Desde mi sillón

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Memoria y espacio

Sí, me parece claro que tenemos recuerdos asociados a lugares. Mi huída de los palos de “los grises” en la Plaza Circular de Bilbao dejando a Marisa a merced de su fuerza será siempre para mí el origen de mi gusto por la la traición como forja de la identidad personal. Por aquella época de las primeras traiciones formativas del carácter, o del sujeto diría el filósofo à la page, alguien me explicón en la biblioteca de la Universidad de Deusto que Marx usaba dos mesas para escribir El Capital en el British Museum.

En esto Marx, comparado comigo, es una zapatilla rusa pues yo uso no menos de cinco mesas en dos locales distintos, una oficina (con tres mesas en tres espacios distintos) y la casa familiar. En esta última ocupo no solo mi despacho de la planta alta (con dos mesas) sino también la parte sur de una enorme mesa de comedor que ha sido conquistada, o quizá liberada, por la impresora, una cajita de clips, una aspiradora de ordenador y un montoncito de carpetas verdes a modo de archivo y desde donde escribo este post.

Describir la colonia de objetos de la mesa de trabajo es un recurso fácil, pero ¿cómo reseñar no una colonia de objetos sino todo un cerebro externo, o exocerebro, que a modo de disco duro es la única forma de mantener actualizadas todas mis ideas simultáneamente?

En la mesa de mi despacho casero que da a la ventana orientada al norte están las cuestiones de economía que se prolongan por el suelo tapizado unos dos metros por un reguero de carpetas con escritos de los cinco últimos años. Pero en la otra mesa mucho mayor, cuadrada y cortada a medida, se mezclan, en un deseo inalcanzable de establecer puentes, unas dosis de feminismo a lo Butler, carpetas de diversos colores que revientan con artículos de campos económicos novedosos para mí, como nueroeconomics o behavioral economics, y libros dispuestos a ser devorados pero que se van quedando pasados como el de Reinhart y Rogoff entre oros muchos. Me siento como prisionero en esa mesa pues me asiento sobre una magnífica butaca de despacho que mira hacia el oeste y me encuentro enjaulado entre los cables del teléfono y del ordenador por un lado y un suelo lleno de carpetas que contienen los ya inútiles informes sobre la ESS-Bilbao. En otra mesa no reseñada se acumulan desde carpetas para la declaración del IRPF hasta informes de las fundaciones a cuyo patronato pertenezco. Y todo ello bajo la mirada escrutadora de una antepasda pintada por Barroeta con su pañuelo de aldeana. Ya se comprenderá que haya comenzado la conquista el comedor que, sin embargo, tengo que compartir con mis chicas lo que conforma un buen ambiente para escribir esos posts.

Pero ¿dónde escribir ese ensayo sobre Realismo, Relexividad y Retórica que he denominado R al cubo y sobre el que ya dije algo? Lo estoy intentando en la oficina. Puedo compartir el cubículo que utilizo con un manual de teoría de redes pues al fin y al cabo en ambos ámbitos se trata de relaciones entre agentes individuales. Pero para aprender un poco de informática y no destrozar la máquina de la oficina ocupo otra mesa en la que hago ejercicios en software libre con un vetusto ordenador gigantesco y acumulo sin leer las facturas que me llegan de teléfono, electricidad, agua o gastos generales.

Con la memoria más o menos ordenada por el uso del espacio ¿dónde pienso? Pues sobre la mesa de reuniones. Es lo suficientemene grande como para desplegar varios artículos a la vez o como para manter abiertos varios libros simultáneamnte y dejar espacio para unos folios en blanco que rellenaría si recordara lo que tengo pensado pensar.

«Memoria y espacio» recibió 0 desde que se publicó el Domingo 7 de Marzo de 2010 . Si te ha gustado este post quizá te gusten otros posts escritos por Juan Urrutia.

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