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Paul Sweezy: Una rememoración melancólica

A una cierta edad se nos agolpan los muertos. Esto suena lúgubre porque lo es; pero lo que quiero es que suene melancólico: desaparecen aquellos a los que miramos como ejemplos a seguir o como obstáculos a derribar y con ellos se evapora nuestro impulso creativo juvenil. Paul Sweezy, que murió en New York el 28 de febrero pasado, no era para mi ni maestro ni valladar. Su influencia sobre mi generación de economistas fue casi inexistente; pero por casualidades de la vida se cruzó más de una vez en mi camino zigzagueante y dubitativo tal como pretendo relatar.

Mi contacto intelectual con su obra fue poco profundo aunque existió y mi contacto personal con él se limitó a una conversación. Sin embargo, creo poder reconstruir una figura humana que, con independencia de su marxismo y más allá de su reconocimiento académico prácticamente inexistente, delinea una personalidad que no admitió la separación entre lo intelectual y lo político, entre la comprensión de la vida social y la pulsión hacia su cambio radical.

Una reconstrucción así, pespunteada de anécdotas personales, no persigue homenaje alguno; sino únicamente una reflexión nostálgica sobre lo que mi generación ha conseguido, o dejado de conseguir, en materia de división del trabajo entre el conocer y el actuar.

Me sitúo frente a una escueta sección de mi biblioteca y tomo un libro del otro Paul, Baran, sobre Economic Politique de la Croissance, el número 7 de una colección de monografías sobre economie et socialisme, editadas por el reverenciado Maspero en París en el año 1967. Se trataba de la traducción al francés de su obra homónima editada una década antes por la Monthly Review Press de New York y que anunciaba entre las próximas monografías Le Monopolisme una traducción del Monopoly Capital del mismo Baran, junto con Sweezy, editado en 1966, con una dedicatoria al Che, y que acabó jugando un cierto papel menor e inesperado en mi vida profesional.

Ojeo las polvorientas páginas del libro de Baran y me sorprende encontrar apuntes elaborados por mi hace unos 35 años, apuntes que aunque ingenuos y anticuados no me avergüenzan sino que más bien me proporcionan una sensación a posteriori de desamparo total al rememorar la búsqueda desesperada y desorientada de fuentes de conocimiento que había que efectuar para abrirse camino en un ambiente intelectual que, en mi caso, sólo puede calificarse como romo, mediocre, ignorante y provinciano: menos mal que Biarritz no quedaba muy lejos.

Allí, en esos apuntes que hoy amarillean de viejos, están las ideas de Baran sobre el excedente económico (que yo reescribía como surplus al traducir del francés) resumidas por mi inexperiencia por la misma época en que leía en Oikos ¿A dónde va el capitalismo? del marxista japonés Sigeto Tsuru. Nadie traducía o importaba en aquel entonces, por ejemplo las Foundations de Samuelson; pero curiosamente se editaban librotes marxistoides poco comprensibles y a ellos se acogía uno para tratar de saber hacia donde iba.

En mi caso, y a pesar de estas lecturas, me largué a la Universidad de Colorado en Boulder, EEUU, con la intención de aprender algo, desde la conciencia de no saber nada, y acabé escribiendo una tesis sobre crecimiento monetario que nada tenía que ver con el excedente ni con el Che y que me proporcionó mi título de Doctor. Pero durante esta época americana me volví a encontrar con Sweezy a través de su Capitalist Development y con ambos Pauls en aquel Monopoly Capital cuya traducción anunciaba Maspero.

En 1968 esto del Capitalismo no estaba claro ni en los EEUU de América. La mezcla de la guerra de Vietnam, los acontecimientos de Mayo en París y el movimiento del free-speach en Berckley parecía que podían socavar los cimientos de una sociedad que, en su caída, podía alumbrar un sistema nuevo que, bueno o no, sería el nuestro, el que mi generación había llevado a la práctica. No hubo alumbramiento alguno; pero eso no me importa ahora; lo que quiero recordar es que volví a toparme con Sweezy.

No sólo era el autor académicamente respetable de una cierta forma de entender la mayor estabilidad del precio en un mercado oligopolístico relacionado con la curva de demanda puntiaguda (kinked demand curve); sino que, además no resultaba extraño encontrarse con él en el curso de Historia del Pensamiento Económico, curso que en aquella época no sólo se ofrecía a los estudiantes de doctorado; sino que era obligatorio. Yo tuve que acudir a Sweezy para escribir un trabajo sobre el problema de la transformación (de valores en precios), un tema más bien esotérico que yo no entendía hasta que Sweezy me lo aclaró.

Mi ejemplar de su Capitalist Development, editado en 1942 está densamente subrayado en lápiz; contiene anotaciones en trocitos de yellow pad, un adminículo tan definitorio de un intelectual de la época como lo sería hoy un lap top, y los subrayados en rojo del capítulo VII dedicado al problema de la transformación muestran que yo todavía creía que el paso del cálculo en términos de precios al cálculo en términos de valor permitía ver bajo la superficie de los fenómenos del dinero y las mercancías, las subyacentes relaciones entre la gente y las clases.

Si uno lo piensa bien, el interés en este tipo de problemática no era tan extraño, pues los economistas ortodoxos trabajan a la sazón sobre modelos multisectoriales de crecimiento como los que presentaba Morishima en su libro (The Theory of Economic Growth, 1969), o los que se contenían en Producción de Mercancias a través de Mercancias, el mítico libro de Srafa y que nos permitían entender las condiciones bajo las cuales era permisible una teoría del valor-trabajo, además de mantener viva la esperanza de poder aplicar la teoría a la vida social a través de los Turnpike Theorems (o teoremas de la autopista) que afirmaban que, fuera a donde fuera, un sistema económico debería recorrer una gran parte de su trayectoria por la senda de von Newman. Años más tarde Luis Angel Rojo tradujo el libro de Srafa para Oikos con el título mencionado y Javier Ruiz Castillo y Carlos Sebastián el de Morishima para Tecnos. No parece pues que este chico de provincias estuviera tan equivocado leyendo a Sweezy en una provinciana universidad americana.

Anduviera yo descaminado o no, lo cierto es que cuando hacia 1970 tuve que escribir el trabajo correspondiente a mi especialización en Econometría no dudé en aplicar la técnica del análisis espectral a la serie temporal del excedente económico que Baran y Sweezy ofrecían en el apéndice de Monopoly Capital. Para que la aplicación de esta técnica tuviese sentido a efectos de detectar tendencias había que alargarla, lo que me llevó horas de polvorienta biblioteca tal como evidencian las fichas, elaboradas ahora en bolígrafo verde, que todavía duermen entre sus páginas junto con un sorprendente esquema elaborado a mano por Bronfembrenner que no se para que me sirvió.

Como la ley neomarxista de Baran y Sweezy afirmaba que (i) el excedente tiende a aumentar, (ii) que hay dificultades para absorberlo y que si no se absorbe no será generado y (iii) que las formas de utilización del excedente constituyen el indispensable mecanismo de conexión entre las bases económicas de la sociedad y su superestructura política, cultural e ideológica, resultaba obvio que no bastaba con estudiar estadísticamente lo que ellos llamaban excedente; sino que, además, había que justificar teóricamente ese concepto que parecía incurrir en un error de contabilidad nacional.

Aquí vino en mi auxilio la macroeconomía del desequilibrio que aprendí de Leijonhufvud y logré probar que su concepto de excedente era correcto si y sólo si su ley neomarxista era válida lo que corroboré aplicando el análisis espectral. Al cabo de bastantes años este trabajo se transformó en una publicación académica con la que contribuí siendo Decano, al libro colectivo que celebraba, hacia 1982, el 25º aniversario de la fundación de la Facultad de Económicas y Empresariales de Bilbao.

El recuerdo de mi Decanato me hace pensar que quizá fue ese año, o el anterior, cuando la Junta de Facultad decidió por votación nombrar Doctor Honoris Causa a Paul Sweezy, presentado por los estudiantes, en lugar de a Joan Robinson o a Kenneth Arrow que fueron presentados por algunos miembros del cuerpo de profesores. La elección refleja el espíritu de una época que aunque ya democrática prefería un marxismo entendible y beligerante a un keynesanismo un poco oxidado o a un neoclasicismo pujante.

A mí como Decano, me cayeron en suerte las gestiones correspondientes y en un viaje a New York le hice personalmente el ofrecimiento visitándole en la oficina de la Monthly Review en la calle 14 cerca de Broadway y no muy alejada de la sombra protectora de la New School of Social Research. Sweezy, alrededor de sus 70 años, era un hombre con la fortaleza física y la camisa de un leñador y las maneras de un príncipe.

Ninguna de las dificultades de su vida, resaltadas en el obituario que le dedicó El País, había logrado borrar su sonrisa entre ingenua y esperanzada. Quizá era ya demasiado tarde para honores, quizá yo no supe fingir un entusiasmo que no sentía; pero nada concretamos y el proyecto de hacer de él un miembro honorífico de nuestro claustro se desvaneció junto con mi Decanato. Sin embargo no olvidaré aquella tarde primaveral que pasé en aquella desastrada oficina de Manhattan de la que salía y sigue saliendo munición intelectual con la pólvora más o menos mojada.

Nunca volví a prestar atención a aquella ley neomarxista de Baran y Sweezy; pero hoy pienso que si sustituyéramos en su enunciado (iii) las bases económicas por estructuras de poder podríamos establecer una cierta conexión entre lo que intentaban estos autores militantes y lo que hacía su coetáneo Foucault con no menos beligerancia. Esto, comprendido a tiempo pudo habernos llevado a un activismo con un horizonte más amplio, activismo que, sin embargo, mi generación abandonó paulatinamente a medida que se fue instaurando en España la profesionalización de la actividad teórica en Economía.

Hoy no parece que haya mucho pensador respetado que pretenda conocer las claves para cambiar la sociedad y nadie que yo conozca las usaría para ese fin si las conociera, o al menos no para lograr un cambio como el que Sweezy soñaba. No me siento frustrado; sino más bien aliviado por no haber forzado aventuras peligrosas. Pero la muerte de Paul Sweezy me ha puesto melancólico al recordar un recodo de la historia que pudo hacer, siendo yo joven, que todo fuera distinto.

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