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Pablo, Limónov y yo

La censura que yo me quiero saltar por el mero hecho de que existe es la de la ortodoxia académica entendida en sentido amplio. Cualquier moda intelectual, cualquier manera de hacer convencional, tiene en mí un opositor implacable por acomodaticia.

limonovHace unos 8 años escribí esto en relación a la carta a los corintios de San Pablo, tratando de interpretarla como una muestra de entusiasmo de alguien que entiende bien la realidad y se ha decidido a ser una especia de ingeniero social que no trabaja con las grandes ideas, sino con el Amor, es decir, con el deseo de mover el mundo, con la necesidad de ser un héroe. Lo escribí antes del inicio de la Gran Recesión, pero ahora lo leo como si en la primera parte me estuviera diciendo que la cosa no consiste en ser intelectualmente capaz o en ser buena persona, sino en algo un poco más sutil, drástico y contundente al mismo tiempo. El fin de semana anterior volvía a oír esa primera parte de la carta. Dice:

Hermanos: Ambicionad los carismas mejores. Y aún os voy a mostrar un camino mejor. Ya podría yo hablar las lenguas de los hombres y de los ángeles; si no tengo amor, no soy más que un metal que resuena o unos platillos que aturden. Ya podría tener el don de predicción y conocer todos los secretos y todo el saber; podría tener una fe como para mover montañas; si no tengo amor, no soy nada. Podría repartir en limosnas todo lo que tengo y aun dejarme quemar vivo; si no tengo amor, de nada me sirve.

Y me vuelve a resonar en mi cabeza por un seminario reciente y por una lectura en la que avanzo poco a poco. En ese seminario, alguien que conoce los secretos nos presentó el estado de la cuestión sobre los límites del conocimiento físico, una magnífica panorámica que va desde el realismo hasta el antirrealismo, cada uno de ellos vistos desde el punto de vista sistémico o histórico. Es difícil ser ya mayor y no poderse enrollar en los detalles del pensamiento filosófico, pues ya sabes que no eres sino unos “platillos que resuenan”. Con la melancolía de no serlo ya te quedas con el sabor de boca extraño de que, seamos lo que seamos y pensemos como pensemos, el asunto de la Verdad, entendido como la correspondencia entre el concepto y “la cosa”, es un problema irresoluble; aunque incluso esto podría ser no cierto. Es difícil de asumir esto y no caer en la apelación paulina al Amor, entendido como construcción de una comunidad nueva en la que todas las verdades previas son puestas en entredicho.

Y este último pensamiento (sin duda revolucionario) me lleva a la lectura de la novela de Carrère sobre Limónov, una persona ésta que parece de ficción, pues acumula todas las rupturas imaginables a lo largo de una vida que coincide temporalmente con la mía, pero que es bien real y resulta ser un héroe de nuestro tiempo capaz de acabar con toda las censuras que le tocaron vivir. Sus peripecias vitales se podrían desgranar como las de la canción de Joaquín Sabina (la del pirata cojo con pata de palo y parche en el ojo) aunque son menos numerosas: Poeta y pendenciero, disidente en la URSS, exilado en Nueva York, mayordomo en Manhattan, clochard en París, proserbio en los Balcanes y bolchevique ahora. Menos numerosas sí, pero ambos subsisten conservados en alcohol y siguen dando guerra, lo que querría san Pablo, pues el amor no es solo lo que él (Pablo) dice que es, sino también la ruptura de los tabúes sin pedir permiso y sin pagar penitencias o multas.

Y en un último salto desiderativo me pregunto qué tengo yo que ver con Limónov. Pues nada más y nada menos que él es como un espejo de mis propias contradicciones, como lo es de las de cualquiera que trate de ser un héroe épico o un libertario de verdad o en resumidas cuentas un Kontraren Kontra. La censura que yo me quiero saltar por el mero hecho de que existe, es la de la ortodoxia académica entendida en sentido amplio. Cualquier moda intelectual, cualquier manera de hacer convencional, tiene en mí un opositor implacable por acomodaticia.

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