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Pecado

La ambrosía, aunque ausente del menú, estaba en el aire y seguramente fue ella la que me arrastró a beber mucho más vino tinto del que la cardióloga me permite y a terminar con un postre de chocolate, algo que me está totalmente prohibido.

L´AmbroisieEn el último post desde Paris terminaba diciendo que me iba a cenar a L´Ambroisie y que ya les contaría. Desde esa noche no he podido volver a escribir. No ha sido el efecto de la ambrosía sino el terrible sentido de culpa que nació esa noche y que me hace aborrecer la inmortalidad. Si los dioses me la concedieran sería para pagar eternamente el pecado cometido esa noche degustando lo que considero es la mejor cena de mi vida.

Hace ya años escribí una nota diciendo que todo lo interesante era un punto de silla, una reflexión que he vuelto a hacerme hace relativamente poco tiempo. Cuando algo es el máximo de una relación y el mínimo de otra, esa relación ha de ser forzosamente algo raro y, por extensión, interesante. Nunca creí que pudiera ser pecado. Pero cuando la relación precio/servicio es realmente pequeña y la ratio calidad/precio es enorme es que hemos topado con algo desmedido y, por lo tanto, pecaminoso.

En contra de mi opinión ya expresada en estos posts parisinos, creo, resulta que el servicio no ha disminuído en este restaurante y que, en cualquier caso, es el más cuidadoso que nunca he observado. Ya sea por su diligencia casi imperceptible, ya sea por su tono hipnotizador, te hacían sentir no ya en tu casa o en un buen restaurante sino en el cielo de forma que lo que al final tuve que pagar fue barato, muy barato, para esos momentos irrepetibles y embriagadores como los que solo había sentido en las pocas ocasiones en las que uno queda mesmerizado por una exposición suave, musical y humildemente serena de… ideas.

Hubiera pagado más por escuchar a ese Maître seductor, amable e inteligentemente ragañador; pero la calidad de la comida en relación a su precio era realmente tan enorme que la cuenta me pareció durante unos largos instantes realmente razonable a pesar de que no dice eso una relectura calmada de la cuenta. No me atrevo enseñarles la addition que pagué con una sonrisa y que guardaré para siempre como una pieza a enmarcar como recordatorio de que, por unas horas, fui inmensamente rico. Fue la cena del viernes la mejor de mi vida sin lugar a dudas. Baste con que le diga que las ostras con caviar con las que comencé a pecar fueron lo menos sabroso de la noche.

La ambrosía, aunque ausente del menú, estaba en el aire y seguramente fue ella la que me arrastró a beber mucho más vino tinto del que la cardióloga me permite y a terminar con un postre de chocolate, algo que me está totalmente prohibido.

Aunque de vuelta a la zona del hotel di vueltas y vueltas al edificio pasando frío, y empapándome a modo a pesar del paraguas, a fin de rebajar la tensión arterial y quizá frenar la producción de azúcar y acelerar el braseado de la grasa, me fui finalmente a la cama pensando que había merecido la pena. No solo la experiencia había sido interesante como todo punto de silla sino que desde ahora distinguiré entre el conjunto de estos aquellos que constituyen una experiencia tan amable, suave y serena que seguramente no se dan en esta vida.

«Pecado» recibió 1 desde que se publicó el domingo 8 de enero de 2012 dentro de la serie «» . Si te ha gustado este post quizá te gusten otros posts escritos por Juan Urrutia.

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  1. Escapada dice:

    […] si bien renuncio de antemano a restaurantes como L´Ambroisie, me gustaría confirmar que mi sentido del gusto no se ha desaparecido para siempre. Quizá la Tour […]

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