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Paterson

Así como Paterson no se desespera por la posible pérdida de sus obras completas no publicadas y continúa trabajando como siempre, así espero yo dejar de imitar a la profesión a fin de lograr el reconocimiento y continuar almacenando mis a veces cortos y a veces largos ensayos sobre cosas de las que no presumo, pero de las que estoy satisfecho.

Salí del cine completamente enfervorecido por lo que acababa de ver: Paterson. En el pasado solo había visto una película de Jim Jarmusch, Night on Earth; la había visto en París y en un cine de mi barrio preferido, y quedé entusiasmdo con lo mucho que uno puede disfrutar con las pequeñas historias, ya no solo las literarias, sino tambíen las visuales, especialmente cuando uno se encuentra fuera de su ámbito habitual.

Y ahora he aquí otra historia relativamente corta pero llena de intensidad a pesar de la aparente sencillez. Me refiero naturalmente a la mencionada Paterson. Se me pasó en su momento, pero el fin de semana pasado pude escaparme a verla yo solo en un diminuto cine y entre dos señoras desconocidas que parecían estar tan absortas como yo.

Una niñita a la espera de su madre y de su hermana puede ser tan cercana a uno como un japonés perdido en una ciudad de New Jersey a la que ha llegado en seguimiento de ese gran poeta William Carlos Williams. El protagonista también llamado Paterson habla brevemente con ambos y su vocación de poeta se ve reforzada sea cual sea su éxito como tal.

Este éxito no puede ser muy grande pues el conductor de autobús que es Paterson escribe en su cuaderno antes de comenzar la jornada ya sentado en su asiento de conductor, a la hora de comer el bocadillo del mediodía que le ha preparado su esposa y solo muy de vez en cuando en una especie de despachito ciego en el subsuelo de su vivienda en donde despierta cada día sin despertador.

Nada hay de extraordinario en su jornada más allá de su escuchar las lamentaciones del inspector de la compañía municipal de autobuses, la observación de los pasajeros que transporta, la cerveza diaria en el bar del barrio al que no deja de ir con su perro y en donde socializa un poco con algunos parroquianos y con el dueño con quien comenta sobre personajes como Lou Costello o Allen Ginsberg ambos figuras locales aunque no ambos son poetas y, desde luego la conversación vespertina con su mujer siempre llena de proyectos variados y que incluyen, además de empujarle a él a publicar sus poemas, tener dos hijos mellizos a lo que dócilmente él se apunta.

Si esta película me emocionó es desde luego, por la forma de realización; pero quizá sobre todo por la coincidencia de su actitud hacia su obra poética y mi actitud hacia mi real vocación profesional y humana que parecería inexistente si solo se mira a los aparentes cambios de trabajo que he practicado y, además, con cierto entusiasmo. En esto estaba pensando estos días precisamente mientras trato de ordenar los kilos de papeles acumulados alrededor de los trabajos que he publicado y que, a medida que me hacía mayor, revelaban más y más mis intereses propios y menos y menos los de aquellos que me rodeaban intelectualmente.

Mi intención inicial era la de irme deshaciendo de ellos, algo que parecería natural ya que a menudo no reconocía el interés intelectual que en su día habían tenido para mí y que, sin duda, no compartía con casi nadie pues de lo contrario me acordaría de ellos. Pero incluso antes de ver Paterson, caí en la cuenta de que son justamente esos papeles no publicados los que reflejan no solo mis intereses genuinos sino también mi verdadera personalidad. Y por esa razón en lugar de quemarlos o deshacerme de ellos por cualquier otro medio los he almacenado para poder utilizarlos en el diseño de mi nueva, y seguramente última, aventura vital que creo estar comenzando.

Así como Paterson no se desespera por la posible pérdida de sus obras completas no publicadas y continúa trabajando como siempre, así espero yo dejar de imitar a la profesión a fin de lograr el reconocimiento y continuar almacenando mis a veces cortos y a veces largos ensayos sobre cosas de las que no presumo, pero de las que estoy satisfecho. Quizá esto me permita actuar como Paterson, siempre amable y comprensivo pero duro y pendenciero contra los que no dejan vivir a los demás seguramente porque éstos no saben lo que significa vivir. Y es justamente Jim Jarmusch el que, además de mirarme a los ojos como cineasta, sabe contarme lo que yo persigo sin saberlo hasta hoy:

Nada es original. Roba de cualquier lado que resuene con inspiración o que impulse tu imaginación. Devora películas viejas, películas nuevas, música, libros, pinturas, fotografías, poemas, sueños, conversaciones aleatorias, arquitectura, puentes, señales de tránsito, árboles, nubes, masas de agua, luces y sombras. Selecciona sólo cosas para robar que hablen directamente a tu alma. Si haces esto, tu trabajo (y robo) será auténtico. La autenticidad es incalculable; la originalidad es inexistente. Y no te molestes en ocultar tu robo, celébralo si tienes ganas. En cualquier caso, siempre recuerda lo que dijo Jean-Luc Godard: «No es de donde sacas las cosas, es en donde las pones».

Entre la originalidad y la autenticidad me inclino ya definitivamente por la autenticidad.

«Paterson» recibió 2 desde que se publicó el Martes 28 de Febrero de 2017 . Si te ha gustado este post quizá te gusten otros posts escritos por Juan Urrutia.

Comentarios recibidos en este post y unidos a la discusión global de todos a través de la Matriz, nuestro espacio conversacional.

  1. Imagen de perfil de Juan Ruiz Juan Ruiz dice:

    Yo también comparto tu reflexión. Y esa cita que incluyes expresa de forma magistral la idea. Por lo que voy a robarla y utilizarla. Voy a intentar ver esa película. Y ya estoy alerta sobre esa nueva etapa vital que se avecina y en la que el robo auténtico tanta importancia va a tener.

  2. Imagen de perfil de Juan Urrutia Juan Urrutia dice:

    Me alegra mucho que compartas la reflexión. Sobre todo porque no me he encntrado con mucha gente que no suspire por el reconocimiento aunque no muera por alcanzarlo.

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