Desde mi sillón

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Paseo por las cercanías del Conservatorio

Quería yo encontrar puntos de contacto posibles, pero no parecía que esta operación fuera a ser fácil. Quizá, pensé, la aproximación al Instituto podría ser una buena táctica pues me permitiría recordar con ella alguna de mis aventuras infantiles, y en cualquier caso estaba cerca del edificio de Correos, cuya sola presencia nos avisaba a ambos que nos quedaban pocos días juntos.

NOTA:
El texto que se ofrece a continuación debería haber sido subido al blog con anterioridad al publicado hace dos días y después de este otro que se publica hoy a continuación.

muneca_mariquita_perezDespertamos muy tarde, cada uno guardando el secreto de sus sueños, y no era cosa de acudir a casa de su abuelo ni a la de mis padres con un preaviso tan corto. Así que en un cierto silencio nos adecentamos y nos lanzamos a la calle a la búsqueda de la tienda, o más bien confitería o pastelería de la que tanto habíamos hablado en Salzburgo, la que vendía polvorones de Felipe Segundo y que parecía que los hacía allí mismo, aunque es difícil de entender que ese nombre hubiera sido impuesto por un habitante de esta Ciudad.

Deberíamos comer algo antes, Jon

No tengo ni un duro Machalen

Pero yo sí, el abuelo me dio algo de tapadillo ayer antes de venir al piso.

Espero que mañana podré sacar algo a mis padres, pero hoy o te exploto o muero de apetito.

Pensé muy rápidamente en usar «apetito» y no «hambre» como una especie de anuncio de la educación recibida y que yo tardaba en olvidar, a pesar de los esfuerzos que hacía para ser yo mismo borrando todas las huellas de mi más que reciente pasado, como aquellos indios de las novelas del oeste que, en su huida, se ajustaban un cinturón del que salía como una escoba que quizá borraría sus huellas, pero que nunca entendí cómo no era una señal obvia de que por allí había pasado alguien que se sabía perseguido. Sopesé comentar este recuerdo con Machalen pero ni siquiera algo tan trivial me parecía suficiente como para cortar con la tristeza de la noche pasada que estaba seguro compartíamos. Era el comienzo de nuestra despedida y debía ser suave, ya que no alegre. Quizá era el momento de separarse, quien sabe si para siempre, sin resentimientos de ningún tipo.

Acerquémonos hacia Correos a ver si ha llegado mi cheque de la beca. Me lo prometieron para mañana pero quizá se haya adelantado y esté ya en este número de dirección postal que tengo apuntado en esa agendita que tanta gracia te hace. Me pregunto qué ocurre cuando algo como eso se pierde ¿qué hace Correos? ¿Pide conformidad al remitente o exige un nuevo envío previo a la devolución?

Nunca en un año y casi medio hemos tenido esta clase de conversación distendida, ¿te das cuenta? Debe ser que sentir la Ciudad alrededor nos da espontaneidad y no necesitamos hacernos pasar por personas enredadas sin remedio en sus manías propias de su imagen ante sí mismas.

Algo así estaba pensando yo.

Y sonreí mirándole a los ojos de refilón.

Aunque me ha venido a la cabeza algo que quiero contarte antes de separarnos dentro de dos días. No quiero irme a América, a la costa oeste, sin decirte que me lo pasé fatal aquella noche que fuimos a despedir a tu amigo fagotista a la estación y me pediste que te dejara sola en el camino hacia el andén. Era natural, pensé, pero me sentí desplazado, y mi malestar se fue acrecentando a medida que pasaba el tiempo y tu no aparecías de nuevo delante de mis ojos. No sabía yo la hora de salida de su tren hacia Viena y, por otro lado, ese americano de nombre sonoro, Tyan, me caía bien y le admiraba por su destreza en la natación. Siempre me dejabais atrás en la piscina a pesar de mis esfuerzos, era mucho más alto que yo y mucho más guapo.

No fue para tanto, Jon. Y luego te recuerdo que pasamos el resto de la noche sentados en un banco de la estación, primero muy tiesos y luego con mi cabeza en tu regazo. Recuerdo que pensé que debería haber sido al revés, y que yo hubiera debido consolarte, aunque no se de qué. Pero superé mis reflejos de madre y te usé como me dio la gana.

Ya sabes que no me pareció suficiente, pero los días siguientes recuperamos, al menos aparentemente, nuestra complicidad, y eso me fue suficiente. Bueno quería que lo supieras.

¿Que supiera qué, Jon? Si es que te sentiste postergado un poco, ya sabes que lo sé, y para que no haya malos entendidos, déjame ser yo también sincera y confesarte que lo hice un poco a posta para que nuestra separación posterior no fuera tan dura una vez que ya teníamos quejas mutuas.

Supongo que te refieres a mi obvia atracción por tu amiga danesa, tan rubita y tan a mi medida con aquellos conjuntitos de lana tan confortable, aparentemente al menos.

¡Ah! Así que no llegaste a saber si se estaba calentito dentro de ellos -dijo Machalen en un tono tan alegre y distendido que no cabía sino entregarnos a la contemplación de nuestra Ciudad de la que tanto habíamos hablado en nuestros paseos pasados en Salzburgo.

Llegamos a la pastelería de los polvorones, renunciamos a ellos en un gesto de ruptura en el planteamiento del día, y continuamos por una calle alta que transcurría paralela a la calle grande y que nos acercaría hacia el Conservatorio donde ella había pasado sus años de estudiante de música y en donde el abuelo daba sus clases después de algunos años apartado de su plaza. Quería yo encontrar puntos de contacto posibles, pero no parecía que esta operación fuera a ser fácil. Quizá, pensé, la aproximación al Instituto podría ser una buena táctica, pues me permitiría recordar con ella alguna de mis aventuras infantiles, y en cualquier caso estaba cerca del edificio de Correos cuya sola presencia nos avisaba a ambos que nos quedaban pocos días juntos, pues yo mañana ya tendría mi billete de avión y lo tomaría llegara o no el cheque mensual para los gastos de bolsillo que la beca incluía. Así que forcé un poquito un cruce no necesario.

Nunca venía por aquí, siempre seguía recta hasta la Diputación.

Pues te perdiste algo bueno, Machalen. Aquí habían buenos profesores de verdad y el edificio era espléndido. Yo he jugado al baloncesto en su patio y más tarde acudía a menudo a conferencias bien interesantes.

¡Tú al baloncesto! -dijo riendo con alegría, y no tuve más remedio que acompañarle, pues no soy precisamente un gigante.

Era un niño de doce años y ni siquiera tenía todavía pantalón largo. Había pegado el estirón antes que los demás compañeros del colegio y durante un año fui el primero en la fila de entrada a clase ordenada por alturas. Así que formé parte del equipo de baloncesto de mi curso. Bueno, he de confesar que nunca me encontré a gusto en este deporte, pero me permitió jugar parte del campeonato infantil en las canchas del Insti, como le llamábamos entonces. Sí, cuando nos enfrentábamos al equipo propio del Insti o cuando lo hacíamos frente a equipos que no contaban con campos de deportes propios y usaban estas instalaciones públicas.

Pues a esa edad yo ya estaba muy metida en el aprendizaje del violín, además de seguir formalmente la carrera de piano, que era una de mis dos fuentes de cultura general no musical. El abuelo me obligaba a escuchar todas las noches la clase que me soltaba sobre lengua y matemáticas, y luego me interrogaba acerca de las clases del conservatorio, sobre historia de la música, o sobre composición. Ya a los 9 años había compuesto una piececita para piano que duraba unos siete minutos y que pareció gustar al abuelo.

No me lo tomes a mal, Machalen, pero cuando te oigo estas cosas me das pena y siento tristeza, pues ahora entiendo que todo lo que me contaste anoche te privó de una infancia alegre y de amigas con las que aprender todas las cosas que en ningún lado se enseñan.

Preferiría que nunca volviéramos sobre lo de anoche…

Desde luego, si así lo quieres, pero es que durante años y años hemos estado a punto de cruzarnos y algo como el destino lo ha impedido de una forma cruel, pues si un día cualquiera tú o yo nos hubiéramos desviado del camino trazado es muy posible que nos hubiéramos topado de frente.

Sonrió y cambiando de tono continuó…

… a veces cuando las actividades secretas del abuelo no le permitían venir a recogerme me desviaba del camino establecido, y haciendo una trampa me desviaba aquí mismo y en solo unos pasos me quedaba absorta ante el escaparate de Mariquita Pérez. Supongo que sigue ahí.

Y cogiéndome de un brazo me obligó a tomar a la izquierda. Su sonrisa ensimismada se reflejaba en el escaparate de la tienda de esa muñeca y como en éxtasis musitó:

Era milagroso que cada día de mi cumpleaños y durante muchos años recibí la nueva mariquita como si mi abuelo hubiera leído mi pensamiento. Están todas guardadas en un desván bien amplio encima del piso. No están empaquetadas, sino que rodean el viejo piano vertical con el que practicaba todos los días, especialmente los de fiesta. Estaba entonces en el mirador que durante años ocuparon los timbales, con la diferencia de que yo tocaba con las persianas subidas.

Entramos sin consultarnos el uno al otro en una especie de cafetería rara al lado de la tienda de muñecas, y después de descubrir que ya habíamos recuperado el apetito, nos forramos a salchichas con choucrout como homenaje a ese mundo que había sido el nuestro hasta hacía dos días.

Vayamos ahora a echar la siesta Jon, y así nos acostumbramos a vernos solo después de comer, pues todos estos días que nos quedan aquí antes de que tomes ese avión yo tengo que ensayar con la orquesta. Me tiene que salir muy bien pues es el concierto que también te despedirá a ti, aunque es realmente el homenaje que la orquesta de la ciudad, y en realidad toda la Ciudad, rinde a este músico desconocido que sacrificó su carrera a la formación de su nieta y guardó los timbales de la orquesta de antes de la guerra en un sitio u otro, primero en casa de su hija y su yerno, y más tarde, con el ambiente menos tenso, en su propia casa.

Jawohl! -contesté con la boca llena del último trocito de salchicha- pero un día me tienes que enseñar el Conservatorio por dentro.

«Paseo por las cercanías del Conservatorio» recibió 0 desde que se publicó el Viernes 18 de Julio de 2014 . Si te ha gustado este post quizá te gusten otros posts escritos por Juan Urrutia.

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