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gato negroLes doy miedo a los gatos negros que retroceden de culo cuando fijo mi mirada descataratarizada en sus ojos amarillentos. Este es el único pensamiento de hoy durante mi paseo matinal por primera vez sin gafas de sol. Este paseo comienza puntualmente a las ocho A.M. con un cierto airecillo y se acaba a las nueve, solo una hora después pero con mi camiseta completamente bañada en sudor. Hoy lo he terminado justo a tiempo para comprar los «diaris» y una bolsita clandestina de rosquitas de anís que ingiero con excesiva rapidez en cuanto llego a casa y todos duermen todavía, algunos con el aire acondicionado en marcha. Comienza bien el día, tener un pensamiento es ya todo un éxito. Un éxito que puede agrandarse cuando estudie con cuidado la pertinencia de la comparación entre el número de conexiones neuronales (500 trillones) y el de las hojas de todos los árboles de la Amazonía que se supone es del mismo orden de magnitud que el de las susodichas conexiones. ¿Cuántas de esas he usado para alumbrar mi pensamiento sobre gatos negros?

«Mirada descataratarizada» recibió 2 desde que se publicó el Domingo 19 de Agosto de 2012 . Si te ha gustado este post quizá te gusten otros posts escritos por Juan Urrutia.

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  1. […] pensado ofrecerme a las autoridades o al sector privado chipriota para liberarles de ellos con mi mirada descataratarizada como una especie de Flautista de Hamelín de gatos (que ya se comieron las ratas) pero con un final […]

  2. […] En mis días taciturnos de la adolescencia, y ante mis silencios en la mesa, mi madre solía preguntarme sardónicamente: Qué, ¿te ha comido la lengua el gato? He recordado ese dicho cuando el otro día lo que se me comía el gato, o quizá fuese un ratón, era un calcetín. Era un día en el que había decidido alargar mi camino a la oficina para quemar azucar. Poco a poco el calcetín se me fue bajando escurriéndose debajo del talón.Pensé pararme para solucionar el trastorno, pero no lo hice inmediatamente. Sin embargo llegó un momento en el que el talón protestó. Paré, me acerqué a un banco, puse mi cartera sobre él y el pie dolorido sobre la cartera y entonces lo ví entre las rendijas del banco: era negro y me miraba resistiendo mi mirada descataratarizada. […]

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