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Manos y caligrafía

Debo volver a mis cuadernos con páginas blancas y a escribir en ellas con una pluma estilográfica que me permita pensar mientras me explico en lugar de vigilar constantemente si mi ortografía es la correcta. Me atrevo a decir que estos días he entendido que la caligrafía es un elemento básico de la sabiduría.

Hace dos o tres días volví a cruzar el transbordador del Puente de Vicaya (llamado erróneamente el puente colgante) y a pasear por la margen izquierda bajo un solecito invernal bien agradable desde Portugalete hasta Sestao para recordar el poema de Blas de Otero que señala ese punto frente a una escultura en honor de los represaliados por Franco y sobre lo que ya escribí hace casi tres años y acabo de volver a leer aquí Hoy vuelvo sobre ese punto y por razones distintas no sabría decir si más o menos serias.

Aparentemente mi pensamiento no estaba en la memoria histórica sino en el trasero de una paseanta que recibió un sonoro txalo en en ese lugar por parte de quien le acompañaba. Era la más elegante de las mujeres que, solas o acompañadas, caminaban por el paseo de la Ría y tanto era así que muchas de éstas se volvían a mirarle cuando se cruzaban con la pareja. Este homenaje por parte de su pareja me sacó de mi ensimismamiento y me trasladó inmediatamente a las manos y a su uso.

Esta consideración de las manos no fue casual. Por un lado un cuñado mío así como mi hermana, a quienes he visto en la primera parte del puente de esta semana que termina van a ser probablemente operados de artritis o de artrosis en una mano simplemente para evitar el dolor que les produce una u otra de estas degeneraciones. No se quejaron mucho pero cuando te dicen todo lo que no pueden hacer empiezas a preocuparte por ti mismo pues puede ocurrir que acabes no pudiendo escribir a mano y, quieras o no, no tengas más remedio que utilizar el ordenador o la tablet.

A nuestra amiga Emily ya le han operado y, sin embargo, no lleva muy bien su elaboración de esculturas, por cierto preciosas, o su pintura. Yo no esculpo ni pinto, pero sí escribo y cuando hace unos días comencé a apilar mis viejos papeles en grandes cajas de cartón para tratar de sacarlas del despacho en donde hago mis pinitos, para almacenarlas en un trastero, vi con nostalgia viejas intervenciones mías en los cursos de doctorado de hace unos 25 años y que a menudo en forma de transparencias reflejan la caligrafía cuidadosa que se me impuso en los primeros años de colegio.

Pero esto no ha sido todo estos días en lo que a la caligrafía se refiere. Nuestra amiga Sandra ha sido profesora de primer curso de primaria y nos contaba cómo, hace años, se las arreglaba para conseguir que esos niños que nada sabían o entendían comenzaran a aprender cuando ella se las ingenió para que manejando lápices de colores, plastilina o haciendo montoncitos de arena, los chiquillos se dieran cuenta de que las manos son un instrumento de aprendizaje totalmente imprescindible.

Y ya de vuelta me miro las manos con atención y trato de discernir qué he de hacer para que me ayuden en la comprensión de todos los conumdrums con los que me enfrento. No me refiero a los que tienen que ver con la vejez que acecha disimulando, sino con muchos otros que, más bien, están relacionados con mis intereses intelectuales y, más concretamente estos últimos días, con el libro de Tim Harford y con el editado por Wilson y Kirman. Tanto la Diversidad como la Complejidad o la Evolución son asuntos cuyos simples nombres no dejan traslucir la dificultad de saber moverse por sus jardines. Y, sin embargo, ya llevo años tratando de desentrañar su importancia y la belleza de los lugares secretos que cobijan.

Muchas de las ideas al respecto han aparecido en muchos de los papeles que que he he estado tratando de sacar del despacho en donde casi siempre trabajo. Ahora pienso que lo que he de aprender es quizá una cuestión de manos y que debo volver a mis cuadernos con páginas blancas y a escribir en ellas con una pluma estilográfica que me permita pensar mientras me explico en lugar de vigilar constantemente si mi ortografía es la correcta. Me atrevo a decir que estos días he entendido que la caligrafía es un elemento básico de la sabiduría.

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