Desde mi sillón

Un blog de la Red de las Indias

Grupo de Cooperativas de las Indias

Mi nuevo amigo

Segunda entrega de la continuación de «El síndrome del capataz»

malevich

Almuerzo tras almuerzo fuí descubriendo una cierta afinidad entre Ramón y yo a pesar de las enormes diferencias en la forma de expresarnos ya fuera en el tono de voz, que yo nunca levantada acostumbrado como estaba a tratar de no llamar la atención y pasar desapercibido, ya fuera en la duración del turno de palabra autoconcedido e implícitamente limitado por la dinámica impuesta por la necesidad de masticar. No se si los demás colegas lo notaron inmediatamente, pero a mí me parecía obvio que en la mayoría de los temas, siempre de interés inmediato, coincidíamos no tanto en la toma de postura como en el tipo de argumentos esgrimidos.

A medida que transcurría el primer curso juntos en la misma universidad nuestra cercanía fue incrementándose e intercambiamos partes significativas de nuestra formación, inventada la mía en buena parte como la de un chico de clase media y laica con una enorme ira contra el centralismo que había permitido a Ramón aprovecharse de muchas fuentes de financiación, inaccesibles a los periféricos, e ingresar en el programa de una Universidad americana de las casi top y, en todo caso, más reputada que aquella en la que yo sí que había de verdad obtenido mi Ph.D. Una prebenda ésta que Ramón nunca parecía considerar como tal sino como algo natural para alguien como él que no solo era también laico y de clase media, sino también un activista discreto contra el Régimen cuyo aparente desaparición nos había cogido a ambos en esas universidades en las que,además de aprender a aprender, tuvimos la oportunidad de experimentar la experiencia hippie de los tiempos de la guerra de Vietnam. Y no solamente la de la nueva música o la de la liberación sexual sino también la del respeto realmente democrático a cualquier ciudadano o estudiante extranjero. De todo aquello nos había quedado una cierta afición al cannabis que habíamos aprendido a disfrutar con templanza.

Fue sin duda uno de esos primeros días después de habernos conocido y de habernos convertido en colegas que yo le conté, en el paseo que en los buenos días solíamos dar alrededor de campus depués del almuerzo, cómo, ante la barbaridad ordenada por el Presidente del país de invadir Camboya, el propio Presidente de la Universidad ordenó una moratoria de tres día que se dedicarían a reflexionar colectivamente sobre la situación a partir de mesas redondas dedicadas a temas específicos. Una de estas mesas pretendía aclarar la postura europea sobre esa guerra tan poco popular en los EE.UU. de América. Lo que quería contar a Ramón era cómo me sentí un ciudadano por primera vez en mi vida cuando, para mi sorpresa, fui elegido para formar parte de esa mesa. Ninguno de mis éxitos académicos posteriores me proporcionaron tanto orgullo como ese reconocimiento de mi opinión en un centro académico del país más adelantado del mundo. Un orgullo que enraizó para siempre mi odio hacia el centralismo español que jamás prestó ni prestaría ninguna atención hacia alguien que no ocupara ya su lugar en ese centro. Ramón se sintió aludido, pero no dijo nada, aunque sí que aceleró el paso de vuelta a nuestras oficinas respectivas no lejos la una de la otra.

No recuerdo bien cuanto tiempo transcurrió desde esa conversación pero no creo que fuera mucho pues estoy casi seguro que fue ese primer curso que recibí y acepté una invitación de Ramón para ir a cenar a su casa con su señora y otros amigos. Entre ellos se conocían bien pero no me hicieron sentirme extraño y, de hecho, se interesaron mucho por la Sinfónica de Granada y por la situación de mi mujer al frente de la misma. Ramón y Mercedes me mostraron su casa y recuerdo muy bien que, a pesar de las bromas de los viejos amigos, me contó el porqué de la presencia de esos lienzos limpios vacíos en la pared que enfrentaba su mesa de trabajo. Su C.V. del que era muy consciente y que pretendía expandir sin límites estaba, ciertamente, escrito en papel y colgado en lo que comenzaba a ser un ordenador aunque todavía la sociedad no se había decidido entre ese nombre afrancesado y el de computador de origen anglosajón; pero él pretendía «marcar» sus éxitos pintando algo sintomático en ese lienzo que, de momento, solo tenía una especie de cruz en negro que parecía querer ser un eje de coordenadas que dejaba cuatro espacios en los que sin duda Ramón pretendía ir colocando sus aportaciones intelectuales de acuerdo con sus valoraciones reflejadas según aquellos aspectos recogidos en los ejes.

Casi me desmayo del impacto de la coincidencia en nuestro gusto común por el lienzo en blanco y tuve que hacer un enorme esfuerzo que me dejó marcas de uñas en las palmas de las manos para no confesar que, por algún azar del destino, yo también había decidido usar la estética pictórica para ir describiendo mi evolución de una manera menos rutinaria y obvia que la exigida por las convenciones académicas. Salí del paso como pude, pero decidí que la próxima vez que Machalen pudiera pasar unos días, o al menos un fin de semana, en Madrid invitaríamos a esta pareja y les sorprendería con mi forma de rellenar lienzos vacíos.

«Mi nuevo amigo» recibió 1 desde que se publicó el martes 19 de abril de 2016 . Si te ha gustado este post quizá te gusten otros posts escritos por Juan Urrutia.

Comentarios recibidos en este post y unidos a la discusión global de todos a través de la Matriz, nuestro espacio conversacional.

Si no tienes todavía usuario puedes crear uno, que te servirá para comentar en todos los blogs de la red indiana en la
página de registro de Matríz.