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Los sueños no tienen dueño

Estamos tan acostumbrados a esta forma de propiedad que no nos damos cuenta de lo rara que es.

delacroix y la devolucionUno no es dueño de sus sueños aunque a veces lo contrario sí que es cierto y uno depende en su actividad o en la imagen de sí mismo, de esos sus sueños. Por otro lado toda creación industrial o artística (ya se trate de una medicina o de un libro de poemas o un cuadro) sí que nace del sueño de una mente alerta o de un subconsciente en ebullición y, en un régimen económico en el que los derechos de propiedad intelectual estén vigentes, esos productos del sueño pueden tener dueño.

Una empresa farmacéutica puede patentar una medicina concebida en su laboratorio y evitar así, al menos durante un cierto número de años, la competencia de forma que podríamos decir que es la dueña de esa medicina. Similarmente el autor de un poemario o de un cuadro puede considerar suyo esa colección de sueños siempre que esté protegida por el correspondiente copyright. A la patente y al copyright les llamamos formas de propiedad intelectual ya sea trate de ejercer ésta sobre una nueva forma de soldar o sobre un poemario o un cuadro. En ambos casos parecería que el inventor o el artista son dueños de su sueño (o de su materialización hablando propiamente) y de hecho estos soñadores se ponen de acuerdo con los de su oficio para que su propiedad intelectual sea defendida colectivamente.

Estamos tan acostumbrados a esta forma de propiedad que no nos damos cuenta de lo rara que es. ¿Por qué no puede el inventor vender su producto a quien lo desee sin reservarse el derecho a exigir que nadie lo use sin su permiso, bien costoso por cierto? Y ¿por qué no puede un pintor vender un cuadro con su firma sin tener derecho a participar en los posibles beneficios de un aficionado que lo haya copiado? La respuesta convencional hasta hace poco tiempo tiene su origen en el artículo de Keneth Arrow de 1962 en donde explicaba que estos derechos de propiedad son una forma de reconciliar el incentivo a crear y la conveniente difusión de la obra. Sin estos derechos tendríamos menos innovación y menos cultura. Si queremos aumentar la productividad mediante la innovación o si pensamos que cuanto más arte mejor para las relaciones sociales en nuestro entorno parece lógico admitir la propiedad intelectual convenientemente modulada tanto en su extensión en el tiempo como en el en conjunto de los bienes así protegidos. Y esta ha sido la regla desde hace tiempo pues esta propiedad intelectual ya se impuso en la Revolución Francesa y posteriormente, y como un ejemplo entre mil, se incluyó en la Constitución de los EE.UU. de América.

Sin embargo hace ya bastantes años que, por un lado, empiezan a documentarse excepciones empíricas a la presunta justificación de la existencia de los derechos de propiedad intelectual y que, por otro lado, se ha deducido un resultado teórico que en palabras de sus autores (Boldrin y Levine), traducidos y resumidos por el que firma esta entrada en La Economía en Porciones ,dice lo siguiente:

si la invención o idea creativa está incorporada en un producto ( lo que es siempre el caso) si la reproducción imitación o copia exigen una cierta formación intelectual o técnica que haga que la imitación nunca sea sin costes (lo que ocurre en general) y si hay límites a la capacidad de reproducción (lo que es bastante obvio en la mayoría de los casos) el valor descontado presente de las cuasi rentas que recibe el creador inicial en ausencia de copyrights o patentes es positivo…. y crece a medida que se reducen los costes de reproducción.

No nos preocupemos ahora por la noción de cuasi-rentas ni por la demostración, por otro lado sencilla, de este resultado y quedémonos con el cuento de que el creador, el que tiene sueños, no necesita ser dueño de sus sueños, no necesita protección regulatoria.

Pero la discusión sobre los derechos de propiedad intelectual no se acaba aquí. De hecho la cuestión se transforma y plantea otros problemas no menos interesantes. En efecto, una vez eliminadas las patentes y el copyright nos encontramos con unos bienes que tienen características de bienes comunales, como por ejemplo, el agua para el regadío o los pastos para la cría de ganado. No son simples bienes de propiedad privada de cuya asignación se encarga el mercado pues el dueño no puede garantizar su entrega en una cantidad pactada y el consumidor siempre espera poder acceder a ellos sin pagar nada. Un economista diría que estos bienes comunales están asociados a una externalidad en el sentido de que el mercado no puede asignarlos correctamente. Pero tampoco son bienes públicos que, como el aire digamos, pueden ser usados por todos en toda su extensión. Estos bienes comunales pueden agotarse con su uso ( lo que se llama La Tragedia del Comunal) y siempre hay alguna manera de racionar su consumo. Tanto los bienes públicos como los comunales introducen distorsiones en el correcto funcionamiento del mercado y en ambos casos pueden concebirse arreglos puestos en funcionamiento por alguna autoridad regulatoria que eliminan esas distorsiones. Pero aun así estos arreglos suelen necesitar financiación pública lo que, a su vez, puede generar otra externalidad.

Aunque no se suele mencionar, creo que ha llegado el momento de decir públicamente que lo mismo ocurre con las evaluaciones hoy tan en boga en muchos campos-más allá de los beauty contests y que esta similitud es un fruto indirecto de la consideración heterodoxa de la propiedad intelectual presentada aquí. Estas evaluaciones, en efecto, producen rankings no solo de científicos o de pensadores en general, sino también de los centros donde trabajan unos u otros, rankings más o menos respetables, elaborados por la sociometría y que, en cualquier caso, producen una externalidad con ciertas características posiblemente encomiables; pero también preocupante pues distorsionan los incentivos de las gentes a que sus sueños les guíen y los dirigen, por el contrario, hacia dónde va la gente que, con pocas excepciones, se deja dirigir por los propios rankings.

¿Cómo convertir esta tragedia en una comedia protagonizada por el software libre?

«Los sueños no tienen dueño» recibió 2 desde que se publicó el jueves 10 de septiembre de 2015 . Si te ha gustado este post quizá te gusten otros posts escritos por Juan Urrutia.

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  1. @juan es interesante la distorsión en objetivos que todo ranking produce. Entre otras cosas porque como decías el otro día, lo que innovará de verdad en el futuro nos resulta inesperado y los rankings como todos los sistemas de incentivos a la creación, sirven para «planificar la innovación», lo que es un oximoron y por tanto quiere decir realmente «evitarla o cuando menos sujetarla a un molde que no ponga en cuestión nada de lo existente». En ese sentido también hay un parecido interesante con la propiedad intelectual, pues la imposibilidad de crear libremente obras derivadas nos priva de grandes innovaciones que no podemos cuantificar, como demuestran los estudios sobre los resultados de patentar el genoma humano.

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