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Maynard o Milton, Milton o Maynard

Publicado en Expansión, martes 9 de enero de 2007

El reciente fallecimiento de Milton Friedman ha dado origen a un torrente de artículos y comentarios sobre su figura y sobre su grandeza como economista solo comparable, en el siglo XX, con la de Keynes. Baste con mencionar aquí una de esas piezas, la que apareció en el Financial Times el 22 de noviembre firmada por Martín Wolf y que, tal como nos tiene acostumbrados este columnista, era una pieza excelente (Keynes versus Friedman: Both men can claim victory). No se trata de comparar dos gigante, se trata más bien de usar esa comparación para preguntarse qué diablos es esto de ser un buen economista o de hacer buena economía. Y comparar a ambos es una manera de preguntarnos por estas cosas pocas veces objeto de conversación.

Hay una primera similitud obvia. Tanto para Milton como para Maynard era obvio que estaban ahí como economistas para afinar la política económica en beneficio de sus países y de sus conciudadanos. Esta convicción ya no es obvia tal como se desprende de la evolución de la materia que se ha observado los últimos años a medida que la profesión alcanza reputación científica y aumentan llamativamente sus practicantes y los medios especializados que recogen su trabajo científico.

Pero hasta hace 30 o 40 años la política económica era el evidente fin último del esfuerzo intelectual de los economistas. En ese tiempo no había más remedio que opinar con urgencia sobre lo que había que hacer ante situaciones cíclicas que empobrecían y hacían sufrir a los ciudadanos. Cuando esta convicción está vigente hay que encontrar un punto de apoyo más firme que otros desde el que opinar y desde el que pensar. Para Maynard este punto de apoyo fue la función de consumo que nos da ese componente de la demanda agregada, el consumo, en función de la renta disponible de una colectividad. Para Milton ese punto de apoyo sería la teoría cuantitativa que nos dice lo que pasa con el nivel de precios y el output de un sistema cuando cambian de una u otra manera la oferta monetaria.

Hoy sabemos que la función de consumo no es tan sencilla como la imaginaba Keynes y que el mecanismo de transmisión entre dinero, en cualquiera de sus medidas, y el output tampoco es tan simple como pretende la teoría cuantitativa. Estos conocimientos más recientes hacen de las esperanzas de Maynard y de Milton algo ilusorio; pero su espíritu no debiera perderse. Necesitamos puntos de apoyo en los que basarnos par poder opinar con conocimiento de causa sobre las posibles consecuencias de cambios en los parámetros de la política económica.

La similitud que acabo de mencionar basta para entender la afirmación de Martín Wolf de que ambos pueden cantar victoria; pero también para entender que ambos han sido en cierto modo sobrepasados ya que el punto de apoyo ya no es ni esta teoría ni aquella función;sino el sistema en sí. Explorar esa vía nos llevaría lejos y al examen de otras aportaciones teóricas que hoy no tocan. Lo que hoy toca es compara a Milton y Maynard. Veamos ahora su diferencia más llamativa y en la que se fijan los observadores en general.

No es que Maynard se fijara más en lo fiscal y Milton en lo monetario. El primero adquirió fama profesional en su día gracias a su tratado sobre el dinero, aunque solo se recuerde su Teoría General, y Milton escribió de todo, incluyendo fiscalidad, aunque sea cierto que su historia monetaria de los EE.UU., escrita con Anna Swartz, es una pieza monumental. La diferencia está en la fe en la discreción que tenía Keynes que, dicho sea de paso, fue gobernador del Banco de Inglaterra esa gran señora que solo recientemente ha necesitado de independencia, y la fe en las reglas de Friedman. Siendo de momento muy poco preciso podría decir que Maynard piensa que lo mejor para el sistema es que alguien como él lo dirija con libertad y haciendo lo que le de la gana de manera activa y de forma que pueda sorprender a los actores económicos. Para Milton y dado que no parece que le vayan a dejar hacerse cargo de todo directamente, lo mejor es que las autoridades sigan reglas claras prefijadas sin embarcarse en experimentos de forma que su actividad pueda ser previsible. Como en este punto parece que el “joven” Milton ha ganado la partida, creo que merece la pena reexaminar la cuestión a la búsqueda de un empujoncito a Maynard.

Para enfocar la cuestión empecemos por recordar lo que siempre piden los empresarios: reglas claras y estables en todo lo que respecta a la política general, la regulación, la política cambiaria y las políticas económicas básicas como la monetaria y la fiscal. Estas reglas claras y estables les permitiría, según ellos, contar con un horizonte de planeación suficiente como para tomar poder tomar decisiones valientes en materia de inversión. Pero también podemos imaginar que otros agentes económicos podrían tener las mismas pretensiones y por las mismas razones.

Los consumidores para poder tomar decisiones a largo plazo relativas al consumo querrían saber con claridad no solo los precios sino también las políticas empresariales de servicio post-venta, los descuentos y los plazos de pago. Los trabajadores desearían saber con toda seguridad las probabilidades de entrar en el desempleo para así ahorrar de manera inteligente además de conocer con certidumbre las prestaciones sociales con las que pueden contar. Los contribuyentes está hartos de los continuos cambios en la legislación fiscal o en la política de inspección y los accionista querría conocer de antemano la política de dividendos.

No hace falta ser muy perspicaz para darse cuenta de que los deseos de reglas claras de todos no pueden satisfacerse simultáneamente. Pensemos en un par de ejemplos. La estabilidad que quiere el empresario choca con su demanda de flexibilidad en materia laboral atacada ésta, claro está, por los trabajadores que no quieren incertidumbres dependientes del mercado. Los Estados dicen que quieren no solo estabilidad de los tipos de cambio; sino también claridad y fijeza de los regímenes del comercio mundial (cuotas, tarifas, multilateralidad o regionalización etc.). Pero notemos que, en este segundo ejemplo, si las reglas fueran fijas, merecería la pena romperlas unilateralmente con lo que parecería que igual una cierta discreción es imposible de evitar.

Quizá por esta razón haya que mirar a esta cuestión de reglas versus discreción de otra manera. Para evitar la discrecionalidad cabe imaginar que las reglas fueran contingentes y condicionadas a situaciones tan detalladas que parecería que reina la discreción a pesar de que ahora, con estas reglas, todo parecería previsible. Sin embargo cabe todavía una vuelta de tuerca. Si las reglas contingentes fueran completas en el sentido de que toda eventualidad posible está contemplada, entonces no cabrían las sorpresas y, en consecuencia, no cabría ni siquiera la idea de innovación y sin ella difícilmente podemos imaginar la competencia. Estaríamos en el infierno que aterrorizaba a Hayek.

Si las reglas contingentes no fuera completas en el sentido anterior, podemos imaginar la competencia cabalgando a lomos de la innovación; pero en ese caso estaríamos de vuelta en la discreción ya que toda innovación competitiva es, por definición, una contingencia no contemplada. A Maynard le gustaría este argumento; pero también Milton admitía que la Gran Depresión se produjo en muy buena parte a causa de las reglas monetarias que las autoridades no supieron cambiar a tiempo.

Quizá quepa derivar un par de lecciones de toda esta disquisición. Primero, cuanta más actividad y creatividad menos espacio hay para reglas por muy sofisticads que sean. Notemos que lo contrario no es cierto del todo. No es cierto, en efecto, que cuanta mayor discreción mayor es la creatividad y la actividad económica. ¿Quién ha ganado entonces? Milton? Maynard?. Yo creo que ambos. Friedman sería el primero en saltarse las reglas a al torera en situaciones imprevistas. Y Keynes, a su vez, sería el primero en admitir reglas sencillas para situaciones de normalidad.

La segunda lección está relacionada con las expectativas. Ambos era conscientes de su importancia y quizá por eso ambos se preocuparon de manejar los medios de comunicación. Las columnitas de Friedman en el Newsweek, al alimón con su competidor más berroqueño, Paul Samuelson, fueron para mi una revelación en mi época de formación y una continua frustración frente a los torpes intentos de emulación que observo alrededor incluyendo los propios. Solo más adelante pude hacerme consciente de esa actividad divulgadora por parte de Keynes, actividad que incluía la radio y hay que escuchar la voz de Maynard para hacerse una idea de lo que sería hoy ser un comentarista con autoridad, algo un poco distinto de lo que hacen nuestro tertulianos más conocidas.

Dejemos este asunto aquí; pero no antes de recordar que esa actividad tan noble ha ido perdiendo a medida que la profesión se hace más científica, más formalizada y menos especulativa. Con las excepciones notables como las de Krugman y, en menor medida, la de Baghwati, no es corriente hoy que un economista académico pierda su tiempo divulgando o que se enrede en debates sobre política económica.

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