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LXXXVI: Por un liberalismo pequeño burgués

Las tres ideas más elementales que siempre se asocian al liberalismo son las siguientes: primacía de la libertad sobre todo lo demás, incluida la felicidad, individualismo como ejemplo extremo de diversidad y confianza en la evolución autónoma de la sociedad. Sin embargo estas tres ideas no agotan las características del liberalismo, no pueden ser articuladas entre sí en ausencia de otras consideraciones y no sirven en sí mismas, y sin mayores precisiones, para poner en pie la contrarrevolución que persigo.

Si algo me ha dejado claro la guerra de Iraq es el peligro del autoritarismo de los neoconservadores americanos quienes, a la manera de aquellos católicos del imperio español que pretendían evangelizar a cristazos, están tratando de exportar al Oriente Medio unos valores y unas instituciones pretendidamente liberales de manera brutalmente persuasiva.

La administración Bush representa ese autoritarismo neoconservador y como tal no ha prestado atención a la opinión pública, no ha jugado limpio en el seno de algunas de las instituciones multilaterales existentes y, desde luego, no ha ofrecido una discusión pública racional más allá de un canto desafinado a los valores más tradicionales disfrazados de liberalismo, una loa boba a la fuerza y un desprecio poco caritativo hacia la debilidad. Por estas razones, cuando me propusieron escribir diez líneas expresando mi reacción espontánea al inicio de las hostilidades, no dudé en titularlas con cierta pomposidad retórica como la derrota del liberalismo.

Después de que hayan pasado dos meses desde esa impresión improvisada sigo opinando, desde mi manera de pensar de economista ortodoxo (y, por lo tanto, liberal en un cierto sentido), que la decisión de intervenir en Iraq no se tomó con esa racionalidad entendible que explicita el objetivo y explora alternativas, que se pretendía una postguerra basada en instituciones de diseño sin ninguna garantía de estabilidad y que la clase media americana (en la que se plasmarían todos los defectos que se han solido achacar a la pequeña burguesía por los intelectuales de izquierda y por los poderosos de una derecha inculta) ha sido ignorada en favor de una extraña coalición entre los ricos del partido republicano y los desheredados de la fortuna a los que sólo queda el orgullo patriótico. No creo que los neoconservadores ni sus intelectuales orgánicos objetaran a mi derrota del liberalismo. Se trata de revolucionarios genuinos para los cuales no hay nada que respetar en ninguna de las múltiple versiones del liberalismo más allá de referencias puramente oportunistas.

Como profesional de la Economía, una rama del pensamiento que ha contribuido desde distintas perspectivas al entendimiento del ejercicio de la racionalidad y de la necesidad de las instituciones, y como miembro de una pequeña burguesía que quiere dejar vivir y que le dejen vivir, pretendo constituirme en contrarrevolucionario y contribuir a perfilar las líneas maestras de una plataforma política que se propone explícitamente frenar la revolución autoritaria que, desde el neoconservadurismo americano, puede extenderse peligrosamente a la derecha europea.

Para llevar a cabo esta labor contrarrevolucionaria no tengo más remedio que discutir los principales rasgos característicos del liberalismo para quedarme con aquellos que más claramente pueden ser blandidos contra las tendencias revolucionarias. Podría desde luego renegar del liberalismo acogiéndome a la doctrina tradicional de la Iglesia Católica o amparándome en cualquiera de las ideologías fuertes que, monstruos, han infestado el siglo XX a partir de la exacerbación de la razón ilustrada. Pero ni quiero ni puedo convertirme en beato o en revolucionario desfasado sino que sólo pretendo frenar una revolución autoritaria que amenaza el liberalismo en el que creo.

Pero la tarea que me impongo no es fácil pues todas las ideologías débiles entre las que hoy tenemos que navegar tienen algo de liberal. El anarquismo de Noczik, el liberalismo a la austríaca de Hayek o de Popper, al republicanismo de Petitt, el pragmatismo al día de Rorty o esa socialdemocracia que puede tener su origen en Rawls, son todas ideas propias de pensamiento político que rozan con el pensamiento económico y que comparten, en parte, algunos rasgos propiamente liberales que ahora voy a tratar de examinar a partir de una distinción poco sutil pero útil entre, por un lado, la tradición formalista de origen descartiano y que, en economía, pasa por Walras y termina en el desarrollo pleno de la teoría del equilibrio general y, por otro lado, la tradición naturalista de origen humeano que, en economía, pasa por Marshall , entronca con los austríacos y culmina con una concepción del mercado y de la competencia más viva y dinámica que la que subyace a la teoría del equilibrio general y a la que también contribuyó Schumpeter.

Las tres ideas más elementales que siempre se asocian al liberalismo son las siguientes: primacía de la libertad sobre todo lo demás, incluida la felicidad, individualismo como ejemplo extremo de diversidad y confianza en la evolución autónoma de la sociedad. Sin embargo estas tres ideas no agotan las características del liberalismo, no pueden ser articuladas entre sí en ausencia de otras consideraciones y no sirven en sí mismas, y sin mayores precisiones, para poner en pie la contrarrevolución que persigo. Por lo tanto tengo que proceder de una forma más parsimoniosa. Comenzaré, quizá por mi sesgo de economista, por examinar la racionalidad y sus aventuras.

Frente al cartesianismo francés o el kantismo alemán que, a mi juicio, están en el origen remoto de las monstruosidades de las ideologías fuertes citadas, el liberalismo profusa un sano escepticismo hacía la razón tal como muestran dos botones bienconocidos. John S. Mill reacciona agriamente contra el racionalismo estricto de su padre, James Mill , y de Bentham y afirma que el mundo es demasiado complejo como para que el que quiera comprenderlo y actuar sobre él pueda utilizar sólo la razón. Hayek, a su vez, sospecha que la razón, entendida a la manera neurológica, muestra una complejidad que no hace sino reflejar la que en lo social pusieron de manifiesto Menger o Mises. Este recelo frente a la racionalidad desnuda y sobre su capacidad para llegar a desentrañar problemas sociales serios están en el origen de una bifurcación interesante del liberalismo en Economía.

O bien, siguiendo la tradición formalista, exploramos las implicaciones estáticas de una racionalidad ilimitada y funcional en un mundo simplificado del que se han eliminado el tiempo irreversible y la ignorancia plena respecto al futuro, o bien, siguiendo la tradición naturalista, tratamos de incorporar ese tiempo y esa ignorancia como elementos fundamentales de una manera de pensar que se apoya en los límites de la racionalidad y en procesos dinámicos. En el primer caso, que llamaré neoclásico, es fácil obtener resultados formales interesantes que nos llevan a una concepción del mercado y la competencia que resalta los aspectos asignativos, la optimalidad paretiana y los fallos de mercado que están en la base de un cierto intervencionalismo ingenieril. En el segundo caso, que llamaré austríaco, la dificultad de modelización explica la ausencia casi total de resultados formales.

Quizá por esta parvedad observamos cómo los economistas de esta tradición tienden a concentrar sus esfuerzos en una crítica a los neoclásicos acusándoles de no entender la importancia del mercado y de la competencia en la generación de riqueza, por ignorar el papel crucial de las instituciones (entre ellas la propiedad privada) y por no tener fe en la capacidad de autoorganización del sistema económico.

No cabe duda de que estos dos planteamientos liberales alternativos subyacen a la distinción entre los dos extremos del espectro liberal, la socialdemocracia por un lado y el anarquismo por el otro. Sin embargo ya existen desarrollos suficientes como para tender puentes entre estos dos planteamientos, explorar combinaciones de ambos, y elevar la aparente contradicción a un nivel superior. Desde la revolución de los incentivos (que se asocia pero realmente precede en algunos aspectos clave a la emergencia de la Economía de la Información), hasta lo que se ha dado en llamar la Nueva Economía Social (que no exige mucha racionalidad e incluye dinámica) pasando por la incorporación al análisis de pautas de comportamiento individual detectadas por la psicología del conocimiento, hay infinidad de resultados que permiten a ambos planteamientos liberales encontrar espacios comunes.

Sin embargo esta oportunidad no ha hecho sino cambiar de nivel la oposición entre una y otra actitud. Dicho de manera muy rotunda, los partidarios del planteamiento austríaco se convierten en cancerberos de una visión profética que resulta ser imprescindible para exorcizar los peligros a los que nos pueden llevar los resultados recientes mencionados que, tratando de captar la complejidad, de incorporar dinámica y de introducir límites a la racionalidad, nos podrían arrastrar al relativismo y al denostado multiculturalismo no lejanos ambos del pragmatismo rortyano. Este planteamiento austríaco capta bien que la fuerza del liberalismo no está sólo en el mercado, la competencia y el funcionamiento correcto de instituciones espontaneas o impuestas; sino que, al final, radica en un ethos que antepone la verdad y la libertad a la propia felicidad, tal como explicaré enseguida.

Es pues evidente que la tensión interna entre un liberalismo más de derechas y otro más de izquierdas no va a desaparecer; pero esto me parece que es algo estimulante y que, en cualquier caso, no empece mi decisión de incorporar, como primer elemento de mi contrarrevolución, la necesidad de la ética individual, necesidad que ha surgido inesperadamente del examen tangencial de los vericuetos por los que he transitado la idea de racionalidad en el mundo del análisis económico y tomándola de la visión cuasi profética del liberalismo de derechas.

De acuerdo con este primer rasgo contrarrevolucionario no deberíamos contentarnos con vivir en una sociedad con reglas o instituciones justas o aceptables pues nada puede eximir el ejercicio de nuestra responsabilidad individual a la hora de juzgar los ataques a cualquiera de las tres ideas básicas de libertad, igualdad y fraternidad. Y cuando esta exigencia se aplica a la idea de verdad surge, como ahora veremos, el segundo rasgo del liberalismo que quiero retener. Mi contrarrevolucionario, en efecto, deberá anteponer siempre y sin excepción la verdad a la felicidad de forma que, cualquiera que sea el objetivo social que persiga (y puede ser el propio del utilitarismo que quiere la mayor utilidad para el mayor número de personas) nunca admitirá la maximización de ese objetivo si ello oscurece la verdad. Verdad antes que felicidad es ese segundo rasgo contrarrevolucionario que, en su aplicación, nos lleva enseguida al tercero. En efecto, de la primacía ética de la verdad se sigue otra característica del liberalismo que tiende a olvidarse: la necesidad de la rebeldía y de la experimentación.

Tal como aprendimos de Popper, no es posible alcanzar la verdad mediante el ejercicio de una racionalidad, siempre limitada, sin la ayuda de la discusión abierta, la apertura de nuevos caminos o la experimentación sobre el terreno. Pero esta rebeldía y esta experimentación no se darán sin la imprescindible diversidad social. No hay nada más antiliberal que el conformismo del que aborrezco aunque no por razones estéticas, snobs o multiculturalistas; sino porque la diversidad es un requisito imprescindible para la obtención de la verdad en una sociedad en la que la racionalidad individual tiene límites. La necesidad de la diversidad es pues el tercer rasgo contrarrevolucionario que quiero destacar.

El empezar por el estudio de los avatares de la racionalidad era necesario para detectar unos rasgos del liberalismo que yo deseo destacar pero que suelen ser olvidados en beneficio de otras características más obvias como son la libertad y el individualismo. Continuaré por lo tanto examinando estas dos características básicas del liberalismo. En primer lugar la libertad. Como para los economistas el liberalismo suele asociarse al utilitarismo, es conveniente indicar que para el liberalismo que yo quiero (y que incluye la ética individual) la libertad pasa por delante de la utilidad. Libertad antes que utilidad será pues el cuarto rasgo definitorio de mi contrarrevolución. En consecuencia, y siguiendo a Sen, no admitiré ningún arreglo que maximice una función de utilidad social que me haya sido impuesta y que no haya surgido desde mi libertad.

La libertad es, en efecto, el valor supremo del liberalismo y muchos de los esfuerzos intelectuales de los liberales están relacionados con el despliegue de esta idea en diversos ámbitos como por ejemplo el económico. Un resultado importante de este esfuerzo es la entronización de la propiedad privada como la otra cara de la libertad, de forma que un proyecto contrarrevolucionario como el que estoy intentando dibujar no puede abstraerse de la discusión de esta institución central. En esta discusión importan también las dos tradiciones analíticas que he destacado más arriba. Para la rama británica de la tradición naturalista la propiedad privada es indispensable para el ejercicio de la libertad y para la rama austríaca es evidente que sin propiedad privada no hay incentivos para que se tomen los riesgos que están en el origen de riqueza. Sin embargo, para la tradición formalista, la propiedad privada es una institución que se toma de manera acrítica como dada, lo que incuba peligros.

Sabemos que en esa tradición una economía de mercado de propiedad privada que actúa competitivamente alcanzará un óptimo paretiano y que cualquier óptimo paretiano tiene asociados unos precios que si fueran impuestos a todos llevarían, a través del mecanismo de mercado, a las asignaciones propias de ese óptimo siempre que se pudiera elegir el reparto de la propiedad privada inicial. El juego argumental que proporciona este último resultado ayudó a la respetabilidad intelectual del llamado socialismo de mercado y dió origen al debate del cálculo socialista que se zanjó con el reconocimiento de que los incentivos exigen la propiedad privada. Podría establecer como mi quinto requisito contrarrevolucionario la exigencia de la propiedad privada; pero como esto no sería negado por los neoconservadores prefiero hacer hincapié en exageraciones propias de éstos aunque no sólo de ellos.

Basándose curiosamente en la tradición formalista propia del planteamiento económico neoclásico, los neoconservadores pretenden extender artificialmente la propiedad privada mediante el ensanchamiento del ámbito y la extensión en el tiempo de los derechos de propiedad intelectual. Yo me atrevería a hacer dos críticas a esta actitud neoconservadora. La primera es que desde el mismo planteamiento neoclásico se ha mostrado por M. Boldrin y D. Lavine que los derechos de propiedad intelectual pueden ser no necesarios para incentivar la inventiva. La segunda crítica a la extensión injustificable de la propiedad privada, parte más bien del espíritu del planteamiento austríaco y quiere hace notar que en los primeros estadios del desarrollo general, o el de una invención específica, puede ser necesaria la cooperación y que, a veces, ésta se da más fácilmente desde una situación en la que la propiedad privada no está muy firmemente arraigada.

Estas dos ideas son complementarias y conjuntamente dan cuenta de cómo se adquiere respetablemente esa propiedad privada necesaria: debe adjudicarse a quién más y mejor ha cooperado en la colonización de nuevas fronteras. Déjenme llamar a este mi quinto principio contrarrevolucionario el de la propiedad privada para quien se la trabaja. Una vez adquirida facilita el funcionamiento de los incentivos; pero es necesario incentivar precisamente esa adquisición de la propiedad ligándola de alguna manera al celo cooperativo inicial.

Ahora pasaré a examinar la segunda característica básica del liberalismo: el individualismo.

Trataré de mostrar que, de la misma manera que no hay libertad sin propiedad privada, no podemos entender fructíferamente el individualismo sin tener en cuenta la existencia y evolución de comunidades identitarias a las que todo individuo está adscrito con mayor o menor fuerza, una afirmación delicada que necesita una argumentación nueva. Por un lado es bien cierto que uno de los motivos de orgullo de cualquier liberal, de raigambre británica, francesa o austríaca, consiste en afirmar que su ética individual le exige el respeto total por la soberanía del individuo. Este respeto, que rara vez es mencionado como una elección ética, conduce al desarrollo de los derechos humanos como una construcción extraordinaria del derecho que pide a gritos su universalización.

Universalización de los derechos humanos sería pues el sexto punto de mi agenda contrarrevolucionaria pues ciertamente no creo que los revolucionarios neoconservadores estén por la labor de respetar escrupulosamente todos los derechos humanos en cualquier lugar y en todo momento a pesar de su retórica ante Sadam. Además de un fundamento ético, el individualismo tiene una justificación funcional que entraña, como ahora veremos, una aparente contradicción. El individualismo garantizaría la diversidad y, como ya he dicho, ésta es fundamental para alcanzar la verdad. Sin embargo la diversidad confronta un ejército de enemigos que desearían difuminar las diferencias entre individuos. Cualquier movimiento o partido político, la lógica del mercado hasta cierto punto, la mismísima democracia y todo autoritarismo, tienden a eliminar esas diferencias individuales mientras engañosamente las encumbran y las cantan.

De ahí que un verdadero liberalismo no pueda evitar el acabar siempre en una resistencia explícita al autoritarismo (se disfrace como se disfrace) y en una loa a la disidencia individual. Yo me atrevería a citar (aunque sea fuera de contexto) a I. Berlin para ejemplificar el peligro que acabo de subrayar, y que reconozco en el mismísimo ataque bélico a Iraq puesto que para mí este ataque representaría el deseo subyacente (al neoconservadurismo) de poner fin a la variedad, movimiento e individualidad de cualquier clase; el anhelo de un modo establecido de vida y de pensamiento intemporal, inmutable y uniforme.

La disidencia individual y la lucha por los derechos humanos son necesarias; pero mucho me temo que la diversidad, necesaria para la verdad, no esté garantizada por esa disidencia y esa lucha a no ser que se reconozca que los individuos conforman comunidades identitarias en el seno de cada cual hay ciertamente un peligro de uniformismo; pero en cuya competencia y confrontación con otras se mantiene la diversidad. Identidad antes que individualismo es pues mi séptimo lema contrarrevolucionario, quizá el más difícil de tragar por los liberales bienpensantes y el más arriesgado intelectualmente; pero el más realista como arma política contra un neoconservadurismo que sabe bien que sus finalidades inconfesables son mucho más fáciles de obtener en un mundo cosmopolita sin fronteras ni identidades enfrentadas.

Para evitar, en la medida de lo posible, que se me tache de atrabiliario añadiré que, a pesar de este séptimo lema, comparto con A. Sen la idea o el ethos que afirma que la razón ha de prevalecer sobre la identidad.

Llegó ahora a la tercera de las características más conocidas del liberalismo: el espontaneísmo o evolución autónoma de la sociedad. El liberalismo sabe que todo evoluciona y que esa evolución puede ser fuente de progreso mientras que el intento de paralizar la vida del que recelaba I. Berlin es, además, inútil pues no es fácil encontrar formas de vida o instituciones que sean totalmente inmutables. Las instituciones en particular se tejen en el tiempo real y permanecen siempre que no sean meramente de diseño sino que correspondan a algún tipo de equilibrio de un sistema dinámico.

Sin embargo hay que esperar que en algún momento ocurra algún cambio externo que las ponga en crisis y desencadene un proceso más o menos autónomo, más o menos espontáneo, que podemos denominar autoorganizativo, y cuyas relaciones con el comportamiento individual son difíciles de desentrañar. Todo liberal sabe esto y ningún liberal, si realmente lo es, tratará de frenar este espontaneismo. Pero unos liberales se diferencian de otros por la postura que predican ante estos procesos autónomos.

Para la tradición naturalista y de origen austríaco lo más sensato es no hacer nada, no intervenir, tener una actitud pasivamente adaptativa. Nada dirán estos señores contra la destrucción de la ONU y de otras agencias multilaterales que la guerra de Iraq amenaza con acarrear. La guerra es ese cambio externo que desencadena fuerzas que acabarán llevando a otros arreglos institucionales en el ámbito internacional. Quienes más defenderían la ética individual más allá del funcionamiento de instituciones que, como el mercado, serían correctas según Rawls, son en este punto éticamente mudos.

Para la tradición formalista y para los británicos de la tradición naturalista sin embargo, la pasividad no tiene por qué ser la regla y tendrán dificultades para reprimirse a la hora de proponer y ejecutar proyectos concretos razonablemente sensatos. J.S. Mill se involucró en muchos de ellos. Keynes es el ejemplo más claro de liberalactivista y Samuelson, Arrow, o Stiglitz, como ejemplos obvios de la tradición formalista, nunca han rehusado intervenir en los asuntos públicos en apoyo, o en contra, de propuestas concretas, lo mismo que en su día pretendió hacer Walras.

Este proyectismo social parece contradictorio con el espontaneísmo y la confianza en la autoorganización. Sin embargo deberíamos reconocer que hay una forma de reconciliar ambas actitudes si pensamos que no podemos ocultarnos lo que conocemos de los procesos sociales. Si creemos conocerlos es muy difícil no actuar aunque sólo sea para evitar los obstáculos al desarrollo espontaneo. Esto es lo que seguramente empujó a Friedman a recomendar que el Banco Central se sujetara a reglas contra un Hayek que quizá objetara a la mera existencia de ese Banco Central. Y esto es también lo que empujaría a Keynes ayer, y hoy a un Stiglitz, a proponer esquemas concretos de funcionamiento de algunas instituciones: creen conocer la dinámica social y pretenden crear las condiciones iniciales apropiadas para que esa dinámica acabe por conducirnos a un equilibrio al que sabemos que queremos llegar gracias a una discusión diversificada.

Por todo esto mi octavo lema contrarrevolucionario es una especie de grito por un proyectismo participativo. Notemos, claro está, que los neoconservadores, como no son liberales, creen en los proyectos sin ninguna reticencia de las que opondrían si fueran liberales; pero a diferencia del proyectismo participativo que propongo, los proyectos que ellos elaboran no pasan por ningún filtro participativo sino que, a lo más, son jaleados en ambientes afines.

Todo este largo rodeo pretendidamente caracterizador del liberalismo (como conjunto difuso de ideas) ha sido necesario para indicar con qué características me quedo a efectos de montar mi contrarrevolución. Pero todavía me falta determinar qué grupo humano puede vehicular mis lemas contrarrevolucionarios. Tengo que mostrar que sólo la pequeña burguesía puede aceptarlos en su totalidad.

Para ello diré algo previo sobre el Estado como esa institución que parece necesaria para garantizar los derechos humanos, la propiedad privada y la libertad individual; pero que sin embargo puede ser conformadora de uniformidades y difuminadora de identidades. Más que discursear sobre el Estado voy a tratar de indicar a grandes rasgos quienes defienden un cierto tamaño y una cierta fortaleza de esa institución que, a fuer de liberal, he reconocido como necesaria y peligrosa simultáneamente.

Comenzaré por quienes gustan de un Estado grande. Los que son propietarios iniciales de una dotación generosa, los que no aprecian la diversidad y los que no tienen una identidad que preservar desearían que ese Estado grande fuera, además, fuerte para que pueda cumplir con sus funciones liberales de preservar la propiedad privada y garantizar la libertad que faciliten la captura de ese estado en su beneficio de clase. Estoy hablando en este caso de la gran burguesía conservadora, siempre que fuera liberal lo que no es siempre el caso.

Los que por el contrario no tienen una gran dotación inicial, aprecian la diversidad o tienen una identidad que preservar, es decir los socialdemócratas, preferirían que el Estado, aunque grande a efectos redistributivos, fuera débil precisamente para no poner en peligro esa diversidad o esa identidad diferenciadora.

Seguiré ahora con los defensores de un Estado pequeño. Los anarquistas de derechas querrían que, además de pequeño, el Estado fuera débil y para ello predican que sus funciones clásicas se realicen por agencias independientes presumiblemente menos fáciles de corromper.

Finalmente los que tienen un buen punto de partida en términos de riqueza (riqueza que les gustaría preservar aunque no harán estropicios para aumentarla), gustan de la diversidad y aborrecen la uniformidad son los que desean un Estado pequeño pero fuerte. Se trata de ese pequeña burguesía que cree en la propiedad privada; pero que al mismo tiempo tiene conciencia identitaria como clase (de tenderos por ejemplo, o de tenderos del casco viejo del Bilbao unamuniano de Paz en la Guerra) y gustan por experiencia propia de la diversidad que está en la base de su negocio.

Una vez establecida esta tipología de posibles Estados y una vez asociado a cada uno de los tipos una cierta clase social, no es difícil acertar, mediante un ejercicio simple propio del planteamiento de la Public Choice, con la única que puede sostener el liberalismo contrarrevolucionario que estoy tratando de predicar. Los socialdemócratas perderán su deseado Estado grande y débil en manos de una alta burguesía que, si bien al principio querrá un Estado grande aunque débil a fin de seguir sacándole sus rentas no merecidas mediante la ocupación del mismo, más adelante, una vez agotadas éstas, lo querrán igual de débil pero más pequeño para que no incordie con ninguna llamada a la justicia o a la solidaridad, pasando así a una forma de Estado propia de la anarquía de derechas.

Es este el Estado que quieren los neoconservadores. En consecuencia si queremos frenarle no tenemos más remedio que optar por un Estado pequeño y fuerte, el que desearían justamente los pequeños burgueses. Por lo tanto el noveno rasgo contrarrevolucionario clama por un Estado pequeño y fuerte. Conseguir un Estado pequeño parece hoy fácil porque tanto la ideología como los hechos parecen avalar esa mengua en su tamaño. Conseguir que, sin embargo, sea fuerte pasa por no desmantelarlo parcelando sus funciones y delegando su ejercicio en comisiones o agencias independientes. Para que esto no ocurra no hay más remedio que frenar la catarata de deserciones de servidores del Estado que se pasan a la empresa privada y conformar un funcionariado serio y respetable que incentive la pertenencia a alguno de sus cuerpos. Cierro así mí decálogo liberal pequeño burgués exigiendo un funcionariado de élite.

Creo que es precisamente la pequeña burguesía la que, a partir de un Estado pequeño y fuerte apoyado en un funcionariado motivado, puede vehicular los lemas contrarrevolucionarios que he destacado y que creo suficientes para frenar el neoconservadurismo. Termino enumerando y completando dichos lemas en forma de decálogo.

  1. Necesidad de la ética individual
  2. Verdad antes que felicidad
  3. Necesidad de la diversidad
  4. Libertad antes que utilidad
  5. La propiedad privada para quien la trabaje
  6. Universalización de los derechos humanos
  7. Identidad antes que individualismo
  8. Proyectismo participativo
  9. Estado pequeño y fuerte
  10. Funcionariado de élite


Nota: Esta entrada fue publicada originalmente el 3 de junio de 2003

«LXXXVI: Por un liberalismo pequeño burgués» recibió 0 desde que se publicó el sábado 21 de junio de 2014 dentro de la serie «» . Si te ha gustado este post quizá te gusten otros posts escritos por Juan Urrutia.

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