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Más Paris

La grande Odalisque de Martial RaysseTomar notas es uno de sus pasatiempos favoritos. Incluso tomar notas en clase fue siempre un pasatiempo estudiantil durante el tiempo de la clase e incluso posteriormente cuando trataba de entenderlos y así acababa aprendiendo el contenido de esa clase. Ayer, y a pesar de la sorpresa de esa llamada que todavía hoy no puede creer del todo, cayó en la tentación de comprar una de esas pequeñas libretas que indefectiblemente le recuerdan a la que se ofrecía a la clientela de la desmantelada La Goulue de la calle Madison en New York, solo que en este caso exhibía la cabeza y rostro de La Grande Odalysque de Martial Raysse y con ella y el lápiz que nunca abandona se dirigió, tan bien acompañado como siempre, a disfrutar de la exposición sobre Sade primero para luego sin prisas continuar la exploración de las novedades parisinas.

«Sade. Atacar el Sol» es el nombre de esa exposición sobre este divino marqués que parece ser reinventado cada poco tiempo y que quizá lo merezca, siempre que se pretenda entender su extraña manera de ver la existencia del Hombre. Y no creo que este fuera el caso según leyó esa misma noche sus notas y a pesar de que ese nombre comunica bien el entusiasmo sin límites de nuestro Sade que se muestra bien en esta frase que trata de sintetizar lo que se va a ver en una de las primeras salas: «La crueldad no es otra cosa que la energía del hombre que la civilización no ha corrompido aún: ella es pues una virtud y no un vicio». Enfrentarse al sol y esta frase son dos buenas señales de que igual alguien ha sido capaz, como muchos predecesores, de leer respetuosamente a Sade y además nos puede ofrecer una versión visual de un arte que traduce su pensamiento.

Pero esta esperanza se va disipando poco a poco a medida que uno recorre las diferentes salas y, cada vez más rápido, contempla las pinturas, grabados o dibujos que pretenden ilustrar un pensamiento sublime. Sin duda el suyo puede entenderse así pero no cuando se confunden sus escritos con una sesión del Crazy Horse o se insiste en esa metáfora tan poco creativa relacionada con la erección y la eyaculación. El impulso, la energía o el entusiasmo no son siempre una actividad individual y masculina tal como parecen querer decirnos los que han montado esta exposición tan apreciada por un público más que numeroso.

Si uno no está alerta creería que en Sade no hay un entusiasmo colectivo en el que participan tanto varones como hembras y que está quizá relacionado con el sexo pero a un nivel más profundo que la piel. Hoy lo sabemos bien y hubiera sido una gran novedad muy de agradecer descubrir en el Museo de Orsay que se pueden encontrar raíces de este entusiasmo colectivo, que hoy reconocemos en la Marsellesa o la Internacional, en el mismísimo Sade.

Pero este no es el caso desgraciadamente tal como indican mis notas a lápiz que me dicen que piense en la misión de los museos y en su papel para la creación de un clima cultural que vaya más allá de la erudición. Un clima que hoy necesitamos como el comer pues volvemos a dudar entre la reforma y la ruptura como hace más de cuarenta años en España, una discusión de la que, aunque la agenda permanezca muda sí que hablan Badiou y Gauchet en el libro «Que Faire?» que habíamos adquirido hace un par de días y que alivió mi insomnio de esta noche sin duda producido por la llamada telefónica en la que no quiero pensar de momento.

El Café llamado Le Voltaire nos estaba esperando como siempre que pasamos por ese lugar y parecía muy adecuado, en cierta forma, para no perder el tono vital adquirido en el museo de al lado. Marisa no piensa lo mismo que yo y no quiere ni oír hablar de lo colectivo y está impresionada por la crueldad enfermiza del buen marqués, así que todavía con buena luz y una temperatura semiagradable tomamos un taxi hacia el Bois de Boulogne para inspeccionar el edificio que Gehry acaba de terminar para la Fundación Vuitton.

Hacía pocos días que habíamos tenido una conversación acalorada sobre la función civilizatoria de los museos y sobre cómo esa función exige tener en cuenta no solo la relación entre continente y contenido sino también la forma en que el continente te obliga a circular. El edificio me encantó a pesar de que este arquitecto no es muy apreciado en mi entorno de arquitectos. Mi agenda dice en este punto: «me convenzo de que las obras de un museo no tienen importancia y de que lo importante son los edificios. Las obras de arte visuales pueden ser exhibidas en cualquier sitio con ciertas condiciones ambientales. Los edificios van dando forma al alma de una ciudad. A mí, estos edificios de Frank Gehry, una muestra de cuyas maquetas habíamos contemplado ayer a la carrera en el Pompidou, me parecen útiles no solo para construir alma ciudadana sino también para albergar esas escuelas de aprendizaje con las que sueño en este comienzo de la vejez como espacios físicos vacíos en los que tutores entregados enseñen a aprender lo que un gran maestro ha dicho on line».

Quizá, pienso si atreverme a escribir nada, que ese discurso sobre el que un día de estos tendré que decidir algo podría tratar de expresar que toda mi vida ha sido una búsqueda de esa escuela de aprendizaje demasiado a menudo abandonada por razones poco serias.

«Más Paris» recibió 3 desde que se publicó el Jueves 8 de Enero de 2015 . Si te ha gustado este post quizá te gusten otros posts escritos por Juan Urrutia.

Comentarios recibidos en este post y unidos a la discusión global de todos a través de la Matriz, nuestro espacio conversacional.

  1. Qué estimulante el viaje a París! la reflexión sobre los espacios, los modos de representación, el alma de las ciudades, los procesos de ruptura… y todo condensado en un solo post. Magnífico!!!

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  1. […] la glotonería por el sexo está en el origen de la sustitución de miniagendas y la adopción de la odalisca como repositorio de sus ideas inmediatas. La Goulue estaba ahí para ayudarle a crear una obra que […]

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