Desde mi sillón

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Otro ejercicio literario: 1. Fronteras

Unter der lindenMi topografía sentimental iba a ser destruída a lo largo del otoño por los comentarios precisos que como puñales de acero bien templado fue ella intercalando en mi candoroso discurso a lo largo de un paseo que se hizo regular y tomó poco a poco su forma y sus contornos propios. Más adelante, durante la primavera, nuestra cercanía serena se vería enturbiada, pero hasta que la alegría irreprimible y la arbitrariedad irreductible de X llegó a nuestras vidas, la rutina de nuestros contactos me hacía rebosar de complacencia.

Como yo vivía beim Frau Schultz aguas abajo del Salzach muy cerca del Neue Brüke y ella aguas arriba a medio camino entre el Schloss y Helbrum, nuestra cita diaria de las cinco de la tarde ocurría precisamente al borde este del recinto universitario donde yo había pasado toda la mañana de ocho a una y el que volvía a atravesar, viviendo desde el oeste y a donde ella llegaba desde el este saliendo por primera vez en el día de su mansión en la que, como en una finishing school, ella y sus dos compañeros eran mimados por un elenco profesoral de campanillas que visitaba Salzburg, y vivía in house, precisamente para ofrecer a estos tres seres privilegiados, esperanza mundial de una generación generosamente becada en sus países de origen, todo el saber musical acumulado en Mittel Europa en los tres últimos siglos. Sus lecciones le agotaban físicamente y llegaba pálida y con gestos de estiramiento de vértebras. Yo llegaba fresco pues el pequeño paseo desde la casa de frau Schultz y hasta el punto de cita era más que suficiente para desentumecer unos músculos que no habían sido utilizados más que para caminar entre la Universidad y mi casa, es decir la de la señora Schultz.

Quizá por esa diferencia física cuando ella tomaba la palabra el camino entre la frontera de la cita hasta su wohnhouse y vuelta se podía convertir en solemne y el paso en procesión. Pero rara vez era este el caso y lo habitual era que mi locuacidad resonara sobre la planicie a lo largo de del recorrido por el camino asfaltado con una simple capa de galipot. A nadie que haya leído un poco de los clásicos de economía le extrañará que yo le diera vueltas al asunto de las fronteras. Estas rayas abstractas separan y unen como el borde mismo de este campus de juguete. De donde vengo paso por delate de algunas oficinas iluminadas ya a esta hora de la tarde y de muchos comercios que, a tenor de la presunta morosidad de la escasa clientela, uno pensaría que permanecen abiertos por caridad pero que configuran un centro muy bien iluminado como si fuera un escenario en época de festival, y no en época de entre festivales en la que los escenarios permanecen cerrados a cal y canto como un féretro, para atravesar finalmente el remedo de campus dedicado por la tarde a la enseñanza profesional roma para oficinistas, comerciantes y agentes municipales.

Ese es mi mundo y es triste, muy triste, si no nieva porque el cielo te hace sentir oprimido por su proximidad preñada de pedrisco y si nieva porque nunca esa nieve permanece virgen, un millón de veces hollada como por un único par de galoshes ofrecidos en todos los escaparates ya sean de comestibles, golosinas, de trajes típicos o de tejidos para confeccionarlos.

Su mundo, que recorremos desde la frontera hasta su Schule for der Musik der Moderne, ida y vuelta durante 75 minutos, nada tiene que ver con el mío; solo hay una pradera verde, un camino medio grava, medio asfalto, pájaros entrevistos y mil plantas discretas, unos bancos inservibles para descansar durante medio año, el sonido lejano del agua del río y un silencio solo roto por el sonido de un piano apenas audible o por unas escalas vocales claramente perceptibles como emergiendo de una vivienda quizá habitada por una diva cuya fotografía ocupa un lugar destacado en todos los escaparates del centro.

Jamás nos adentramos en mi espacio, sino que recorremos juntos el suyo como si yo tuviera que aprender su idioma, aceptar su familia artística y no hubiera lugar al intercambio entre su arte y mi ciencia, ´como si ésta tuviera que inclinarse de manera natural ante algo tan poco definido pero tan imprescindible como el planeta música.

Yo sabía de antemano que si ella y yo formáramos un mundo, supongamos, yo estaría en intendencia y ella en cultura, que la especialización sería total y que ella jamás se mancharía las manos con la pasta de la pizza o con la gota de vino rebosante del garrafón y que ella no habría de preocuparse por el mínimo componente calórico de la alimentación o por la protección ante la intemperie: estas cosas serían parte de mi mundo. Y que ella compondría en silencio, marcaría la cadencia de los días como dueña del tiempo y llamaría la atención sobre las palabras. Y como correspondería los dos mundos solo se mezclarían para comerciar durmiendo cada uno en la cueva propia del mundo al que pertenecían, acurrucados y abrazados a los suyos, protegida ella del ataque de alguien de otro mundo con sus tendencias lascivas que tanto horror le debían producir a juzgar por la expresión de sus ojos en cualquier momento del paseo.

(Continuará)

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