Desde mi sillón

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Otro ejercicio literario: 2. Exilios

A los exilados se nos nota, en nuestras maneras relamidas, en nuestra actitud huidiza, en nuestra mirada periférica, en nuestro insistir en sentarnos cerca de la puerta, que no queremos estar con nadie que nos declare sin dudas y para siempre, de manera radical, que lo dejará todo por nosotros.

BilbaoSolo la noche le calmaría el terror, porque quien le abrazara sería de los suyos. «¿Qué sentido tendría que fuera al revés?» grité como para acelerar el final de mi razonamiento y dejarle tiempo a ella para decir algo suave, inteligente y excitante de lo que, como un tren eléctrico entrevisto por un niño en un escaparate, yo ya no pudiera prescindir. Quería que me hablara, que me tocara, que bailara un vals sincopado y es que no tenía otra manera de pedírselo que hablar de lo mío siempre de forma que le quedara un resquicio para mostrar que aunque solo escuchaba a medias, eso le bastaba para desmontar mi argumento pero que nunca ella abriría el cajón de sus sensaciones. «¿Me imaginas con la pipa del clarinete en la boca, el bastón del timbal en la mano y la oreja pegada a la tensa piel de vaca del tambor mayor?». Quería haber añadido que no le veía a ella calculando el tipo de cambio a aplicar en una transacción comercial entre la URSS y España; pero esta vez pareció que se alejaba de un mundo, el suyo, que siempre competía conmigo en retener su atención y habló más de lo que solía. No había terminado cuando llegamos al punto de la frontera en el que siempre nos separábamos, en la esquina noroeste de su residencia de estudiantes demasiado cara para mí.

Me dijo que ella prefería un mundo completo, que le gustaría coser su ropa, guisar su comida, grabar su música, que este intercambio de palabras conmigo tan alejadas unas de otras era para ella un placer, que yo no tendría que dudarlo, que muchas veces mis ideas, extrajeras en su mundo, le sugerían frases musicales, o le daban, como por casualidad, claves para comprender el infantilismo de Mozart o la torpeza de Bruckner y siguió así seguramente porque creía haberme preparado para lo que lo que ella sabía que yo sabía que iba a venir. Sí, charlar conmigo era un placer; pero también un desengaño diario que le rompía el alma. ¿No podría yo pasarme a su mundo, traspasar la frontera, transgredir mis propias normas implícitas, traicionar a los míos? Ella me enseñaría cantar, a escuchar y a secar el pozo de tanta palabra vacía. Ella conseguiría que yo olvidara a mi propio pueblo y que disfrutara del suyo contándome el sufrimiento de la frontera.

No sabes Juan»- y oír mi nombre en aquellos labios que jamás pronunciaban palabras vanas me vaciaba las ingles- lo que me duele no ser capaz de pasear contigo en dirección contraria, adentrarme en tu mundo colgada de tu brazo y olvidarme de mis cosillas; pero no puedo, yo pertenezco a la música, como pertenecía a mi pequeño barrio inclinado allá en nuestra ciudad. Jamás traté de traspasar sus límites. Sabía que todo lo que había más allá de la plaza circular, o entre ésta y la elíptica, al oeste de la plaza de toros y al este de Begoña no era distinto de mi colegio de monjitas con hábito gris, que el frutero que cuchicheaba con mi abuelo, que la costurera del cruce en el que paraba el autobús del hospital. Lo sabía porque me lo había dicho mi abuelo y porque al fin y al cabo ¿no era esto lo que reflejaban los colores variados del mapamundi o las gradaciones de los colores tierra del mapa de España editado por un ministerio reumático?

Pero, sin embargo– continuó ella, también sabía otras cosas a través de aquellos domingos en los que mi abuelo me cogía de la mano y desde el Arenal atravesábamos el puente y enseguida tomábamos a la derecha y nos parábamos a ver salir a la gente del concierto. Quiero decir que sabía que esta obligación, ese ritual como el de mis compañeritas en su iglesia, no era liberador, era triste y mi abuelo, cuando ya todas las señoras empingorotadas del bracete de su señor marido aburrido y con bigote habían desparecido ascendiendo lentamente hacia la calle mayor o calle ancha, mi abuelo titubeaba, se entristecía mientras descendíamos hacia nuestro mundo, se le turbaba la mirada y se le rompía la voz hablándome de cosas incomprensibles. Yo le apretaba muy fuerte la mano y acababa guiándole yo a él a nuestro pequeño piso de Zabala. Las prácticas de violín y los deberes llenaban mis tardes de domingo más allá de la presencia del abuelo; pero nuca pude ver tras la bruma que borraba el azul de sus ojos esas mañanas de domingo; nunca supe que algunas calles eran fronteras y que nosotros estábamos exilados. No quiero volver a estar triste con esa clase de tristeza, quiero que vengas a mi mundo, Juan, porque yo nunca podré ir al tuyo porque a los exilados se nos nota, en nuestras maneras relamidas, en nuestra actitud huidiza, en nuestra mirada periférica, en nuestro insistir en sentarnos cerca de la puerta que no queremos estar con nadie que nos declare sin dudas y para siempre, de manera radical, que lo dejará todo por nosotros

Estaba agotada, su aliento le bailaba alrededor de la boca y su cabello parecía humear. Solo los ojos eran fríos, sus ojos grises, determinados y sin asomo de vacilación. Cogí su mano izquierda, le quité su guante de lana negra, arrojé mi aliento sobre sus dedos. La tomé con mi mano derecha y le volví acompañar a su refugio rompiendo la rutina de estos primeros meses.

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