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Mañana… el tren

Me olvidaré de todo y llegaré a mi turno con la mente en blanco como un folio que solo espera el párrafo perfecto sea de tu invención o consista en la repetición ritual de una canción de cuna, o de amor o de exaltación épica.

alviaPor una razón o por otra llevo viajando un par de meses por esos mundos de Dios que ni están cerca ni tampoco lejos. No son viajes con glamour a lugares exóticos, sino de esos que se hacen en autobús en caso de que no haya tren o de que el automóvil no sea aconsejable debido al mal tiempo y al descenso pronunciado de la cota de nieve. Y estos viajes tampoco son iniciáticos ni representan un descubrimiento interesante. Muy lejos de ello estos viajes me secan un poco el alma por importante o interesante que sea su finalidad. Incluso si fuera el caso de que mi desplazamiento se deba a una charla propia ante una audiencia que satisfaga a mi ego o a una charla ajena que estás deseando escuchar.

Es extraño este sentimiento pues un viaje de estos que trato de representar te proporciona tiempo de leer o de escribir tal como te hacen notar sus defensores, casi siempre personas muy activas cuyo día a día está cargado de recaditos. Pero este no es mi caso y debo confesar que leer o escribir en un autobús son actividades que no me esponjan el alma sino que contribuyen a su sequedad probablemente porque lo que leo son principalmente periódicos diarios o semanarios. Estos últimos son tan aburridos como un repaso general antes de un examen final de un curso de derecho civil. Y los primeros están llenos de obituarios y de esquelas. Estas últimas están bien pues sirven la finalidad social de enterarse de los funerales a los que mañana debería uno asistir a fin de conservar el entramado social y la finalidad propia de establecer el ranking de prioridad entre ellos; pero los obituarios son el trabajo sucio de una plañidera, casi siempre por encargo.

Me temo que los homenajes participan un poco de ambas figuras periodísticas. Algo tienen de esquela cuando se trata de un colega o incluso amigo al que le ha pillado el tiempo: es algo útil para no tener la sensación de que solo eres tu el que envejece y para dar golpecitos en la espalda a los que como tu han acudido a esa ceremonia. Pero lo malo es que también tienen algo de obituario para rellenar una página de un periódico local: basta con tomar cuatro notas sobre el homenajeado para luego engarzarlas con una prosa meliflua llena de acotaciones entre comas.

Mañana me toca uno de esos homenajes y me gustaría romper la rutina y convertir milagrosamente un homenaje al colega que ya puede retirarse en una llamada a la revolución sosegada, que no otra puede ser la que toca a estas edades. Abandonar el camino de tus éxitos y tomar ese otro en el que nunca pensaste y al que no quieres mirar ahora pues temes descubrir que ese era el bueno. Seguro que lo era y, aunque no lo fuera, iniciarlo es el único remedio para vover a vibrar con lo que sea que el camino olvidado oculta.

Así que mañana nada de autobús, mañana tren y de los rápidos para que no me de tiempo a recordar los éxitos del colega ante una audiencia suspendida en el vacío ni tan siquiera pueda tomar las cuatro anotaciones necesarias para luego pergeñar unas líneas sin errores sintácticos. Me olvidaré de todo y llegaré a mi turno con la mente en blanco como un folio que solo espera el párrafo perfecto sea de tu invención o consista en la repetición ritual de una canción de cuna, o de amor o de exaltación épica.

Ruego a los dioses que, de la misma forma que este post no admite enlaces, mi discurso de mañana no pueda ser clasificado como un obituario o como un recuerdo vulgar sino que caiga sobre esa rutina del homenajeado que le ha llevado al éxito profesional como un barril explosivo de los utilizados por las fuerzas gubernamentales sirias cae sobre las carreteras de los rebeldes y los refugiados. Que todo menos la vida sea destruido a fin de permitir que esa vida preservada sea realmente humana y sobre todo propia.

«Mañana… el tren» recibió 2 desde que se publicó el Miércoles 5 de Febrero de 2014 . Si te ha gustado este post quizá te gusten otros posts escritos por Juan Urrutia.

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  1. Ana dice:

    Precioso Juan.
    Cuentanos el final, por favor.

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  1. […] sí, como decía cogí el tren y no me ocupé para nada del discurso que al día siguiente, viernes , tenía que […]

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