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Los intelectuales y los think-tanks

Este verano una amiga psicoanalista decí­a que qué mala suerte es ganar la guerra. Lo decí­a en el contexto de una discusión sobre la memoria histórica y hay que entender lo que querí­a decir. Según ella, que proviene de una familia que ganó la guerra y que no ve mérito alguno en recordar horrores pasados, la victoria priva de la capacidad de pensar. Y de ahí­ deducí­a ella la inquina de la derecha contra los intelectuales.

Y así­ es. Los conservadores odian a esos desarrapados que no entienden de las necesidades y exigencias de la economí­a o del imprescindible realismo de la polí­tica, que proclaman una especie de solidaridad que están muy lejos de ejercer de manera general y que, muy a menudo, es, además, contraproducente. Los que claman contra la guerra o la globalización, los que organizan conciertos solo aparentemente benéficos en favor de Africa, los que pretenden agitar conciencias o se levantan en el Foro de Davos para organizar in promptu una colecta son, todos ellos, parte de esa ralea de intelectuales que infecta el ambiente con su bazofia intelectual.

Pero resulta que, según se reconoce hoy por prácticamente todo el mundo, los think-tanks de la derecha americana son las únicas instituciones que generan ideas aprovechables. Y quienes en su seno las producen no dejan de ser intelectuales.

¿De qué habla pues la derecha cuando habla de intelectualidad? Como no sé la respuesta voy a ver si reflexiono un poco en alta voz o, más bien, en público.

En el pasado he tratado de distinguir entre un intelectual y un experto de una manera ambivalente como si yo no supiera lo que desearí­a ser. He reflexionado incluso sobre el mercado de intelectuales de los que hablaba Richard Posner. Pero si ahora vuelvo sobre el tema es porque el fenómeno de los think-tanks me parece novedoso, especialmente cuando parece que se da especialmente bien en ambientes conservadores.

Lo que pienso es que un intelectual como conciencia crí­tica de la sociedad es hoy a un experto que trabaja en un think-tank, lo que un académico es a un consultor. A un académico le interesa explorar lo desconocido y a un consultor manosear lo conocido. Los académicos como intelectuales no existen y su conversión en consultores, o en expertos acoplados a un think-tank ,se efectua de una manera muy lenta y enredosa, llena de traumas personales y culpas bien enroscadas en la psique.

La alternativa que se presenta a alguien al que le gusta sacar punta a las cosas, de esos que se rascan la sien izquierda con los dedos de la mano derecha, según dice otra persona cercana a mí­, es una alternativa diabólica. O bien renuncias a la presencia pública en aras de la independencia de pensamiento ( incluso bien financiada por programas públicos o privados) o bien te conviertes en un experto que hace consultorí­a ya sea para el sector público o para la empresa privada. En ninguno de las dos posibles maneras en que decidas zanjar la alternativa mantienes la independencia aunque es cierto que conservas un mayor grado de esa cosa en unos casos que en otros. Pero en todos hay demasiado en juego como para jugar el papel de intelectual público a la antigua como Sarte o sus imitadores.

Por lo tanto, o eres independiente y entonces haces lo que quieres y expresas sin ningún miedo tu opinión, o trabajas para un think-tank que, aunque se declare independiente, pretende empujar unas ideas o unos valores o una agenda o un proyecto o una manera de pensar determinados.

Los intelectuales solí­an escribir en los periódicos. Los expertos de hoy raramente lo hacen a no ser que escriban como expertos a menudo asociados a un think -tank. Son por lo tanto esta especie de lobbys más o menos encubiertos los que hoy manejan esas ideas que una vez hechas públicas controlan el mundo, según dirí­a, hoy más que nunca, un Keynes redivivo.

Asistimos por lo tanto a la eutanasia del intelectual, una actividad que endulza su muerte con una maquinaria sofisticada, que casi suena a bélica. Y no me parece mal. Me parece hasta bien esta manera clara que tienen hoy muchos gobiernos, Fundaciones o think-tanks de declarar lisa y llanamente que no quieren explorar lo desconocido; sino trabajar con la cabeza para que se imponga una forma de pensar deteminada. Me parce eficiente siempre que haya la suficiente competencia entre instituciones dedicadas a esta tarea de encauzar el pensamiento.

Sin embargo todo tiene un precio o al menos es lo que dicen los economistas.En este caso de proliferación de think-tanks el precio que pagamos es la independencia de criterio e incluso la identificación personal que se obtiene a través de la elaboración de un pensamiento tan propio como sea posible. Una forma paradójica de alejarnos del verdadero individualismo justamente en la era en la que más más se le canta. Hasta se empieza a tratar de contratra a freakies o weirdoes en las empresas para que enfoque los problemas de manera diferente y fresca. Vuelta al poder de los bufones.

«Los intelectuales y los think-tanks» recibió 0 desde que se publicó el Viernes 8 de Septiembre de 2006 . Si te ha gustado este post quizá te gusten otros posts escritos por Juan Urrutia.

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