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Nunca digas Nunca Mais

Dedicado a Suso de Toro

Imaginemos una pareja joven que quiere construir su primera casa en una rambla seca por donde no ha corrido agua alguna en los últimos años. Puede hacerlo por poco dinero en el lecho asumiendo al peligro de desaparición en caso de riada, o puede en la ladera inclinada, lo que le pone a salvo de riadas esperables, pero exige un mayor desembolso de cimentación.

Lo que nuestra joven pareja acabe haciendo reflejará la incidencia relativa de unos factores comunes a toda decisicón en condiciones de incertidumbre: coste de construcción, probabilidad de riada y valoración de un efecto. Si ahora pensamos en la posible guerra preventiva contra Irak la incidencia de esos factores nos permite dibujar dos tipos humanos. Un demócrata desearía comenzar esa guerra y gastar grandes sumas en inmunizarse lo más posible contra un improbable ataque terrorista: es, digamos, un arrugao, un republicano preferiría hacer la guerra cuanto antes, aunque sea muy cara, ahorrar en protección pasiva y confiar en la presuntamente escasa capacidad destructiva del terrorismo: es, digamos, un echao palante.

Apliquemos ahora estas nociones castizas de arrugao o echao palante a nuestro probema de política económica. Ante la situación en que nos encontramos, con unos tipos de interés demasiado bajos, una política fiscal no suficientemente restrictiva y un endeudamiento grande, redundante todo ello en una inflación demasiado alta como para esperar mucho del sector exterior, podemos optar entre las dos actitudes descritas. Podemos, como Barrera de Irimo ante la crisis del precio del crudo, esperar que una eventual recuperación nos coja todavía arbolados (cosa que no ocurrió entonces) o podemos pagar hoy para protegernos de una contingencia desgraciada que nos desarbole embridando hoy la demanda agregada, reduciendo el diferencial de inflación y ganando competitividad dentro del área del euro. Podemos optar entre ser unos echaos palante o unos arrugaos. Se trata de una cuestión de actitud ante el riesgo. Los echaos palante tienen posiblemente una aversión al riesgo negativa mientras que los arrugaos, por el contrario, la tienen positiva. Mi conjetura es que los conservadores tienden a ser unos echaos palante y los progresistas unos arrugaos en flagrante contradicción de la connotación de su respectiva denominación política. En defensa de mi conjetura solo puedo argüir una mera evidencia casual que asocia riqueza con conservadurismo y con menos aversión al riesgo y el progresismo con menor riqueza y mayor aversión al riesgo.

Si mi conjetura fuese cierta, el PSOE sería más bien echao palante. Y esto encaja. Ante la crisis del Prestige, por ejemplo, el PSOE hubiera llevado el buque averiado a puerto admitiendo un cierto coste para evitar males mayores y el PP (tal como ha ocurrido) hubiera dirigido el barco hacia altamar, evitando un cierto coste, en la esperanza de que la probabilidad de catástrofe fuera pequeña. Además, mi conjetura me lleva a pensar que, en igualdad de circunstancias, los gastos en protección civil serían mayores con un gobierno progresista que con uno conservador. Como yo me creo mi propia conjetura, no tengo más remedio que ser escéptico ante la efectividad del movimiento Nunca Máis. Yo, como ellos, preferiría que pagáramos hoy un precio alto para evitar males mayores en el futuro; pero es que soy un arrugao que también preferiría frenar hoy el exceso de demanda agregada en el que nos encontramos en la economía española. Pero como no todo el mundo es como yo y como, además, mi conjetura puede no ser correcta, no tengo más remedio que concluir parafraseando a Ian Fleming: Nunca digas Nunca Máis.

«Nunca digas Nunca Mais» recibió 0 desde que se publicó el Domingo 19 de Enero de 2003 . Si te ha gustado este post quizá te gusten otros posts escritos por Juan Urrutia.

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