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Mi negra en el linóleo: un ejercicio literario

Es realmente irónico que, a estas alturas de mi carrera académica, hace un año perdiera la cabeza y me dejara llevar por una mezcla de sentimientos ocultos de origen genético y aceptara con humos primero y más tarde con un cierto orgullo la invitación a participar en una tertulia intelectual mensual en casa de unos ricos de la margen derecha.

magdalena
Son ya tantos días en este encierro mediador entre un infierno y otro que empiezo a hacerme a la idea de hacer de este espacio oscuro y húmedo un hábitat en el que desarrollar las aptitudes y manías que no me pude permitir en la vida aparentemente ordenada que había llevado hasta que ocurrió lo que tenía que ocurrir o lo que quise que ocurriera. Esa es una de las cosas sobre las que tendría que reflexionar en lo que me quede de vida consciente a este lado del océano al que pienso que voy llegando.

A pesar de que el container tiene una especie de ventanucos por donde se renueva el aire y que resuenan vibrantes en cuanto el viento arrecia un poco, no tengo forma de distinguir el paso de los días incluso si con la ayuda de la linterna que me prestó Aitor puedo saber que hora es, pero no en que día estoy. Tengo que fiarme de mis biorritmos, pero no estoy seguro que éstos no cambien de frecuencia a medida que navegamos hacia el suroeste a partir del levado de anclas en aquella mañana de allí en la Ciudad. Así que la única forma de sentirme vivo que tengo en este zulo es garabatear con un rotulador de punta fina sobre las hojas de mi Notebook de Moleskine que supongo en blanco las ocurrencias que me proporciona el cine mudo del muro del container.

Digo y escribo lo del cine pues durante unas horas del día los ventanucos dejan filtrar un poco de luz que va iluminando las paredes de linóleo de lo que entiendo es sotavento descubriéndome escenas de sombras como en el cine mudo. Claro que también podría, supongo, abrir algunos de los paquetes de cartón que bien estibados recubren la pared de barlovento y que contienen, supongo, muchos kilos de partituras y utilizar alguna para tomar notas o ensayar ese párrafo perfecto que funciona aquí dentro como un salvavidas. Pero esto delataría a Aitor y eso no me lo puedo permitir ni siquiera ahora que he decidido no tener ninguna contemplación con nadie pues tengo que contar con él para que vuelva a abrir el tambor gigante de los timbales para que me pueda introducir de nuevo en él para el desembarco. Es la única manera que imagino de introducirme en este país recorrido por el Magdalena, un nombre que me emociona siempre que lo escribo y me lo repito quedamente en euskera (Machalen). Ella será el siguiente contacto para oscurecerme durante su gira de Cartagena a Buenaventura pasando por Bogotá, Medellín y Cali.

Pienso ansioso en ese momento en el que, una vez desembarcado y transportado no se cómo a algún hotel me desentierren, me vista de miembro de la orquesta y trate de pasar desapercibido espero que escondido en el dormitorio de mi Machalen al que en algún momento llegará Ella para descansar después del primer concierto. Creo saber que entre Ella y Aitor habrán pensado en un plan para hacerme desaparecer subrepticiamente e indicarme el camino a seguir hasta el lugar seguro elegido en el que jugaré el papel que me hayan asignado. Pero digan lo que digan y me aconsejen lo que les parezca pertinente yo sé que me las arreglaré para estar también cerca de Ella en el último concierto y despedirme del amor o del sexo o de ambos de una manera que quiero que parezca definitiva pues a partir de ahí solo puedo tratar de respirar siete veces por minuto y alimentarme de las sobras de bandejas paisas que robaré en la basura de un buen restaurante…si puedo.

Pero estos pensamientos un tanto lúgubres desparecen de repente en cuanto mi cine mudo particular me presenta sobre el linóleo un rostro de negra sumamente sensual. Se encuentra entre el tentetieso abotinado y el búho albino y no comprendo cómo no lo he visto antes. Nunca un rostro me ha resultado tan excitante. Es una composición perfecta, un óvalo fácilmente atrapable entre mis dos manos, dos ojos intensos quizá un poco enrojecidos, una boca pequeña pero sensual a más no poder y un pelo denso y duro como si no fuera de su cabeza realmente. Es la nariz el toque definitivo pues es recta y larga desde debajo de los ojos hasta la boca. Siento que traiciono a Machalen , pero también que me vengo de esa zorra que me obligó a matarle, y me rindo a un deseo lleno de serenidad a medida que se alimenta una seguridad idiota de que esta mulata, mi negra, no es sino el principio de un rosario de placeres nada puros. Me transporto al paraíso justo cuando oigo ruidos fuera como si alguien estuviera tratando de llegar a mí caminando por encima de los containers vacíos llenos de violas, cuernos ingleses y trombones de varas.

Ha sido un falso aviso de llegada aunque según mi reloj biológico no puede faltar mucho. Así que sigo inmiscuido en mis reminiscencias de los peligros que he arrostrado por satisfacer mis impulsos sexuales que tanto tenían de coleccionista estúpido. No ha sido una vez, han sido muchas y todas ellas, menos la buena, por culpa de un estúpido ego que se derrite ante cualquier manifestación de admiración intelectual cuando en realidad yo hubiera preferido pruebas de una admiración más física, pero…la última de mis aventuras ha sido corta y ha acabado de una manera tan terrible que no sé si quiero desembarcar y me pregunto si no sería mejor continuar siempre dentro de este container viendo sombras mudas y tomando notas en papelitos cada vez más escasos.

Es realmente irónico que, a estas alturas de mi carrera académica, hace un año perdiera la cabeza y me dejara llevar por una mezcla de sentimientos ocultos de origen genético y aceptara con humos primero y más tarde con un cierto orgullo la invitación a participar en una tertulia intelectual mensual en casa de unos ricos de la margen derecha, un matrimonio en el que él te hacía sentir siempre y de mil maneras sutiles (y otras veces brutales) tu clase de capataz dedicado a la intelectualidad como única vía de liberación del trabajo que te hubiera tocado hacer si no existiera esa patraña del funcionariado y en el que ella se sentía orgullosa de reunir a su alrededor la tertulia más culta de la margen derecha. Ella creía que era la más culta del país, pero a pesar de su posición social desconocía muchas partes de ese país que no se acababa en los conciertos de la sociedad filarmónica ni en los teas del club de selectos socios sobrevivientes del pedrisco de las bolas negras que arrasaban las humillantes súplicas de los arribistas sociales. A pesar de esa barrera siempre presente un día fui invitado a su mansión, cercana al todavía más selecto club de golf, a dar una charla a unas gentes de las llamadas «bien» sobre las bases intelectuales de esa cosa rara que se llamaba ciencia económica y que no dejaba de dar un poco de risa a los que desde hace un par de generaciones al menos se han movido en el mundo de la bolsa y de los consejos de administración de bancos en los que se transmitía una rica información sobre oportunidades que se iban a abrir cuando tal empresa anunciara su nueva planta o su inmediata fusión con aquella otra.

Me sentí ofendido una vez más, pero acepté con el íntimo deseo de vengarme en el propio corazón de los amos. No sabía yo hasta donde iba a llegar esta venganza que comenzó, más allá de la charla, con un coqueteo que cada mes, y fuera cual fuera el tema de la tertulia, fue subiendo en intensidad y se mantuvo estable aprovechando las actividades culturales de la Ciudad a las que yo, tramposamente, fingía estar enganchado. Continuó con esporádicas visitas a actos culturales más allá de la frontera que yo disfrazaba de seminarios en lugares no muy alejados. Y lo malo es que desató en mí el deseo de olvidar el objetivo de la venganza y de vivir solamente el momento y el sexo cada mes más intenso y más parecido a la intensidad brutal que me ha recordado mi negra en el linóleo. En el punto culminante, ocurriera donde ocurriera el encuentro, su rostro, tan parecido al de mi negra, permanecía oculto hasta el momento culminante en el que agotada ya ella levantaba yo el velo con el que había cubierto sus facciones mulatas y terminaba los escarceos con un grito salvajes. Pero esto no duró mucho tiempo.

P.S. Continuará, pero esta semana próxima estaré en el Reino Unido y creo que me voy a dar vacaciones y me voy a limitar a tomar notas en una agendita virgen

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