Patinir

por | jueves 26 de julio de 2007

No hay teky, freaky o hacker que se pueda permitir no estudiar la exposición en el Prado de Patinir. Hace cinco siglos un tipo perdido entre el francés y el ductch mezclados con el italiano y bajo influencia española, se inventó todo lo que ahora creemos decubrir.

El comic estaba ya en unas telas que contaban unas historias complicadas de forma estereotipada.

Lo modular es obvio en su pintura. Aquí­ se ponen los árboles, allí­ los angeles o un poco más allá una miniatura de criaturas. Y cada uno de estos módulos se encarga al especialista correspondiente que puede formar patte del taller.

Quién firma el cuadro es lo de menos pues no habí­a derechos de propiedad. Patinir era solo el facilitador, el equivalente a un productor de cine de hoy.

Trabajaba sobre pedido y se apoyaba en todo lo que tení­a alrededor sin extraña conciencia de depredador. Era un bricoleur, pero uno de calidad.

Y lo asombroso es que cómo con unas cuantas recetas se adelantó a casi todo. Lo del paisaje seguro que es eruditamente lo mas importante; pero prefiero ver en él al Bosco ( cosa obvia) pero también a Pérez Villalta y su homúculos y hasta al Miró en su famosa granja. Todos ejemplos de horizontalidad y de falta de causa única, muestras de causalidades múltiples que, sin embargo, conforman una extraña unidad.

Mi horror por los belenes y sus figuritas se va a atemperar por este pintor desde siempre en el Prado y hasta hoy oculto a mi ignorancia.

Quizá Rodrigo (Urí­a) haya llegado a formar parte de ese paisaje inusitado que no solo se deja mirar sino que además parece escrutarnos con su aparente sencillez.