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Nostalgia del eterno verano

Para San Pedro y San Pablo yo tenía el cuerpo totalmente quemado. Sí, me dolía, pero ¿qué importancia tenía tal cosa si quedaban por delante casi cuatro meses de vacaciones, de felicidad, con todas las mañanas en la playa y todas las tardes nadando en lugares inusitados y siempre en compañía de la pandilla veraniega que juntos comenzábamos a aprender a vivir?

infancia en la playaEl taxista me comenta que está sorprendido porque el tráfico debería haber disminuído dado que los colegios ya han cerrado sus puertas, pero sigue denso. El dermatólogo me dice que use sombrero en verano pues tengo la piel muy blanca y la combinación de sol y de piel blanca acaba sacándome manchas en la cabeza y en la frente. Ambas cosas me recuerdan mis veraneos infantiles con su duración eterna y las permanentes quemaduras de sol.

Recuerdo el traslado de casa mediante un camión que acarreaba, junto con algún mueble, vajillas y cristalerías de usos varios e innumerables baúles, maletas y paquetes varios. Yo ya había acabado el colegio y para San Juan, con sus hogueras, ya estábamos en la casita de verano, no lejos de la playa y en donde todos los años, para San Pedro y San Pablo yo tenía el cuerpo totalmente quemado. Sí, me dolía, pero ¿qué importancia tenía tal cosa si quedaban por delante casi cuatro meses de vacaciones, de felicidad, con todas las mañanas en la playa y todas las tardes nadando en lugares inusitados y siempre en compañía de la pandilla veraniega que juntos comenzábamos a aprender a vivir?

Guardo recuerdos que no son precisamente maravillosos, pero que no olvidaré nunca. Un año fui abandonado por padres, hermanas y tíos y tías que se largaban a un vieje turístico a Galicia y a los que yo despedía desde ese balcón de la casita desde el que se veía el mar en todo su esplendor, o la galerna en todo su brío amenazante. Otro año fui sometido a una fimosis que no me dolió nada y por la que fui recompensado con todos los helados de cucurucho que se me antojaron. Y entre todos los muchos otros recuerdos que atesoro, muchos relacionados con las manías de la iglesia vecina, el más dramático es el resbalón desde una barandilla, que rodeaba la casa que había sido de Jose Antonio Aguirre, y por la que yo circulaba a la búsqueda de un balón, y la correspondiente caída en la que que un viejo hierro roñado se me clavó profundamente bajo la rodilla izquierda. Sigo contemplando la cicatriz como el primer presagio de la caducidad.

Hace tanto tiempo de todo esto que las moscas de agosto se combatían con simples tiras engomadas en las que estos insectos quedaban atrapados después de muchas vueltas por la habitación correspondiente con unas pautas siempre iguales que yo creí descubrir desde la cama en la que penaba los castigos que no recuerdo como terribles, sino como una ocasión para pensar no sé en qué. En uno de estos castigos utilice mis uñas para ir escarbando la cal del muro contra el que se apoyaba mi cama. Ante el descubrimiento de mi desaguisado el castigo se dobló y esta vez creo que me limité a oir la radio y a leer tebeos.

A pesar de los castigos recuerdo cada uno de estos veranos infantiles como feliz y el completo olvido de que se acabaría como la clave de esa felicidad. Ahora y a pesar de que mis vacaciones son eternas y me dedico sin pudor ninguno a excarvar continuamente paredes de cal, no consigo reproducir la felicidad que me proporcionaba la emisión radiofónica de una aventura de Diego Valor al mediodía mientras descansaba de alguna de mis operaciones o heridas.

C´est la Vie!

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