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Otro ejercicio literario: 3. El concierto de los domingos

De lo que ella quería hablarme era, curiosamente, de la especialización, que en algún momento quizá yo le conté, traía consigo la ventaja comparativa entre países, aunque, claro está, ella no lo expresaba de esa manera. Pero sin duda se refería a ello cuando con candidez un poco más fría que de costumbre, me contó que, para ella, la calle Buenos Aires, desde la plaza Circular hasta la ría, y la calle Hurtado de Amezaga que la prolongaba desde esa plaza y hasta un palacio para continuar más allá hasta las estribaciones de un monte herrumbroso, eran la frontera de su país.

Puente de San AntónNo creo que tuviera lugar todas las semanas. Me refiero al concierto de la Sinfónica. No lo creo porque, de haber ocurrido todos los domingos, no recordaría dichos días con más fruición que la musical, y no lo mezclaría con la innombrable de la misa de 12 de San Vicente. Lejos del altar mayor, sin llegar todavía a los bancos corridos, arrodillada en un reclinatorio-silla independiente de esos que tenían dos pisos, uno para sentarte en él después de dar la vuelta a la silla, y otro, más bajo, para arrodillarte en los momentos más solemnes, con las manos apoyadas en el brazo de reclinatorio, estaba aquella mujer que, seguramente desnuda debajo de su abrigo blanco crudo de mouton rasé, turbó mis años de adolescencia tardía.

Si acudía a aquella misa en mi parroquia pero lejos de mi casa tenía que ser porque no había concierto, pero como también acudía al concierto con mi madre, he de suponer que la Sinfónica no se prodigaba tanto como mi memoria pretende hacerme creer.

Nunca le vi más que en misa o con ocasión de ella. Llegaba y se iba en un Simca 1000 color naranja, y nunca, al entrar o salir de ese coche sencillo, pude ver ni el más mínimo rastro de tejido alguno entre el borde inferior del abrigo de mouton rasé y las rodillas. Ni de las mangas salían nunca más que las manos, pequeñas y regordetas, entrelazadas sin rosario o devocionario, ni su escote lucía nunca un solape de blusa alguna. Ni siquiera cuando Limantour desnudó el escenario y saltaba alocadamente sobre su podio, pude desviar mi atención de la imagen de la mujer del Simca 1000 llegando a su casa y quitándose distraídamente el abrigo de mouton rasé.

Pero, ¿dónde viviría? No parecía de mi barrio, se coloreaba artificialmente las mejillas y ni siquiera llevaba mantilla. Me era imposible seguirla, pues yo ni disponía de vehículo ni me atrevía a dejar plantada a mi madre. Tampoco vi nunca el inconfundible Simca 1000 aparcado en sitio alguno de la ciudad. Así que cada domingo de concierto, y ya el programa ofreciera Mendelsohn o Tchaikowski, Beethoven o el mismísimo Debussy, no conseguía yo dejar de evocar, de forma más o menos alborotada o abstracta, la caída del abrigo de mouton rasé justamente para mí y solo para mí, en el recibidor mismo de su piso que yo imaginaba decimonónico.

No sé cuantas de estas reminiscencias resonaron en nuestro paseo de los primeros días de otoño; ignoro si pasaron volando por mi imaginación sin dejar rastro sonoro. Tampoco estoy seguro de por qué hablé de esta mujer del Simca 1000. Sospecho que no era sino la manera torpe que encontré de hablar de sexo con Machalen, como si lo recordara de una época pasada, como sin mucho interés pero para que constara, como quien abre una puerta o, al menos, la entreabre a la espera de recibir alguna señal de que puede seguir empujando. Y ¡lo del concierto! ¿para qué tenía yo que hablarle de música al final del Festival, y precisamente a una estudiante avanzada de dirección?.

Una cosa es que yo, ciertamente, estuviera allí gracias al dinero americano del senador Fullbright, para aprender algo de comercio internacional en aquellas fechas todavía muy poco aperturistas, en el contexto de una guerra fría, y en el marco de colaboración entre los EE.UU. de América y un país fronterizo como era Austria; y otra cosa muy distinta era que yo no dejara de tener un cierto gusto por la música, como herencia de aquellos conciertos a los que no guardaba ningún rencor a pesar de que me privaban de la renovación de mis ensoñaciones eróticas de la misa de 12. Fueron muchos domingos y mi madre sabía distinguir una «pieza maestra»–así se expresaba ella–de otra que «no me dice nada» o «no la entiendo».

Tuvieron que pasar varios meses para que ella, Machalen, respondiera a mis tímidos avances en mis propios términos, o accediera, o condescendiera a hablarme de música. De lo que ella quería hablarme era curiosamente de la especialización, que en algún momento quizá yo le conté, traía consigo la ventaja comparativa entre países, aunque, claro está, ella no lo expresaba de esa manera. Pero sin duda se refería a ello cuando con candidez un poco más fría que de costumbre, me contó que, para ella, la calle Buenos Aires, desde la plaza Circular hasta la ría, y la calle Hurtado de Amezaga que la prolongaba desde esa plaza y hasta un palacio, para continuar más allá hasta las estribaciones de un monte herrumbroso, eran la frontera de su país, la línea divisoria que no le permitía asistir al concierto de los domingos cundo tocaba la Sinfónica, la que justificaba que se tuviera que concentrar en recuerdos húmedos, en lugar de centrarse en los planes secos como latigazos que en aquellos tiempos comenzaban a reavivar nuestra pobre ciudad vencida.

Cuando tú caminabas con tu madre tarareando alegremente camino de Albia, mi abuelo me mantenía quieta con su mano grande y fuerte en la acera de enfrente hasta que, cerradas las puertas de la sala de conciertos, también nosotros echábamos a andar en silencio hasta la plaza Circular, para luego descender hacia el Arenal. Al llegar al teatro Arriaga, me soltaba la mano como si ya no hubiera peligro (nunca supe de qué), y me contaba la historia musical de cualquiera de las piezas que ni él ni yo habíamos podido escuchar.

Recuerdo muchas, y quizá algún día las esbozaré, porque creo que él las adaptaba no solo a mi edad, no solo a sus propios gustos, sino, sobre todo, a alguna recóndita moraleja que nunca hasta hoy he llegado a entender. El paseo por la Ribera hasta el puente de San Antón lo recordaré siempre como salteado de locuras de músicos, de escalas cromáticas inimitables, y de hallazgos inesperados que podrían haber mejorado la obra musical de la que se tratara.

Estas historias siempre acababan al otro lado del puente. El abuelo callaba en ese preciso instante, cogía fuerzas, y ascendíamos sin hablar la calle San Francisco hasta el Royalty, un salón que era como mi casa, algo extraño, pues nunca he conocido a nadie para quien la comodidad doméstica estuviera asociada a salón general de una casa de mala nota. A las dos de la tarde, hora a la que llegábamos el abuelo y yo, dos mujeres jóvenes trajinaban mal peinadas alrededor de una mesa alargada, poniendo platos y llevando fuentes desde la barra del bar a la mesa.

Detrás de la barra del bar había como una cabina de locutorio a través de la cual llegaba la comida de las mujeres, y también la nuestra: la de mi abuelo, la mía, y la de Don Jacinto, que oficiaba como si fuera el dueño. Nunca le vi dirigirse a las mujeres jóvenes, solo se dirigía a mi abuelo y a Doña Amparo que, bien pimpante y ya sin mantilla, había dejado bolso, rosario y misal sobre la barra, y daba órdenes sin cesar hacia la cocina y hacia la mesa alargada en la que varias mujeres de las jóvenes comían con buen apetito.

Don Jacinto se sentaba con nosotros, mi abuelo y yo, y disfrutábamos de una magnífica comida dominical donde nunca faltaron los dulces para mí que Doña Amparo compraba en la calle Rond,a después de la misa mayor de la iglesia de San Antón oficiada por aquel cura grandote al que todos los feligreses parecían admirar y respetar.

(Continuará)

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