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Pasión por el conocimiento

Publicado en Actualidad Económica el 22 de julio de 2004

La cosecha reciente de galardonados con premios de Economía en España es significativa y de gran calidad.

Tres premios importantes han recaído en economistas jóvenes que, además, pueden presumir de un currículum científico impecable y homologable internacionalmente. Lo primero da fe de un cambio generacional bienvenido y lo segundo permite abrigar la esperanza de que, desde ahora y para siempre, los jurados tomen sus decisiones basándolas en méritos científicos tal como ha sido el caso de los tres economistas españoles a los que me estoy refiriendo: Jordi Galí (premio Jaime I), Roberto Serrano (premio de la Fundación del Banco Herrero) y Xavier Sala i Martì (premio Rey Juan Carlos).

La cosecha se complementa con dos premios españoles que han recaído sobre economistas no españoles. El premio Bernácer ha sido concedido a Luigi Zingales y el Príncipe de las Ciencias Sociales a Paul Krugman. También en estos dos casos las aportaciones científicas de los premiados son importantes de forma que los correspondientes jurados de los cinco premios (cuya composición no conozco con detalle) pueden estar seguros de que no han cometido ninguna tropelía intelectual.

La concesión de los cinco premios a los economistas mencionados ha sido tratada por los medios de comunicación de manera desigual. Los méritos científicos de todos ellos han sido glosados muy sucintamente y los tres últimos premiados han sido “leídos” en clave extracientífica, posiblemente porque ellos mismos colaboran en esos medios.

Hoy me gustaría centrar mi segunda opinión en Paul Krugman, quien lleva ya tiempo escribiendo dos columnas semanales en el New York Times en las que ataca sin piedad a la administración Bush por su política fiscal y, sobre todo,por su unilateralismo militarista. Pues bien, llama la atención que Krugman sea, entre los premiados, el único cuyos méritos científicos han sido más pobremente destacados y que más criticado ha sido por politólogos y economistas liberales.En mi opinión, sin embargo, sus aportaciones son reseñables y el jurado ha hecho bien en citar, junto a éstas, su labor periodística. Trataré de explicarme.

El trabajo de Krugman como investigador de primera fila ha estado centrado en la aplicación de la hipótesis de los rendimientos crecientes a escala a las áreas del Comercio Internacional y de la Economía Urbana, áreas que ha renovado completamente. Los rendimientos crecientes en sí mismos permiten un crecimiento endógeno, desencadenado por por la innovación tecnológica, que puede dar origen a un aumento continuo del PIB per cápita alumbrando así un camino que ilumina la marcha generalmente lúgubre de la Economía, pero que, al mismo tiempo, amenaza con la concentración de poder propia del monopolio al fallar, en este caso, la viabilidad del comportamiento competitivo.

No nos debiera extrañar pues que Krugman sepa moverse en el filo de la navaja y que al mismo tiempo defienda a su país de una política fiscal mal diseñada y lo critique por la invasión de Irak y por el manejo subsiguiente de la situación. Esta habilidad es una manifestación obvia de su “pasión por el conocimiento”, una cualidad ésta que no parece adornar a quienes han querido ver en el fallo del jurado del Príncipe de Asturias simple oportunismo político y un ejemplo de esa corrección política que siempre se inclina, según ellos, hacia la izquierda. A mi juicio sus columnas periodísticas son un estimulante contrapunto a sus trabajos científicos y contribuyen a mostrar el carácter irremediablemente paradójico de una personalidad indomable. Quizá sea esto lo que molesta.

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