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Paseo por la memoria

Con esa mezcla de orgullo y de nostalgia por haberme perdido algo en los últimos años, comencé mi camino de vuelta hasta LA, un largo paseo por la memoria de antaño. Una memoria llena de detalles guardados a veces en la retina y casi todos desparecidos en la realidad, tal como pude constatar.

Vista del Abra desde el Molino de AixerotaSi lo que quieres es ir desde LA a Andramari en la muga entre Getxo y Berango toma el metro en Gobela hasta Bidezabal y, desde esa estación, camina por el Camino del Angel hasta la Venta y desde ahí continua hasta tu destino a no ser que quieras dar un pequeño rodeo y pasar por el Molino de Aixerota que es lo que hice yo.

¿Y por qué querría yo ir a Andramari? Pues en mi caso porque el sábado pasado leí en El Correo que había una especie de alarde del deporte rural vasco bajo el lema de vivir en euskera con financiación de la Diputación y en honor de un getxotarra que ha dedicado mucho esfuerzo a que no se pierdan las tradiciones simplemente porque… son nuestras. Llegué cuando terminaban los bertsolaris y comenzaba el arrastre de piedra para continuar luego, por lo que se veía allí abajo, en la cancha del frontón, con levantamiento de piedra y con corte de troncos.

¿Y porqué tomé el pequeño rodeo por el Molino? Porque recordaba la vista sobre el puerto y sobre el mar abierto más allá del contramuelle de Santurce. Me quedé pasmado al ver cómo ha cambiado el otro contramuelle, el que nace en la Playa de Ereaga y que ahora acoge a los cruceros que ahí atracan cargados de ingleses que vienen al Guggenheim y a comer y beber y cómo se va rellenado el puerto interior con distintas plataformas de descarga así como el exterior con muchas otras. Pero eso no es la causa de mi síndrome de Stendhal adaptado. El cielo era límpido, extrañamente brillante, tanto que recordaba al de Boulder, y el contraste con el verde de la tierra era como un recordatorio de los ucranianos no vendidos ni vencidos.

Como desde nuestra vivienda hasta la estación de Gobela vi casas maravillosas de hace cien años y en el de Bidezabal hasta el Molino viviendas recientes llenas de aparente buen vivir, me salió del alma decirme en alta voz que «esto es más bello que el Ocean Drive» que yo recorría al volante de mi mustang verde con una alpargata en el bolsillo del pecho de mi camisa veraniega. Y con esa mezcla de orgullo y de nostalgia por haberme perdido algo en los últimos años, comencé mi camino de vuelta hasta LA, un largo paseo por la memoria de antaño. Una memoria llena de detalles guardados a veces en la retina y casi todos desparecidos en la realidad, tal como pude constatar.

De Andramari a san Nicolás era casi todo como nuevo para mí y si lo recuerdo lo recuerdo mucho más desaliñado que las placitas y jardincitos que vi el sábado. La esquina de Oroldi me hizo pensar en qué grande era y qué adelantados de los tiempos nos creíamos y quizá éramos, al ponernos al frente de aquella librería que nunca olvidaré y que luego pasó a LA. Y un poco más adelante una de esas casitas algorteñas que todavía se conservan me recordó a Paco Sosa Wagner y aquellos viejos tiempos de Sarriko. El Heidelberg, con sus maravillosas hamburguesas emigró, como Oroldi; a LA desde su sitio de siempre enfrente del desaparecido Hotel Eguía, el horfanato no ha dejado ni una huella tapado como está desde hace años por una gasolinera en la que nunca reposto pues me traería recuerdos muy tristes. Y desde ahí, Basagoiti abajo es ya como el pasillo de mi casa.

Allí están dos casitas en las que veraneé solo a medias, pues la mayoría del verano estaba por ahí fuera aprendiendo idiomas, y ambas muy cerca de la casa Uriarte a la que me temo le han dejado casi sin vistas sobre el parque María Cristina a donde hoy llega el funicular desde Ereaga y sigue defendido por lo que siempre he creído que son dos faraonas egipcias, no lejos de la librería Zárraga en la que he comprado muchos libros en la infancia pero nunca material de oficina pues mis veranos siempre fueron libres con todas las asignaturas aprobadas en junio.

Y desde ahí hasta Txomintxu, punto de encuentro en tiempos sin móviles y donde murió Avelino, me paseo debajo de una bóveda de planos unidos por sus ramas y ahora sin hojas. En la adolescencia volver a casa por la noche era un infierno pues tenías que escuchar los comentarios de las chicas que protegidas en su grupo deslizaban comentarios azarantes. Hoy recuerdo todas las casas, recuerdo a dónde llevaban las calles de bajada hacia la playa y recuerdo sobre todo la siniestra iglesia de San Ignacio (¡qué mañana esta, va de Iglesias!) en la que un día me negaron la comunión por no llevar calcetines. Podría citar los nombres de casi todos los moradores de esta avenida de hace sesenta años.

A partir de Txomintxu llego a la avanzada que llamábamos «lavanzada», una zona ajardinada en la jugábamos al futbol y desde la que se vuelve a divisar el Abra que sigue esplendorosa alla abajo donde en aquellas épocas estaba el bar Juanito otro punto focal para jóvenes en edad ya de ligar. Recorro el muelle con rapidez, que llego tarde a comer, y pienso, esta vez para mis adentros, que igual habría que morir aquí cerca del cementerio de Berango. Me consuelo pensando que dentro de pocos días volveré por estos parajes.

«Paseo por la memoria» recibió 5 desde que se publicó el Lunes 9 de Diciembre de 2013 . Si te ha gustado este post quizá te gusten otros posts escritos por Juan Urrutia.

Comentarios recibidos en este post y unidos a la discusión global de todos a través de la Matriz, nuestro espacio conversacional.

  1. Sé como te sientes. A mi me pasa todos los días y no te digo nada cuando voy a Bilbao.

  2. Imagen de perfil de Juan Urrutia Juan Urrutia dice:

    Es que hemos vivido los mismos espacios!

Pingbacks recibidos desde otros blogs

  1. […] mi ego e ir a verla en cuanto la estrenaran aquí. Así que el domingo, nada más volver de mi otro LA, no tuve más remedio que abalanzarme a la sala que me permitiera visulizarla en versión original. […]

  2. Yeserías dice:

    […] la humedad del mar la luz se convierte en una memoria nostálgica como me ocurrió en la última visita a LA. Pero con la sequedad de la meseta esa misma luz de transmuta en una fuente de futuros imaginados. […]

  3. […] iba a conceder inicié el camino de mis rememoraciones tratando de continuar con las que escribí aquí; pero todo era distinto y hasta la casa del músico Andrés Isasi que da nombre al Conservatorio de […]

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