Desde mi sillón

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Otro ejercicio literario: 4.El concierto de los domingos (cont.)

Me miró como esperando un comentario a este punto último, como para asegurarse de que lo había entendido, y como retándome a que allí mismo cortara la conversación y me diera la vuelta hacia mi territorio. Solo pude mirarle y enarcar las cejas como diciéndole ¿y qué más?

(Viene de aquí.)

Diosa MnemosyneHizo Machalen como una especie de parada en su discurso como para tomar aire, pero yo sabía que esperaba mi respuesta o, al menos, alguna reacción; pero como yo no decía nada, pues nada me sugerían sus recuerdos infantiles más allá de la sorpresa que me producía la historia de una niña que no decía nada de sus padres, ella continuó:

“Y allí estaba yo, en medio de esos hombres mayores, de espaldas a la mesa alargada, con las piernas colgando, los zapatos de domingo adquiridos con crecederas bamboleándose en el aire, y con unos calcetines blancos que me espantaban y procuraba ocultar bien debajo del mantel. Toda oídos a una conversación que entonces me era difícil de entender y que año tras año, domingo tras domingo, se centraba en que «nosotros» no teníamos apenas una última oportunidad y que ellos, es decir «vosotros», habían ya copado todo, que no podíamos sino resignarnos a hacer lo poco que sabíamos: vender caramelos, coger puntos a las medias, fabricar muebles de artesanía sin marca alguna, recibir a hombres jóvenes con ganas de jarana y atenderlos con amabilidad, limpieza e higiene”.

Me miró como esperando un comentario a este punto último, como para asegurarse de que lo había entendido, y como retándome a que allí mismo cortara la conversación y me diera la vuelta hacia mi territorio. Solo pude mirarle y enarcar las cejas como diciéndole ¿y qué más?

“Ahora pienso que aquellas fronteras intangibles que separaban tu mundo y el mío de otros mundos que yo ni siquiera imaginaba, eran las causantes de la docilidad de Don Jacinto y de mi abuelo. Para Don Jacinto mi abuelo era Don Ricardo y nunca pasaron al tuteo sino que, más bien, esta cierta ampulosidad en el trato marcó la enorme serenidad de los domingos con el atractivo hipnótico que todavía hoy tiene, en mi recuerdo, el calorcito del salón, el ambiente de hotel con dos mesas, la alargada para las chicas y la redonda para nosotros cuatro y, sobre todo, aquella especie de balconcito situado en el único ángulo recto de esta habitación de ambiente tan singular y sobre el cual parecían descansar algunos instrumentos musicales entre los que destacaba una batería que, oh sorpresa, un día descubrí que mi abuelo solía tocar en algunas ocasiones en las que yo no necesitaba sus cuidados. Solo Doña Amparo circulaba entre las mesas y entre éstas y la barra con su torno por el que llegaba la comida. Y lo hacía con tal discreción que solo se oía un tono de voz, el de los dos hombres, un tono íntimo y suave con el que ellos dos, no tan mayores como yo pensaba entonces, evocaban episodios de un pasado cercano. Yo me habría quedado horas escuchándoles con la cabeza bien tiesa, como un pajarito ante la mirada de una serpiente, absorta; pero Don Ricardo (y eso justamente, un Don Ricardo, parecía aquel ser serio y tan distinto del abuelo que me acariciaba la cabeza en los anocheceres cuando encendíamos la radio, yo tendida en el sofá con la cabeza sobre sus rodillas) implacablemente me arrancaba de mi ensimismamiento y me arrastraba pasado el puente de Cantalojas hasta el pie de la calle Zabala, nuestra calle, donde a media altura, en los impares, acurrucábamos nuestra serenidad, que algunos llamarían tristeza, él con su siesta y yo con mis deberes. Recuerdo estas tardes como llenas de ensoñaciones sobre música, mujeres sin arreglar, o el rosario y el misal de Doña Amparo y con la única inquietud, hasta cierto punto estimulante, de esa frontera que algún día cruzaría sin ninguna ilusión especial aunque con una enorme curiosidad”

Más adelante me acostumbré a estos parlamentos largos, ininterrumpidos como si Machalen se los hubiera aprendido de memoria; pero aquel día de otoño temprano callé asombrado. Muchos años más tarde tuve un cierto éxito académico criticando la especialización que la operativa del comercio internacional acarrea necesariamente; pero aquel día no eran mis conocimientos los que se rebelaban, sino una espantosa tempestad entre mis deseos de acariciar su melenita y la obligación que creía tener de disculparme por haber estado al otro lado de una frontera que yo ni siquiera llegué nunca a percibir, de repartir con ella ahora mismo mi escueta beca Fullbrigt aunque bien sabía yo que su asignación como música prometedora era mucho mayor que la que correspondía a mi beca de economista ordinario. Pero no eran cuestiones morales las que me desgarraban; lo que yo quería era arrebatar esa extraña seriedad que pobló sus domingos, esa majestad con la que paseaba en nuestro camino hacia Helbrun, como hablando para sí misma sin que le importaran si sus súbditos que en cortejo la seguían, es decir yo, le escuchaban o le entendían.

“Dime como era el otro lado de la frontera en esos años. ¿Qué hacías tu después del concierto o de la misa? Años después crucé la línea divisoria para ir al Conservatorio, en pleno corazón de tu Ensanche y seguramente nos cruzamos algún día. Pero en la infancia, en aquel tiempo que todo era tan triste ¿qué hacías tu?”

Contesté que nada, que en cualquier caso no lo recuerdo, que en mi lado de la frontera no había cosas interesantes, que solo recordaba frío, humedad, estufas eléctricas, comida abundante y mucha lectura edificante para adolescentes, todo ello adobado con ensoñaciones de piratas y exploradores de Salgari o Verne. No encontré nada a la altura de su lirismo aparentemente instintivo, nada que me enganchara a su piel y me permitiera retenerla y atarla a mí. Casi sonaba a torpe venganza de macho, pero solo se me ocurrió mencionar que yo nunca disfruté del calor desinteresado de un abuelo, pero que mis padres estaban allí todos los días y a todas horas, que las rodillas que acogían mi cabeza eran las de mi padre, y que mi madre hacía ganchillo mientras escuchábamos la radio. Añadí:

“Y de tus padres qué?”

No se despidió con la mirada como solía, continuó sin mirar atrás y entró dignamente, con el porte de una reina.

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