Desde mi sillón

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On the road

He pasado un día completo y lleno de vida, mucho mejor que mis días de concentración en una oficinita con todas las facilidades para pensar. Un buen trayecto interurbano en autobús me rejuvenece más que horas y horas de entrenamiento físico.

Camino a VitoriaCreo que la última vez que tomé un autobús interurbano fue hace unos cuarenta y pico años cuando viajaba de Pamplona a Bilbao en los permisos de los cuatro meses de prácticas de la mili universitaria. El pasado viernes era pues como una aventura el viaje de ida y vuelta a Vitoria desde Madrid. Comenzando por el aspecto psicodélico de la estación de la Avenida de América en Madrid, toda subterránea y con un ascensor, completamente lleno por una familia numerosa que se muda a Bilbao con todas sus pertenencias y que te baja directamente al -3 y a partir de ahí te las arreglas como puedes para acceder a las plantas -2 o -1, todo el resto del viaje fue una fiesta de sorpresas y un reducto de paz en el que leer periódicos, novelas o ensayos con los que había cargado mi cartera para no tener que limitar mi elección a unos pocos apuntes. Me sentí on the road con lo que eso significa de esperanza y de libertad. No me había sentido así desde mi juventud. Ahí fuera hay otro mundo que nos espera con los brazos abiertos.

El comienzo no hacía presagiar lo que luego pasaría. Ente las dos edades, los escandalosamente jóvenes y los jubilados, que abarrotaban la capacidad del vehículo, a mí me tocó, hasta la parada de Burgos un joven compañero de asiento, educado y con disposición a ayudar a este compañero de ventanilla que le debió parecer tan mayor. Después de leer minuciosamente un par de periódicos, uno de Bilbao pare ponerme a tono con esa tensión copera entre el Athletic y su filial que no se decidirá hasta el miércoles, observo distraídamente la nieve de los montes y lo que ofrece la pantalla de una televisión semipropia de la compañía de transporte, con el libro extraído de la cartera que reposa a mis pies, entreabierto sobre mis rodillas encogidas.

En Burgos hace un día glorioso, fresco y luminoso. Solo veinte minutos de parada. Me zampo mi primer sándwich y con toda la boca llena tengo que responder a un hombre joven que me interroga sobre mi origen y mi destino antes de ilustrarme sobre su habilidad para herrar caballos heredada de su hermano con el que no se trata ya porque ese hermano envidia su capacidad para entender cuando un caballo está sufriendo por falta de esos zapatos que le protegen. Miro al anciano sentado a mi lado en un banquito de la estación de autobuses de Burgos y le oigo decir sonriente: «estos no son peligrosos». Me pregunto por qué ese caballero pudo sospechar que yo me podría haber sentido amenazado, pero no me da tiempo a contestarme pues ya estamos de vuelta en el bus ahora sin mi compañero de asiento y, por lo tanto, con mucha más comodidad para estirarme un poco y comenzar mi lectura, desde el principio, del libro de Garicano del que di cuenta en el último post.

Llueve a cántaros (bonita expresión) durante el breve recorrido entre Burgos y mi destino, lo que ayuda a la lectura, y a la llegada a la permanente estación provisional de autobuses, ahora de Vitoria, no sé donde estoy, pues conozco muy mal esta ciudad a pesar de mi paso por el Gobierno Vasco durante nueve meses. Como no veo un taxi por los alrededores me dirijo a un bar-restaurante que exhibe el tranquilizador nombre de Guria, familiar y como de toda la vida, pensé. Está regentado por chinos desde el camarero de la barra hasta el pinche de la cocina que tratan de convencerme de que una Coca Cola Zero es lo mismo que una Coca Cola sin cafeína. Antes de que la discusión llegue a mayores les hago un esquema, sobre una servilleta de papel, de las marcas de Coca Cola y de cómo todas ellas pueden ser sin o con cafeína y les pregunto sobre una parada de taxis cercana a lo que contestan verazmente, tal como pude comprobar, antes de discutir quien pagaba su error sobre la Coca Cola.

El taxi me deposita a tiempo en el lugar preciso a donde me dirijo para mi reunión. Después de dos horas totalmente satisfactorias llamo a un taxi que me devuelve a la estación de autobuses en la que no me pierdo pero en la que no puedo localizara la dársena en la que estará esperando el autobús de vuelta a Madrid. Me agencio unos buenos pinchos y un botellín de agua en el Guria, en donde continúa impertérrito el mismo chino que me saluda con una reverencia, pero como no sabe de donde exactamente sale mi autobús vuelvo a la estación y me dirijo a un hombre joven quien no solo me informa sino que entabla una bonita conversación conmigo de la que aprendo que se dirige, como yo, a Madrid para al día siguiente ir a Tomelloso para recoger su furgoneta-exposición con la que se gana la vida exponiendo zapatos de distintas marcas. Después de responder a su pregunta sobre cómo me gano la vida yo con lo primero que me viene a la cabeza -representante de aparatos médicos- abordamos el paquebote con ruedas y nos separamos pues a mí me toca otra vez un sitio sin nadie al lado.

Después de algunas dudas sobre la lectura a atacar, me decido por terminar de una vez el libro de Garicano al que en el viaje de ida le he ido cogiendo el punto, pero me distraen cuatro chicas jóvenes que con pinta de pijas han formado un corrillo con dos apoyadas en sus bandejitas y otras dos mirando hacia atrás desde la fila anterior. Son guapas y euskaldunes, hablan en un tono pausado y no muy alto fluidamente en Euskera y con una gesticulación tan distinta de la que observo en Madrid durante mis paseos en muchachitas de esta edad que me pregunto si los idiomas no tendrán escondido un repertorio de gestos propios asociado a su estructura lingüística y a su origen. Me entretengo con estas divagaciones sobre un problema que no me parece haya sido explorado hasta volver a llegar a la estación de Burgos donde busco y no encuentro al herrero.

Después de veinte minutos vuelvo a bordo para descubrir desolado que ellas, mis cuatro admiradas jóvenes, han sido sustituidas por una bandada de chiquillos vociferantes. Cuando se calman puedo volver a mi libro y después de terminarlo todavía tengo tiempo de adormecerme pensando que he pasado un día completo y lleno de vida, mucho mejor que mis días de concentración en una oficinita con todas las facilidades para pensar. Un buen trayecto interurbano en autobús me rejuvenece más que horas y horas de entrenamiento físico.

«On the road» recibió 4 desde que se publicó el domingo 26 de enero de 2014 . Si te ha gustado este post quizá te gusten otros posts escritos por Juan Urrutia.

Comentarios recibidos en este post y unidos a la discusión global de todos a través de la Matriz, nuestro espacio conversacional.

  1. Alan Furth dice:

    No te quedaste con una foto del esquema de las marcas de Coca Cola? Probablemente en ese momento ni sabías que iba a terminar siendo parte de un post, pero hubiese sido genial una foto para poder verlo 😀

  2. Juan Urrutia dice:

    Lástima, pero entregué la servilleta al chino. Es sin embargo muy fácil de reproducir. Debajo de COCA COLA cuelgan tres subespecies: normal, light y zero. Y debajo de cada una de éstas caben dos cajitas:con caf y sin caf.

  3. Genial!! Qué bueno verte animado y contagiado de nueva vida a pie de carretera. Gran idea tomar un bus 🙂 Por un lado, las estaciones de bus tienen algo de mercado antiguo y de encuentro azaroso; por otro, en estos días de Madrid sale más vida de la que entra. Aunque no esté en la conversación general creo que no soy el único que siente que en la península los centros tradicionales -Madrid, Lisboa, Porto y Barcelona- están «caídos» y que la red está aprendiendo a funcionar sin los viejos automatismos de unos centros bien establecidos. Y seguramente haya bastante de eso en los subtextos del debate territorial. No crees?

  4. Juan Urrutia dice:

    Me temo que en el debate territorial no hay más que Historia y Constitución y, ni de lejos, se piensa en términos de redes distribuidas. en la jrnada del viernes me compré el Correo, el Mundo y el Paísy, patra mi sorpresa me interesó más el Correo.

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