Desde mi sillón

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Otro capítulo de Romero Hicks

Esta entega de Romero Hicks es la cuarta de algo que se va pareciendo a una novela. Aquí llega la continuación de COMIDA DE NEGOCIOS y, para tranquilidad de Kueli volvemos a encontrarnos con las dos chicas, la de la grappa y la secretaria. Que disfruten este capítulo.

CAMBIO DE PLANES

Al salir de Papá Giovanni dudé si tomar a la izquierda por Vía dei Sediari para coger un autobús en Piazza Argentina con lo que en un cuarto de hora estaría en el despacho o si girar en sentido contrario, hacia San Eustachio y tomarme la tarde con algo de calma. Todavía me quedaba medio Partagás, que probablemente se había apagado en algún momento de mi numerito castrista de los postres y me escondí en un soportal para encenderlo a gusto. Fumando con muchas ganas, me dirigí hacia la única mesa libre que quedaba en la sombra del café de la plaza y me senté mirando el tráfico de turistas que venían del Panteón. Eché de menos no tener una Gazzetta dello Sport conmigo para leer los resultados de los partidos del domingo en Italia y España. Por mucho que los equipos ingleses fueran ahora los mejores, su liga sentimentalmente me era totalmente ajena. Y creo que tiene que ver con mi desinterés por la geografía inglesa, de la que sólo me interesan algunos barrios de Londres…Marylebone, especialmente.Y la calle de la peluquería George Trumper, que en este momento no recuerdo cómo se llama.¿Qué me importa si el Liverpool le gana 4-3 al Middlesbourough, si no sé nada de esa localidad que por su etimología parece estar en el medio de la nada exactamente? Por eso, como no puedo calibrar si se trata de una victoria pírrica o decisiva y sobre el Middlesborough todavía no se ha especializado nadie, esa liga no me interesa. Sin embargo la liga española, caprichosa como una mujer en la segunda división…Cuánto dinero he perdido en quinielas por creer que el Huesca ganaría en casa , seguro, al Sevilla Atlético, o el Tenerife al Córdoba, para comprobar – siempre el lunes, que los domingos me voy a la cama con la ilusión de los trece resultados – que ha sido al revés o sencillamente diferente en ambos casos y que me quedo como siempre en mi media vital de ocho aciertos sobre catorce.

Un camarero me rescata de estas meditaciones deportivas. Le pido un café expreso doble en un vaso y una grappa. Fumo el último tercio del puro y pienso que nunca he estado en Cuba .Ni siquiera con una prostituta cubana. Debo ser uno de los pocos. Miro hacia la gente que se acerca desde los alrededores del senado. Todos bien vestidos, todos guapos de lejos, al menos. Aquí a los feos les debe exterminar el gobierno o una secta de estetas, porque parecen haber desaparecido, al menos del centro histórico de todas las ciudades que conozco. En cambio en España, ser feo se considera una condición normal, una actitud filosófica ante la vida, una ocupación o un empleo respetable, vamos . En Italia ser feo es una enfermedad aislante o terminal. En cualquier caso, te quedas en casa y no frecuentas los cafés. Cerré un momento los ojos esperando que llegase pronto el camarero. De repente recuerdo la cena de esta noche con Renata y me parece instintivamente un error. Demasiada cercanía con dosis peligrosas de seducción. Y justamente antes de emprender un trabajo juntos.No me apetece verla esta noche y mañana en la oficina. Tengo que cancelar, pero ahora me da pereza hacerlo.

– Señor, lamento despertarle. Su café y su grappa. Ah! y disculpe, pero también ha llegado su amiga, que me ha pedido lo mismo que usted. Y que le despertara .Dicho todo esto casi confidencialmente, sin apenas subir la voz, el camarero colocó los dos cafés y las dos grapas y un cenicero limpio sobre la mesa. Y desapareció sin darme la oportunidad de preguntarle qué aspecto tenía mi amiga. Por si acaso le dí un sorbo definitivo a la grappa. Esa amiga me calienta bien la garganta y deja un denso sabor en la boca. Lo mismo que el habano. Otro amigo. Hay que saber elegirlos bien. A los amigos y sobre todo a las amigas. Pero ahora estoy un poco inquieto con el anuncio del camarero ¿Quién puede ser tan impertinente para abordarme en un café, sin previo aviso? Pronto se resuelve el misterio. En dos planos. En el primero veo a mi camarero que señala mi mesa alguien que permanece disimulado tras la puerta del café. Es como un plano fijo y en blanco y negro años cincuenta. El segundo plano empieza con un movimiento de cámara que me permite captar por unos segundos toda la plaza, los clientes sentados de la terraza, los turistas que fluyen tontamente quizás sin rumbo fijo, y finalmente la silueta de una mujer de mediana estatura, envuelta en unos pantalones vaqueros tan largos y tan apretados, que no acierto a enfocarle bien de cintura para arriba, avanza rápido hacia mi mesa. Lleva una blusa blanca sobre un sujetador también blanco que permite que sus senos se agiten al andar en total libertad. El pelo recogido en una cola de caballo es rojo veneciano. La película es por lo tanto en color años noventa..Quizás de Nicholas Roeg, con Donald Sutherland y Julie Christie.

– -¿Puedo? Me pregunta Laura, señalando a la silla vacía y apenas sonriendo. Daba la impresión de estar sucumbiendo a un ataque de timidez, típico de los valientes.

– Me levanté lentamente y sonreí. Le ofrecí la silla y la ayudé a sentarse como si fuera una inválida, aunque ella agradeció la cortesía.” Qué sorpresa. Esperé y no esperé ayer tu llamada. Me hubiera gustado hablar contigo. Pero algo me decía que a ti no te apetecía” .Lo cierto es que había preguntado varias veces en recepción, porque no me fío de los telefonistas. Incluso dejé recado que estaba en el Charle´s Bar, en la terraza. Esperé hasta las doce. Como un adolescente. Pero nada de esto le dije.

– -¿Cómo te iba a llamar después de esa escena del vómito?. Me sentía sucia y avergonzada. Lo que empezó bien acabó fatal. No quería verte nunca más. Laura hablaba como sobreexcitada por lo de anoche. Un poco pasada de revoluciones. Añoré la calma del camarero y le llamé para intentar cortar esta escena que se estaba planteando mal. Llegó sonriente. Este tipo no había vomitado nunca delante de un extraño. Me relajaba su presencia. Le devolví la sonrisa y le pedí un whisky para la señora. Es decir para mi amiga. Cuando se fue, Laura me miró extrañada.¿Por qué un whisky, par mí y ahora? Le cogí las manos amistosamente y mirándole a los ojos le dije: “Te hace falta, créeme. Confía en el doctor” Se echó para atrás en la silla y suspiró. Creo que decidió no volver a contarme lo de la vomitona de anoche nunca más y bajo cualquier circunstancia. Notaba seguramente que por ahí no captaba mi atención. Ni mi complicidad. Seríamos extraños para siempre..Y quizás ella quería otra cosa. Yo desde luego que sí.

El camarero apareció con dos whiskies con hielo y mirándonos a los dos con una sonrisa cómplice declaró ”Una dama nunca bebe whisky sóla.Por eso le traigo otro a usted para que la acompañe.Invito yo”. Desapareció sin darme ocasión a balbucear la palabras de agradecimiento que tenía casi formuladas.”Este tipo es un crack…” pensé. Miré a Laura que parecía llevar un rato observándome con el entrcejo un poco fruncido. Concentrada en algo quizás relacionado con mí, o quizás afortunadamente pensando otras cosas

– .”Pareces tan diferente hoy.Ayer eras más vulnerable. Me inspirabas ternura…Hoy estás muy guapo con tu traje oscuro y esa corbata casi negra.Pero es una belleza metálica, hermética. Como una caja fuerte de un banco. No sé si me gustas. O si podría sentir algo por ti”. Dijo todo esto lentamente, como si alguien le hubiera pedido un diagnóstico sobre mí y las sensaciones que despertaba en ella. Y eso hacía. Un diagnóstico objetivo basado en la evidencia disponible…Me sentí mecánicamente obligado a mirar hacia mi corbata azul noche que reposaba sobre una camisa blanca. Era cierto que vestía mi uniforme de trabajo. Mi armario contenía cinco trajes azul noche,cinco trajes gis marengo, cuatro trajes verde aceituna de verano y tres blanco hueso para excursiones a países “cálidos” como Egipto por ejemplo. Todos hechos a la medida en Calaffi, a cinco minutos de donde nos encontrábamos ahora.No me gustan las extravagancias a la hora de vestir. Prefiero monotonía y pasar desapercibido.Justo lo contrario que había conseguido con Laura, que se fijaba en mi ropa.

– “Vaya” le dije. Y callé porque no sabía por dónde continuar. Hablar de mí, aunque fuera a través de sus opiniones me aburría y lo deseché.Por el contrario, replicar su ejercicio de análisis y recordar qué impresión me causaba ella hoy, me pareció más entretenido. Cerrando los ojos me esforcé en rebobinar sus apariciones de hoy y ayer y los impactos visuales que me produjeron.Y me dí cuenta que también ella había cambiado para mí. Hoy me parecía más joven.Una estudiante universitaria o así, muy fresca y demasiado joven para mí. Ayer era una bella señora en dominio de toda su madurez, que me sedujo y a la que consideraba en cierta forma mi igual, mi compañera de armas. Ayer Circe.Hoy Calipso o Nausicaa. Pero no podía decirle nada de esto. Tenía que romper mi silencio por otro lado.

– “Es increíble cómo la ropa nos hace diferentes. Tú por ejemplo ayer tenías un aspecto tan profesional como sommelier y de dominio absoluto de los espacios de tu restaurante, que me hacías confiar en ti en la elección del vino, del whisky, de todo.Había algo de maternal en tu control de mi entorno. Hoy eres muy bella como ayer, menos misteriosa. Y no creo que entiendas mucho de vinos.Si cenáramos juntos yo elegiría por ti. E intentaría desesperadamente seducirte. Ayer yo me dejé seducir por ti.”. El toque de queda se decretó en la mesa cuando yo dejé de hablar. La expresión de Laura era por primera vez hierática y yo no conseguía leerla en absoluto. Me entretuve saboreando el whisky y fijándome en una japonesa muy atractiva, que a su vez me miraba con poco pudor, como calculando si valía más o menos que un bolso kelly de Gucci. Volví a Laura justo a tiempo para ver como movía su silla y la colocaba al lado de la mía.”Deja ya de interesarte por el Extremo Oriente. Es una orden,soldado” susurró a mi oido Laura, mientras apoyaba su cabeza sobre mi hombro y acariciaba con su mano izquierda mi corbata de cachemire. Yo notaba el calor de su dedo pulgar sobre mi pecho y admiraba su desparpajo para acariciarme públicamente sin pedir permiso…Yo hubiera sido incapaz de hacer lo mismo con ella.Bien es cierto que el pecho de una mujer está más cargado sexualmente que el del hombre. Pero aún así siempre me ha fascinado el aplomo de las mujeres en general, y hoy el de Laura. En el combate del amor, por supuesto. Que en otros ámbitos de la vida ya es comúnmente sabida, y ni sorprende ni fascina, su total superioridad.

– “Llévame a cenar esta noche, Jorge. Y viste como quieras. Creo que me gustas mucho de cualquier manera. Y me da algo de miedo, porque no sé nada concreto de ti.”

– Llamé a Renata.”Ya tenemos mesa en Al Bolognese. Acaban de llamar para confirmación. Me apetece una cena romántica con mi jefe.¿Nos vemos allí a las nueve?”.La voz de Renata transmitía entusiamo y algo de picardía. Evitando parecer dubitativo le dije que había un cambio de planes.Y que lo sentía pero me había surgido un compromiso. No quise mentir con el pretexto de una cena de trabajo. Le anuncié que si no tenía inconveniente me acompañaría al Cairo la semana próxima probablemente. Esa revelación la descolocó. Para cerrar con un toque personal la coversación, le dije que nuestra cena de hoy quedaba pospuesta a nuestra primera noche en el Four Seasons de Giza. En un tailandés con vistas al Nilo. Esto funcionó y Renata me regaló con un seductor “Hasta mañana jefe”.

«Otro capítulo de Romero Hicks» recibió 1 desde que se publicó el Domingo 12 de Abril de 2009 . Si te ha gustado este post quizá te gusten otros posts escritos por Juan Urrutia.

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