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Platón, Nietzsche y el Eterno Presente

Dos formas de mirar el mundo: la científica que cree que ahí fuera hay una realidad a descubrir y la artística que cree que no hay realidad preestablecida sino que ésta realidad se va conformando con nuestros actos.

giovanezza
El sábado pasado disfruté de un cineforum en minatura posterior a la visualización de la última película de Sorrentino, «La Juventud» (Giovanezza en el original). La pareja de amigos que nos acompañaba no había visto La Grande Bellezza de hace un par de temporadas así que no cabía el fácil recurso a las comparaciones y había que meterse de lleno en la apreciación directa de los 124 minutos de exhibicionismo estético de «La Juventud».

Comezamos por dividirnos en dos bandos. Por un lado los dos que odiamos los balnearios pues nos recuerdan a la muerte dada la edad de los que pueden permitirse el lujo de pasar unos días en uno localizado en los Alpes suizos y suministrador de servicios saludables en el sentido médico y también en otros, desde el gastronómico y hasta casi el sexual, al menos para los viejos clientes que echan de menos una próstata menos grande, como la de su juventud. Y, por el otro lado, los dos que aspiran a la serenidad e imbuídos de recuerdos literarios echan de menos La Montaña Mágica de T. Mann y la obra de Walser por el final de su autor recluído en un manicomio al final de sus días y que, como recuerda Jose Luis Merino, amigo de los cuatro en la juventud, caminaba todos los días y quien además postula que

en esos compulsivos paseos no trataba tanto de gozar del paisaje, como de ser en cada paso otro, y otro y otro Robert Walser (soy el espacio donde estoy)

Y, añade Merino, «buscaba con ello el cambio constante».

La mirada científica, la mirada artística

giovanezza 2Pero esta discusión sobre lugares irreales nos llevó inmediatamente a comparar las dos formas de mirar al mundo que estaban representadas en nuestro pequeño cineforum. La que llamamos, para no perder el tiempo, científica que cree que ahí fuera hay una realidad a descubrir, y la que llamamos artística que cree que no hay realidad preestablecida sino que ésta realidad se va conformando con nuestros actos. Y, ahora, yo me atrevería a añadir que, entre estos actos propios debemos incluir nuestra pripia reflexión sobre la realidad. Y es esta reflexión sobre la realidad la que anima la manera artística de mirar a esa realidad tratando de reflejarla en diversas direcciones mediante la materialiación de nuestros pensamientos.

Estos dos bandos cruzados generaron una bonita discusión sobre los méritos de «La Juventud». Los jóvenes tienden a ver todo como parte de una realidad cercana y a descubrir en su vida y, en este sentido serían más bien platónicos y creyentes en que en nuestra mente está la realidad verdadera pero que para descubrirla tenemos que ejercer la memoria pues algún día estuvimos en la caverna y miramos con atención a las sombras. Los viejos seríamos los que ya no cremos que haya una realidad subyacente única y fija, pero que no tenemos más remedio que imaginarla mediante la creación de un marco dado en el que tratamos de localizar nuestra idea siempre revisable de lo que es esa realidad.

Como corresponde a una cenita de sábado entre amigos, acabamos concediéndonos unos otros parte de la razón entendiendo, por un lado, que los que nos quejábamos de detalles que sobraban en la película (Maradona y la pareja muda, por ejemplo) éramos los científicos ya que esos detalles no encajaban en el cuadro dentro del que tenemos que ratificar nuestra memoria de la realidad y, por otro lado, los que expresaban su satisfacción con la ensoñación arbitraria como forma de creación, eran los artistas que esperaban estar creando un mundo que quizá nunca pueda estar terminado.

En general no suelo proseguir esas disquisiciones ni pienso en ellas más allá de la ocasión que las acoje pues no sé si estoy realmente interesado en ellas dada mi edad que me inclina hacia la postura que he denominado artística. Pero esta vez vino a mi mente un recuerdo de juventud. En el último año de Bachiller, con 17 años, creo que respodí bien a la pregunta del profesor que nos preparaba para el examen oficial de preuniversitario y que nos sorprendió con la simple cuestión de cómo creíamos nosotros que el hombre llegaba a alcanzar sus ideas. Yo me atreví a levantar la mano y responder con Platón que es la memoria de lo que aprendimos en la caverna la que «constituye» nuestras ideas, una improvisación que mereció la aprobación del profesor.

El eterno presente

friedrich nietzscheMás adelante en mi carrera académica me dejé llevar por dudas epistemológicas y de hecho, en un libro que, bajo el disfraz de la historia del pensamiento económico era más bien biográfico y un ejercicio en la duda de cómo se descubre la verdad («Economía Neoclásica: Seducción y Verdad»), traté de enmendar la plana a mi, a la sazón admirado, Fernando Savater defendiendo que el eterno retorno de Nietzsche no era tal sino el eterno presente que es el que es por circunstancias que lo han aislado de muchos otros posibles, todos ellos conformados por secuencias infinitas de hechos reales. Una concepción esta última que convierte en estático todo lo dinámico y que finalmente me da la razón como parte de los que tienen una actitud científica frente a los artistas. Pero esta pequeña historia continúa.

Ayer domingo en un extrañamente abierto kiosko me llamó la tención que parece que vuelve a salir la colección de grandes filósofos y que los dos libros que allí estaban, como el Alpha y el Omega, eran justamente Platón y Nietzsche. Y no sé porqué pensé que enfrentarlos no sirve solo para un cineforum sino que uno y otro pueden ser como las dos ideas básicas que acaban entremezclándose para entender todas las demás ideas filosóficas que yo siempre había pensado tienen su origen en Parménides o en Heráclito. No es que haya dos maneras de entender la realidad, una esencialista y la otra hecha de detalles captados aquí o allí, de esta manera o aquella. Lo que hay es esa multitud de detalles que, en el fondo, no son sino parte de la descripción de la eterna trayectoria en la que vivimos.

Solo a partir de una idea así tiene sentido lo que hacemos aunque no queramos dotar de sentido a eso que hacemos. Si siguiendo mi propia sugerencia los miembros del Congreso me eligen Presidente del Gobierno que no quepa duda que haré mi tarea siguiendo mis propias recomendaciones de entender las pequeños accidentes dinámicos como parte de la visión estática platónico-nietzscheana.

«Platón, Nietzsche y el Eterno Presente» recibió 2 desde que se publicó el Martes 9 de Febrero de 2016 dentro de la serie «» . Si te ha gustado este post quizá te gusten otros posts escritos por Juan Urrutia.

Comentarios recibidos en este post y unidos a la discusión global de todos a través de la Matriz, nuestro espacio conversacional.

  1. Juan Urrutia dice:

    Platón, Nietzsche y el Eterno Presente https://juan.lasindias.com/platon-nietzsche-y-el-eterno-presente Dos formas de mirar el mundo: la científica que cree que ahí fuera hay una realidad a descubrir y la artística que cree que no hay realidad preestablecida sino que ésta realidad se va conformando con nuestros actos.

  2. jordila dice:

    @juan "el eterno presente"… es también en el que me he sumido tras recordar lo que soy, lo que somos. El aquí y ahora. Lo que hacemos.
    Participo de tu visión en la que, de algún modo, somos cocreadores de nuestra propia realidad.

    Por otro lado ‘el tiempo’, el continuo y angustiado vaivén del pasado al futuro y viceversa es una invención de la mente, que en su versión desaforada y extralimitándose en sus funciones prácticas y lógicas además nos lleva a crear una realidad paralela y distorsionada, que llegamos a confundir con nuestra vida. Hablo por experiencia.

    En esa perspectiva, la mente es fruto del ego.
    Ese mismo al que alude Jung cuando recuerda :
    ¿ " hay que crearse un ego fuerte en la primera mitad de la vida para reducirlo a la nada en la segunda…" ?  cito de memoria.

    Ummh…¿Recordaremos entonces quizás la esencia de lo que somos ?

    ..::ºº::..

    En  Arcos (la Rioja), como caminante de Santiago en su crisis de los https://lamatriz.org/attachment/86399 40 leí en el dintel de granito que corona la puerta de entrada al cementerio del pueblo :

    "Yo que fuí lo que tu eres,
    tú seras lo que yo soy"

     algo que hace muchos años nos compartió un profesor en la escuela, tendría yo 10 o 12 años por aquel entonces.

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