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Mirowski y Juaristi

Mirowski y Juaristi no es la marca comercial de un negocio de coloniales del Trieste de antes de la Gran Guerra. Son dos nombres de dos pensadores curiosos y notables que pocos imaginarían como asociados. Philip Mirowski, de la Universidad de Notre Dame en Indiana es un economista, filósofo e historiador (de los de archivo) que, a partir de sus denuncias aparatosas en libros aparentemente escandalosos -como More Heat than Ligth, Machine Dreams o el más reciente Science Bought and Sold, podría ser considerado como un autonombrado martillo de ingenuos economistas ortodoxos. Jon Juaristi, Catedrático de Filología Hispanica en la Universidad del País Vasco, poeta, ensayista de éxito y actualmente director del Instituto Cervantes, acaba de publicar El Reino del Ocaso. España como sueño ancestral, un título que tomado junto con otros anteriores, como por ejemplo el Bucle Melancólico, hacen de él un autonombrado martillo de nacionalistas inconscientes de sus propias raíces míticas.

Parecería que por disciplina académica nada tienen que ver el americano y el español; pero no es difícil detectar una raíz común en sus respectivos programas investigadores, intuir en ambos casos una autocomplacencia inconsciente o constatar su fracaso ante un elemental test de reflexividad. Pero lo que me importa de verdad no son estas pejiguerías académicas; sino denunciar un procedimiento retórico consistente en disfrazar de seria investigación lo que son obsesiones personales no suficientemente contrastadas por una comunidad científica bien estructurada.

Empezaré por lo que entiendo. Hace unas semanas Mirowski visitó el capítulo español de la Sociedad Iberoamericana de Metodología Económica (SIAME) y presentó un trabajo muy elaborado y de título imposible: The Scientific Dimensions of Social Knowledge and their Distant Echoes in the “20th Century American Philosophy of Science”. Aunque sea difícil de resumir en toda su riqueza cabe afirmar sin ninguna duda que el espíritu que le mueve es el deseo de dejar claro ante sus colegas de Filosofía de la Ciencia que las dimensiones sociales del conocimiento científico (siempre reconocidas de una u otra manera) no son lo realmente relevante y no debieran ser confundidas con las dimensiones científicas del conocimiento social que sí lo serían.

Esta última noción sería para Mirowski como una arqueología del poder que puede detectar el funcionamiento de ese poder en la historia de las relaciones dialécticas entre Filosofía de la Ciencia, Teoría Social y, lo más importante, la estructura social de la Ciencia o, dicho de una manera vulgar, quién paga los sueldos de los científicos. Lo que un científico social comprometido (a la manera de Feyerabend por ejemplo) debería indagar son las prácticas sociales de la ciencia y cómo la estructura de la financiación selecciona las doctrinas sociales que justifican esas prácticas.

Consideremos ahora, como ejemplo de las proposiciones a que su planteamiento le lleva, sus comentarios sobre el conocidísimo Teorema de Arrow. Este Teorema muestra, según fórmula escueta, pero no errónea, de Mirowski la incompatibilidad entre la soberanía del votante y la racionalidad colectiva. Siguiendo la intencionalidad de su trabajo este Teorema reflejaría las dudas que sobre la democracia tenían los científicos socialistas que tenían que vivir y trabajar emboscados en un régimen de organización científica propio de la guerra fría en el que eran los militares los que pagaban a los científicos en instituciones como, por ejemplo, la Rand Corporation.

Ahora bien, de acuerdo con uno de sus comentaristas, en esta interpretación parece haber una anomalía porque o bien:

  • Restringimos el dominio de la función de bienestar social -que incorpora la racionalidad colectiva- hasta hacer compatibles los axiomas que definen la soberanía del votante, en cuyo caso la sociedad puede ser interpretada como exhibiendo la misma racionalidad que la que postulamos de un individuo de forma que desaparecen los problemas ya que el óptimo es facilmente definible y alcanzable, o bien,
  • Conservamos la universalidad de dominio y nos vemos obligados a reninciar a la exclusividad de la concepción ingenieril de la democracia, asociada al voto, y a volver la atención complementariamente hacia una concepción epistémica de la misma en la que la verdad, o la convivencia ordenada, o incluso la ética, son el resultado de la discusión y la confrontación entre individuos con preferencias diferentes.

Lo interesante es que esta segunda opción (que es la original) sirve para transformar al socialista emboscado de Mirowski en un liberal hayekiano, extraña conclusión que parecería contraria al espíritu que mueve el trabajo de Mirowski.

A lo largo de la discusión surgió otro comentario intrigante. La insistencia de Mirowski en la arqueología del poder le haría olvidarse de la verdad (cosa no muy extraña en un filósofo contemporáneo de la ciencia) de manera que, aunque uno estuviera persuadido de sus insinuaciones acerca de la dependencia respecto al poder de los científicos, no podría dejar de echar de menos una pueba, o al menos un amago de tal, de que esa dependencia es nociva a efectos de encontrar la verdad. Después de todo, que a uno le paguen los militares por investigar no prueba que sus teorías sobre la fisión del átomo hayan de ser incorrectas. Sólo se podrían considerar implícitamente tales, o dudosas, o independientes de la verdad, desde la autocomplacencia con el propio programa investigador que le lleva a uno por otros derroteros intencionales.

Continuaré ahora con lo que entiendo muy a medias. Son precisamente las dos críticas de Mirowski que surgieron en la discusión de la presentación de su trabajo en el seminario citado las que me dan pie para hablar del trabajo de Juaristi. La posible lectura inesperada de un socialista emboscado como hayekiano liberal así como el olvido de la verdad al que aboca la autocomplacencia, me parecen dos críticas que encuentran su reflejo preciso en los trabajos citados de Juaristi. Trata este autor (especialmente en el Bucle) de bucear en los mitos o pseudomitos del nacionalismo vasco para llegar a detectar en ellos la misma melancolía que cree encontrar Mirowski en el Teorema de Arrow, la melancolía de quién no cree del todo en aquello que está ayudando a afianzar; pero que lo hace porque el poder del entorno así lo exige.

Esto en primer lugar; pero es que, además, Juaristi, en la vorágine de la interpretación del imaginario mitico-nacional (especialmente evidente en El Ocaso, una obra más erudita) se olvida, con evidente autocomplacencia diría yo, de que es posible que la melancolía, o el imaginario colectivo, nos lleve por caminos quizá tortuosos al equivalente, en este mundo antropo-socio-histórico-político que él contempla, a la verdad, es decir a una forma de convivencia viable, eficaz y sensata a la que quizá nunca accederíamos sin mitos aunque estos sean tan falsos como el Ossian de McPherson.

Disculpándome de antemano de la relativa superficialidad con la que he tratado a Mirowski y sobretodo a Juaristi, por ignorancia en este último caso, no puedo por menos de llamar la atención sobre la pertinencia de someter a ambos al test más elemental de reflexividad confrontando a cada uno con su propia construcción teorica. ¿A qué poder sirve Mirowski como científico?; ¿de qué mito (falso) es prisionero Juaristi?. Dejaré las posibles respuestas en el aire sin intención alguna de fingir que conozco las respuestas sino porque quiero llegar a lo que verdaderamente me interesa y es tratar de explicarme por qué ambos autores me decepcionan, es decir, no los encuentro a la altura de lo que yo esperaba de uno y de otro.

Mis expectativas eran altas porque como, por razones diversas y extrañas, admiro a Foucault e incluso disfruto con el deconstruccionismo de Derrida, me interesan los proyectos arqueológicos de Mirowski y de Juaristi, de arqueología del poder en la ciencia en el primero o de arqueología del mito en el nacionalismo en el segundo. Mi fascinación con estos proyectos intelectuales radica, creo, en que no tienen fin, ya que por debajo de todo poder hay otro poder y debajo de cada mito las reminiscencias de otro anterior, y en que, por lo tanto, podemos aislarnos de un alfa y de un omega y concentrarnos en lo del medio a la manera de quién tiene una concepción cosmológica como la del steady state tan olvidada y tan atractiva en su rechazo austero a afirmar nada más que lo que la teoría matematizada permite. Mi serio interés por ellos tiene su fundamento en que me parecen los únicos que, sin falsas ilusiones, pueden ir despejando el camino hacia la verdad.

A nadie podrá extrañar ahora mi decepción. Sospecho que el carácter de uno y otro, prohíbe a Mirowski y a Juaristi valérselas sin un origen alfa específico o sin un fin, un omega presentido, o lo que es más peligroso, arreglárselas para aislar al mundo de ellos mismos. Como no son capaces de hacerlo sus escritos desvelan la pulsión propia del que trata inconscientemente de conseguir sus deseos forzando sus ideas. Estudiar críticamente el manejo de la ciencia o de los mitos por parte de fuerzas oscuras con perfiles reconocibles puede ser muy práctico para sosegar la ansiedad de quién no encuentra la paz en el trabajo ordinario y por ello permisible, además de útil para el conocimiento general; pero caer en la paranoia y permitir que esta forma de cura de la ansiedad se eleve a instancias defensoras de una política específica de investigación o de organización social, me parece dificilmente admisible.

La explicación está en la autocomplacencia que les lleva a pensar que las ideas felices son verdad siempre que representen una traición a la tribu (feliz expresión de Juaristi). Creo firmemente que sin traición a la tribu no hay progreso real ni en la ciencia ni en la política; pero no cualquier traición es igualmente valiosa e incluso hay traiciones contraproducentes, justamente las que pretenden fundar una nueva iglesia sobre la paranoia incipiente no diagnosticada, o sostenerse en el aire estirando de los cordones de sus zapatos.

Pero bueno, Mirowski y Juaristi son relativamente jóvenes y están muy a tiempo para ponerse a la altura de su enorme potencial. Cuanto antes se revistan ambos de la humildad y sentido de la realidad de una firma de coloniales en Trieste, antes se convertirán en lo que aspiran a ser.

«Mirowski y Juaristi» recibió 0 desde que se publicó el Lunes 19 de Abril de 2004 . Si te ha gustado este post quizá te gusten otros posts escritos por Juan Urrutia.

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