consideradas estas dos advertencias previas, podemos entrar en la consideración de los propios presupuestos para el año 2006 comenzando por un test de su credibilidad, o de su voluntarismo, basado en el análisis de las elasticidades que podemos calcular a partir del cuadro macroeconómico que justifica las grandes cifras. En el cuadro adjunto se muestran las elasticidades más relevantes tanto para el próximo año como para el año anterior. Para calcularlas basta con dividir el crecimiento porcentual previsto de una variable dada (sea, por ejemplo, el consumo de los hogares) y dividirlo por el crecimiento porcentual previsto del PIB. Comparando las cifras para los tres años nos percataríamos de si, por hacer una frase gráfica, estamos hablando en del mismo país. La no continuidad en estas cifras representa de manera tosca, pero gráfica la dosis de voluntarismo que los anima.

Elasticidades con respecto al PIB

Esta prueba ácida nos hace ver que, efectivamente, el gobierno no pretende cambiar el modelo de crecimiento que estableció el año pasado y que solo se diferenciaba significativamente del correspondiente al del 2004 en un intento de reducir el consumo público y de aumentar la Formación Bruta de Capital en bienes de equipo. Lo que se puede decir es que, con respecto al año precedente, lo que el gobierno pretende es, simplemente, tratar de lograr lo que se llama un aterrizaje suave. Quizá no hay una manera mejor de actuar; pero el gobierno ganaría un mayor índice de confianza ciudadana si confesara lo que realmente hace: funambulismo mientras teje con resignación y sin mucho entusiasmo una red de seguridad.

En este contexto podemos plantearnos ahora la tensión central entre los aspectos macroeconómicos y los microeconómicos de estos PGE 2006.Comencemos por los segundos.

Dejando a un lado los problemas propiamente sociales como las pensiones, las ayudas familiares o el apoyo a la compatibilización entre la vida laboral y el hogar, el problema básico al que hay que enfrentarse es el de la creación de un capital innovador, o tecnológico, que nos permita ponernos al día en la Agenda de Lisboa y hacer crecer la productividad. Si somos consistentes en este esfuerzo acabaremos con el tiempo siendo más competitivos, mejorando nuestra balanza comercial y, quizá, siempre que no se intente hacer por la vía fiscal lo que no se puede hacer por la vía monetaria, quizá, digo, podamos frenar a medio plazo el diferencial de inflación con la media europea o, más bien, con la eurozona.

Aunque sea obvio es conveniente recordar que debemos considerar a las infraestructuras en general, y en especial a la educativa y la investigadora, como parte de ese capital tecnológico y llamar la atención sobre el sensible deterioro en su mantenimiento y puesta al día. En este punto, así como en el relativo a los problemas sociales, el gobierno ha hecho un esfuerzo significativo en e que debería perseverar.

Pero por el lado macroeconómico es cierto que España debería generar un superavit presupuestario mucho mayor del que, según el borrador de los PGE 2006, se lograría una vez consolidadas las cuentas de la seguridad social y suponiendo que la coyuntura mundial, y especialmente la europea, no se deteriore y cumpla las expectativas incorporadas en los cálculos. Este superavit es realmente conveniente y deseable a efectos de paliar la escasez del ahorro. El ahorro privado interno no es suficiente para financiar el déficit exterior y el ahorro externo no está llegando en cantidades suficientes. Si esto nos llevara a tener que acumular deuda ofreciendo un rendimiento mayor, estaríamos entrando en una senda que no ofrece más que problemas de solvencia.

Este contraste entre las necesidades micro y las exigencias macro delimita una muy estrecha senda para la buena marcha de la economía española. ¿Cómo lograr el tránsito por esta senda estrecha. Es decir ¿cómo tejer la red de seguridad mientras recorremos los últimos metros del cable tenso a 20 metros de altura? He aquí dos consejos complementarios destinados a generar ahorro.

El primero es anunciar una reforma de la administración central y el segundo la eliminación del aval del Estado al endeudamiento de las CC.AA. El primero pretende reducir, no la inversión pública necesaria para el incremento de la productividad, sino el consumo público, un equivalente preciso de las prejubilaciones en las empresas privadas. Originan un gasto inicial grande para la S.S. (Seguridad Social); pero reduce los gastos generales y, finalmente, el capítulo 1 del presupuesto. Esto es algo que nos podemos permitir precisamente ahora que la regulación de inmigrantes ha mejorado sustancialmente las cuentas del S.S..

Dejarlo para más adelante sería hacerlo imposible pues los inmigrantes, a falta de nuevas oleadas que nuestro sistema productivo no podría absorber de momento, acabarán siendo clases pasivas y aumentando el consumo público. Sin embargo esto no bastaría si las de las CC.AA. no hacen lo mismo, pero no tienen incentivo a hacerlo si mientras tanto pueden seguir endeudándose por motivos clientelares y cuenten con el aval del Estado para sus emisiones. Si eliminamos éste se produciría inmediatamente una reducción en el ritmo de crecimiento del endeudamiento regional y un impacto significativo en el ahorro público interno así como un mayor acceso al externo.

El mero anuncio de estas dos medidas generaría una dinámica virtuosa que acarrearía la aceleración de los efectos buscados. Claro que hay que hacer bien las cuentas; pero prima facie me parece una solución factible, máxime cuando la reforma de la administración fue un banderín de enganche de la primera administración socialista y cuando difícilmente podría contar con la falta de apoyo de la oposición.

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