Desde mi sillón

Un blog de «El Correo de las Indias»

Grupo de Cooperativas de las Indias

Se anuncia buen tiempo y hace dos días que no paseo. Es pues el momento de compensar mi inacción y salir a quemar azúcar. El sol acabará saliendo y puedo, a medida que voy cumpliendo con mi obligación médica, rememorar mi infancia si comienzo a cronometrar mi paseo desde Txomintxu, esa encrucijada tan pateada por mí en cualquiera de las direcciones que de ahí parten y en donde un rayo mató al heladero. Escucho cómo las persianas se van subiendo a medida que paso por la avenida de Basagoiti y rememoro mis imaginaciones de antaño sobre lo que ocurría en el interior de esas casas que la delinean. Quiero encontrar allá arriba, al final de esta preciosa avenida, una esquina en la que estaba Oroldi, mi única contribución, indirecta eso sí, al desarrollo ajeno. Pero el estrépito de las persianas es tal que por un momento pienso que se llaman de casa a casa para anunciar que voy a llegar de manera que comienzo a pavonearme como si yo fuera el indiano que vuelve al pueblo con elefantes como signo de mi éxito. No reconozco la esquina y llego al final de la avenida. Tuerzo hacia el mar y desciendo entre tal estrépito de persianas que me empiezo a sentir abochornado. Ensayo reverencias y un discurso de agradecimiento que ya me empieza a sonar bien en la cabeza. Me tranquilizo y me pregunto si será allá abajo, a nivel del mar y frente a Itxas Bide, el lugar improvisado de la bienvenida que sin duda me van a regalar. Desprecio la primera línea de escaleras y me dirijo a la segunda, la que mejor conozco, la que tantas veces he recorrido para cenar en Carola. Desciendo hacia el Puerto Viejo y, de repente, el silencio es total. A esta hora puedo vislumbrar a través de la niebla que ya se disipa los vaporcitos que salen a pescar. Todos echan humo y seguro que hacen sonar sus bocinas, pero no oigo nada. A mitad de las escaleras solo hay dos turistas sacando una foto del puerto nuevo, pero su click debe ser mudo. Al final de esas escaleras resbaladizas por el musgo ya sí que no hay nadie y el silencio es pavoroso. Donde había piscinas y un buen restaurante no queda sino una campa de hierba bien cuidada, pero vacía, totalmente vacía.

«Paseando en la bruma» recibió 0 desde que se publicó el Domingo 9 de Diciembre de 2012 . Si te ha gustado este post quizá te gusten otros posts escritos por Juan Urrutia.

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