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Objets Trouvés

Publicado en Expansión, martes 2 de agosto de 2005

La creatividad está de moda. Como prueba de esta afirmación quizá pueda servir el éxito de los dos libros que R. Florida ha dedicado a lo que llama la “clase creativa”, unos 150 millones de personas en el mundo que se dedican a actividades intensivas en talento, desde artistas a científicos pasando por banqueros de inversiones.

No parece que los economistas estén, de momento, modelando la influencia positiva de esta “clase creativa” en el crecimiento; pero, dada la proliferación de encuestas y estudios cuantitativos transversales, no sería de extrañar que esta hipótesis de Florida acabe siendo considerada en serio y formalizada. Voy a tratar de entenderla a mi manera y también de darle una vuelta de tuerca.

La creatividad de la que se habla ahora está relacionada con bienes digitales o virtuales y estos “pesan” cada vez más económicamente a medida que colaboran a la pérdida del peso físico de la producción mundial. Luego la creatividad no es ajena a las nuevas tecnologías. Para que esta creatividad crezca se necesita talento más allá y en direcciones más diversas del que muestran los hackers.

Este excedente de talento estaría ahí esperando, como una bella durmiente, a que alguien sepa cómo despertarlo. La clave está en un príncipe que no es otra cosa que esa la tolerancia a la que hay que mirar como un valor positivo muy parecido al respeto por la curiosidad o el gusto por la experimentación. He aquí las tres T de Florida: Talento, Tecnología y Tolerancia. Mi vuelta de tuerca se refiere a esta última.

La tolerancia que estamos buscando a efectos de levantar las barreras a la emergencia del talento y de fomentar así la creatividad generadora de crecimiento, se parece más bien a la admisión del coleccionismo de “objets trouvés” como una actividad legítima e incluso admirable. Esta rapiña de objetos aparentemente perdidos o desechados con los que uno tropieza en su deambular sin meta o rebuscando en los cubos de la basura por pura curiosidad es, ciertamente, una actividad no muy frecuente; pero más corriente de lo que uno imagina.

El hijo de un amigo mío es hoy un escultor más que prometedor que comenzó buscando objetos de hierro que soldaba en figuras sugerentes como un pájaro con brazos y de un aparente tamaño descomunal a pesar de que solo midiera 70 cms; o una especie de director de parada de pueblo en la América del 4 de julio, que manejara con habilidad el bastón de mando, por mencionar solo dos de las piezas que yo mismo he adquirido. Pero esto es sólo una aproximación a lo que puede ser el verdadero arte de la “busca“.

Hay en Cuenca un a colección poco conocida de estos objetos raros encontrados por un personaje singular que los recogió y los expone ahora. Se trata de latas de refrescos pisadas de maneras diversas y aleatorias, diversos tejidos arrebujados de formas inconcebibles, trozos desiguales de motores de automóvil, guijarros de formas curiosas, trozos irregulares de hormigón armado o algún esqueleto de animal irreconocible, todo ello creativamente enmarcado. El secreto del joven escultor está en el gesto, el del coleccionista rebuscador en la basura, en el marco.

Sea por el gesto o por el marco, los que trabajan con lo ya usado, con lo creado para algo distinto, con lo desechado por su primer usuario, con lo pasado de moda, con lo que se pensaba era disponible sin coste, son un magnífico ejemplo de lo que es un cierto tipo de creatividad que la tolerancia hace surgir. A través de esta creatividad se recuperan las ideas que la moda, el paradigma predominante, la simple necesidad industrial, la sed de novedades de los científicos o la simple falta de espacio mental, ha dejado de lado y sin clasificar para el recuerdo. La combinación experimental de todos estos objetos encontrados puede dar origen a formas novedosas, a fórmulas diferentes ,a moléculas inesperadas y, sobretodo, a ideas originales que parecen surgir cuando se necesitan.

Pues bien, estas ideas necesarias surgirán cuando las necesitemos siempre que esté socialmente bien visto experimentar con lo viejo, algo que lejos de ser un oximoron es una receta sabia tal como muestra el siguiente ejemplo que debo a Joan Ballesteros, biotecnólogo de San Diego, y a Ricardo Lago, economista residente hoy en Miami. El doctor Omeñaca ha sido honrado en los EE.UU. de América por ser el primero en curar uno de los casos de ántrax que surgieron a raíz del 11/S. Lo consiguió porque seguía llevando con él el famoso manual de medicina del Doctor Farreras (“el Farreras“) con el que habían estudiado generaciones de médicos catalanes y porque este manual describía el carbunclo inhalado y prescribía sus remedios.

Este es el ejemplo que yo buscaba para darles su debida importancia al marco y al gesto. Se busca en un antiguo libro de texto cuando uno comparte el marco, la visión que tenía el autor y se encuentra lo que uno necesita cuando se imita el gesto. En este caso el gesto y el marco nos llevan a la exhaustividad en la catalogación de las enfermedades sin dejarse arrastrar por las que son hoy científicamente más prometedoras o más urgentes y relevantes, o más vendibles. A esto se refería hace unos meses en Madrid Steven Fuller, reputado sociólogo de la ciencia, quien criticaba el miope cientifismo que olvida en el cubo de la basura piezas intelectuales que solo están esperando a otras semejantes con las que podría componerse un puzzle que la ansiedad del científico de frontera a menudo deja pasar e ignora. La plenitud del mundo no es total; sino que hay la posibilidad, no solo de encontrar cosas desconocidas, sino también de crear cosas rigurosamente nuevas mediante combinaciones de las existentes.

Es precisamente esta actitud que Fuller reclamaba para la ciencia la que yo entiendo que R. Florida alaba en general con sus tres T. No perdamos de vista las posibilidades que nos brinda la Tecnología; la tecnofobia sería peor que ridícula, sería tonta. El Talento del rebuscador de cubos de basura está ahí, yo diría que en todos nosotros, y equivale al parloteo intelectual de la sala del café y a la curiosidad insaciable. Y por fin la Tolerancia.

Lo único que hemos de hacer para avanzar en bienestar es dejar que esta actitud aparentemente frívola florezca sin trabas, sin apriorismos altivos y castrantes, sin estúpidos argumentos de autoridad que solo se la prestan a lo que interesaba ayer, nunca a lo que hoy apunta. Y sobretodo sin condenas sociales, sin amenazas proféticas y tronantes del desastre que nos aguarda, sin ese terrible sentido común que alardea de ver siempre todo tal como es pero nunca imagina lo que podría ser, y sin ese prestigio de lo obvio que tanto ha hecho por el retraso de las ideas, de las actitudes y de la felicidad de los hombres.

En resumidas cuentas, si realmente queremos ser competitivos en el capitalismo global, ligero y tecnológico que nos viene encima deberíamos ser como la Holanda que acogió al Baruch Spinoza que huía de todos los dogmatismos y especialmente de ese dogmatismo español que todavía apunta aquí y allí su feo rostro. Que los creadores de ideas vengan aquí por el clima, por la alegría de vivir, porque ya hay una masa crítica de talento o porque nuestras autoridades han hecho una política inteligente y oportuna; pero sobretodo porque aquí toda idea es admitida a contemplación y toda forma de vida es aceptada. Este deseo, sin embargo, es más fácil de enunciar que de realizar. Son muchos años de cultura rural y de vivir de las rentas de una fortuna de oro y con poca apreciación de las virtudes del comercio, del contagio de prácticas novedosas o de la admisión de creencias ajenas como posiblemente útiles.

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