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Penetración

Estos patrones tan especiales constituyen una clase cerrada en sí misma que cumple con su deber, por nadie impuesto, de refrescar el aire mental de este bocho que sin ellos correría el peligro de perecer intelectualmente

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La Ciudad tiene muchos nombres en ambos idiomas, pero todos hacen referencia a que es como un agujero en la tierra, un bocho rodeado de montañas que la aislaron mientras las comunicaciones fueron rudimentarias y le salvaron de algunos ataques bélicos. Este hecho hace que esta Ciudad componga como un sistema complejo que se sostiene hasta que algo externo ocurre y el sistema explota y cambia de configuración. Y esto externo no puede llegar sino a través del mar, entrando en la Ciudad por la ría a partir del Abra, esa especie de laguna en la que se entra o se sale a través del canal que dejan abierto los dos contrafuertes, el que sale desde la margen izquierda, largo y estilizado, y el que se insinúa, corto y gordo, desde la margen derecha. Cada uno se remata con un faro que proyecta su luz con diferente frecuencia, lo que facilita el acceso normal al canal del buque, casi siempre de carga, aunque a veces entra uno de pasajeros para ser reparado en alguno de los astilleros de la ría, la mayoría de ellos en la margen izquierda. Pero no bastan estas señales luminosas tan codiciadas por los niños que las observan ensimismados, pues el canal tiene sus misterios y ningún buque, del tipo que fuere, se arriesgaría a embocarlo por su cuenta y riesgo sin la ayuda de un práctico que conoce las última modificaciones de la trayectoria. Sacar el buque a alta mar más allá del paso entre los faros no es muy difícil ni peligroso para el práctico, pero llevarle desde cualquier punto de la caprichosa mar sujeta a vientos muy variados puede ser un problema que exige salir lejos y tener una pericia nada fácil de encontrar. Es esta asimetría la que hace que los remolcadores de la ciudad se denominen remolcadores de altura y que los prácticos que los pilotan formen una clase de gentes inconfundibles. Todos chapurrean lenguas extranjeras y tienen amigos en todas partes. No hay nada de extraño en que en momentos cruciales del devenir histórico de la Ciudad hayan jugado un papel importante. Sin remontarse much,o basta con rememorar todas las historias que corren en voz baja acerca de las ayudas que estas gentes proporcionaron a uno y otro bando de la guerra civil y los servicios que prestaron a gentes de una u otra manera de pensar en la guerra mundial que siguió casi inmediatamente. Buques de uno u otro tipo surcaban las aguas cercanas y los patrones de los remolcadores de altura jugaron su papel en las labores de espionaje.

Estos patrones tan especiales constituyen una clase cerrada en sí misma que cumple con su deber, por nadie impuesto, de refrescar el aire mental de este bocho que sin ellos correría el peligro de perecer intelectualmente. Esta evidencia se iba formando en la mente de Jon desde aquella noche de perros en la que tuvo una visión que, aunque no muy clara, le proporcionó un cierto dibujo de la personalidad del padre y poco a poco de toda la Ciudad, como si ésta en su esencia no fuera sino una extensión de aquella personalidad. La Ciudad, en efecto, habría de ser siempre un locus en el que la penetración debe estar presente y ser de lo más frecuente, para lo cual también tiene que tener lugar la salida del bocho por mar para oxigenar las ideas. Este ir y venir, este mete y saca, si así nos quisiéramos expresar, hace que los verdaderos moradores de la Cuidad, los que le dan su tono más allá de detalles sin interés por mucho que puedan mover muchos intereses, sean inclasificables. Siempre se puede encontrar en ellos algún rasgo de los que definen el momento espiritual del mundo, pero si se pretende entenderlos a partir de ese rasgo se encontrará en seguida la contradicción con otro rasgo que también define su personalidad. Por eso el único y verdadero rasgo definitorio es el enfrentamiento contra cualquier intento de normalización encaminado a etiquetar la Ciudad en un grupo de ciudades o a sus habitantes en un espacio mental determinado.

Por eso los verdaderos ciudadanos de esta Ciudad semiaislada, como el padre de Jon, se identifican no tanto por un «sí» entusiasta a la vida, sino por un «no» continuo a los estereotipos que se quieren dibujar de su personalidad inasible. Son, sin pretensión alguna, patrones de esos remolcadores de altura que se necesitan, y no solo en esta Ciudad, tanto para salvar los contactos de lo que llamaríamos contrabando político, como el que ocurrió aquella noche de perros, como para dejar que se pueda siempre salvar de cualquier intento de autarquía a las ideas que llegan en grandes buques no lo suficientemente grandes para albergar todas las necesarias. La herencia de las luces solo llega en pequeños pesqueros provenientes de un poco más allá de la frontera, y por lo tanto se conoce mal, aunque ha sido imprescindible para no abandonar nunca el ansia de libertad y acompañarla de la fraternidad y de la igualdad. En ciertas épocas se olvidaron estas últimas y la exigencia de libertad pudo enquistarse en el Terror, pero más a menudo ha sido casi siempre cierto que el igualitarismo y la comprensión fraternal ha permitido disolver los odios en una sopa que si bien no es muy sabrosa, es, al menos, sopa caliente. Lo que desde luego traían los grandes buques era la mezcla inconfundible de pragmatismo y de inteligencia que ha permitido a los británicos no perder ninguna guerra. Bien recordaba Jon la admiración de ese patrón de remolcador de altura, en sentido genérico, que era su padre, por la figura de Churchill, y se encargó silenciosamente de que en su casa se supiera que no solo era un político conservador que realmente luchaba por sus conciudadanos, sino también un escritor insigne que supo como nadie convencer de la validez de ciertos valores en contra de las pretensiones de no pocas ideas inteligentes pero que no habían probado la dureza del metal del que estaban hechas. Mucho menos conocida en la Ciudad eran las actitudes de esa Centroeuropa que siempre comenzaba las guerras y nunca las ganaba. Pero aun así la observación interesada de ambas guerras llamadas mundiales y las ganancias que a la Ciudad acarrearon a través de la exportación de aquello que los ejércitos en pie necesitaban, contribuyeron a que en ciertos sectores se afianzaran ideas relativas al honor y a la raza como signo identitario imposible de negar, ideas estas con muchas ramificaciones a muchos niveles, incluyendo el sentido del trabajo bien hecho.

Pónganse ahora juntas todas estas ideas que por difíciles de conocer eran tanto más fanáticamente defendidas por unos o por otros en la Cuidad y se entenderá que la aparente jocosidad que se atribuye a sus verdaderos hijos no es sino el triunfo de la fraternidad, un bálsamo que solo se usa para continuar viviendo juntos sin excesivos roces y para cuidar con él el crecimiento y educación de los nacidos, como era el caso de Jon, en medio de este maremágnum ideético. Un lío que tan bien reflejaba aquella foto que nunca desapareció de su memoria visual, en la que su madre y su padre salían de casarse en donde todo habitante de la Cuidad con cierta tradición lo hacía y justamente el día del bomardeo de Guernica. La madre, muy seria, lucía un buen brillante en su mano derecha, que parecía utilizar para expresar lo que fuera con una dignidad exagerada. El padre, en su combinación que Jon asociaría para siempre a su figura. Traje impecable de sastre inglés y boina de diseño local que, sin embargo, servía no tanto como etiqueta de raza sino, sobre todo, de recuerdo de un asedio en el que su padre, de sombrero riguroso, tuvo que enfrentarse a otros habitantes más bien rurales a los que su padre ahora ofrecía la paz desde su pragmatismo anglófilo.

Margen izquierda y margen derecha no eran sino una simplificación de toda esta mezcla de influencias foráneas sobre un pequeño bocho que no tenía más remedio que mirar hacia fuera si no quería desvanecerse en la nada. Ahí, en la foto de boda de sus padres, empezó el calvario y el camino de perfección de Jon. Entre un margen y otra, entre el casco y los ensanches, entre la religión de sociedad y las ideas que aquélla silenciaba, entre la violencia y la supervivencia. En medio de todas estas tensiones castrantes, con las montañas siempre ahí separando el valle de todo lo que quedaba al sur, todavía le quedaría a Jon los caminos del mar por donde navegaban las novedades y de donde venían los buques que las portaban y que penetraban lenta e inexorablemente en el largo útero de la Ciudad.

«Penetración» recibió 0 desde que se publicó el domingo 17 de agosto de 2014 . Si te ha gustado este post quizá te gusten otros posts escritos por Juan Urrutia.

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