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Lucha de clases y comunión de los santos

Tengo un amigo que en nuestra juventud se hizo descreído y contaba con gracia que de su conversión al marxismo solo le quedaba la lucha de clases así como que nada creía de su cristianismo originario excepto por aquello de la comunión de los santos. Me pregunto qué diría hoy este amigo si me lo encontrara ahora después de tantos años y hubiera conservado (aunque fuera adormecidas) las poquitas convicciones que le quedaban ya entonces, en aquella época en la que en la trastienda de alguna librería adquiríamos ediciones raras de Marx y en la que estábamos dispuestos a compartir todo en un mundo en el que creíamos entrever, a través de los ojos de algunos frankfurtianos como Marcuse, las inmensas posibilidades de la abundancia en la libertad. Me hago esta pregunta porque, aunque han pasado muchos años desde los finales de los años sesenta y la actualidad, ambos momentos tienen algo en común que debiéramos recordar aunque también haya muchas diferencias reseñables entre esas dos épocas.

Pienso que no nos hemos detenido en este parecido porque estamos atareados desde hace años con la Gran Recesión, resultado de una burbuja inmobiliaria en los USA, y últimamente con los problemas de la deuda soberana en Europa lo que no es sino otra burbuja en sentido inverso. Pero ante los repentinos cambios de gobierno en Grecia y en Italia, más el inminente en España, tenemos la oportunidad de ensanchar y globalizar la problemática global que nos acecha y que no es ya independiente de la europea en la medida de que los países emergentes podrían o no ayudarnos dependiendo quizá de nuestra actitud respecto a la guerra de divisas o respecto a la forma de gobernar o nuestra concepción de los derechos humanos u otras pautas culturales. Pero cuando tomamos distancia de nuestra problemática actual (que en pocos días va a hacer crisis) nos percatamos de que algo así pasaba en los años 60 aunque sin globalización, sin sociedad del conocimiento y sin TIC. Quizá hoy esas novedades nos permitan enfocar de forma diferente las consecuencias de la explosión del deseo de libertad y control del propio destino que hoy, como ayer, ocurre ante nuestros ojos y que quizá es algo más profundo que los achaques de viejos que sufrimos en Europa como si fueran de interés exclusivo.

El sesentayocho que conmovió los cimientos del mundo en que tanto mi descreído amigo como yo mismo vivíamos, fue el mayo francés, una especie de ola de libertad que clamaba al mismo tiempo por las libertades individuales y por modificaciones en las políticas descolonizadoras y reivindicadoras de la diversidad. Pero hubo otros sesentayochos que no podemos olvidar. El mayo de Praga, con la imagen de Jan Palach enfrentando él solo a los tanques soviéticos nos enardeció contra el autoritarismo. La defensa de la libertad de palabra de Mario Savio en Berckeley o el movimiento general de la juventud norteamericana con sus festivales de rock o su manera hippy de vivir, libre y liberadora de opciones sexuales, nos permitió soñar en un mundo en el que “do your own thing” fuera no solo un slogan libertario sino todo un programa de vida. Los sesenta en general fueron años libres, experimentadores, creativos y sin grandes problemas económicos ni políticos pues parecía que se había instalado una opción socialdemócrata dispuesta a mantener una solidaridad a través de un Estado del Bienestar que solucionaría la lucha de clases. Parecía que la lucha de clases y la comunión de los santos eran compatibles.

¿No nos emocionan hoy la primavera árabe o los movimientos pacíficos que se concentran para decir que están hartos de casi todo? ¿No hay en ambos otra ola de libertad manifestada hoy por el canto al emprendedor o por la exigencia de participación política basada en un interés genuino por la cosa pública? ¿No es la vuelta de la austeridad reminiscente de la vida rural y de una economía autosostenible? Supongo evidente para el lector que todas esas preguntas son meramente retóricas y que pretenden preludiar mi contestación afirmativa y, al mismo tiempo, una especie de llamada a la movilización de aquellos que, como mi amigo en su momento, continúan creyendo en la armonización de la lucha de clases y la comunión de los santos.

Pero la respuesta no puede ser hoy la misma que hace cuarenta años. Hoy conocemos todo lo que pasa en cualquier rincón del mundo en tiempo real, no hay que explicar lo que son las dos “instituciones” o creencias del título de esta columna pues basta con que el lector las consulte en google y el valor de lo digital en porcentaje del PIB es ya muy considerable. ¿Cómo funcionará el sistema económico capitalista en estas condiciones? En este punto me alegra que creo que lo hará muy bien y, además, para siempre si jugamos bien nuestras bazas y no nos confundimos escuchando discos rayados.

La lucha de cases ha perdido su naturaleza primitiva pues el control de los medios de producción no es ni férreo ni crucial para prosperar. Es cierto que la distribución de la renta sigue aumentando su desigualdad en los países occidentales, pero ya no está nada claro que los nombres del percentil más rico y los del más pobre, en esos países, sean hoy los mismos que hace cuarenta años. Es cierto que la pobreza no se elimina a la velocidad deseable, pero los índices globales siguen mejorando a pesar de las situaciones que claman al cielo. Pero lo esperanzador es que la ciencia y la tecnología nos abren las puertas de un mundo en el que cada uno puede hablar y encontrarse con todo el mundo.

Y cuando se encuentran confrontan sus pautas culturales, esas convenciones que cada uno está dispuesto a seguir porque todos los demás las siguen. Pero ese “todos los demás” todavía no se refiere a los 7.000 millones de seres humanos vivos. Pero si esas pautas se van conformando con los contactos el futuro nos depara una generalización universal de las pautas más elementales que permiten el enriquecimiento en todos los sentidos. La comunión de los santos está ahí esperando nuestra comprensión de lo que está pasando.

No extrañará al lector que con esta puesta al día de las convicciones de mi viejo amigo, esté yo deseando de dejarnos de tiquis miquis, de los retrasos y las deslealtades europeos y pasar a la acción de una gobernanza global que permita la competencia fratricial. Pero quizá lo que vaya a pasar en Europa nos de la ocasión de repensar las formas de nuestra convivencia.

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