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Lo malo de Bilbao es…

Bilbao estaba atrapado y quizá lo esté todavía (aunque espero que no) en un círculo vicioso que ha arruinado la alegría de no pocos conciudadanos. Bilbao no se atreve a confrontar un mundo verdaderamente intelectual precisamente por la falta secular de una Universidad y, en consecuencia, no apoya una Universidad de calidad por falta de una ambición intelectual asociada a un pensamiento abstracto al que se mira con recelo. A pesar de todo no tengo dudas de que un día Bloomsbury llegará a Bilbao.

Los intelectuales de mi aldea - Zubiaurre 1912-13Bilbao es mi patria, en ese sentido en el que un amante diría a su amada que ella es su única patria. Es algo que está más allá de nacionalismos y mucho más cercano al reconocimiento en uno mismo de las convenciones de un tiempo y un lugar determinados, pautas de conducta de las que uno no podría librarse ni aunque lo intentara, cosa que no está en mi mente. Y aun así no estoy del todo ciego y me doy cuenta de que son solo mis recuerdos infantiles los que hacen de mí un bilbaíno irredento pase lo que pase.

Más tarde creces, viajas y llega un momento en el que quisieras ser suizo o veneciano o incluso bávaro o austriaco teniendo en cuenta que por razones histórico-industriales, y en parte también familiares, ya eres bastante británico. Pero este es un caso bastante común en esta ciudad de mis amores y un ejemplo de este fenómeno era Isabel, cuyo obituario escribí con tristeza y veracidad hace pocos meses.

Nuestra común britanofilia se mostraba en muchas de nuestras conversaciones mientras paseábamos por cualquier sitio, pero especialmente por Salzburgo. Y una de esas conversaciones recurrentes comenzaba por la pregunta retórica de quiénes conformaban nuestro Bloomsbury bilbaíno, esa mezcla de afectos, competencia, gusto por las artes y pasión por el conocimiento que pueden considerarse como pilares de una vida interesante, en medio de una época incluso peor que la actual.

Pero, mucho me temo que el Bilbao en los 70/80 no era el Londres de las 20/30 y que nuestra ambición se vio frustrada a menudo. Ni tuvimos profesores como los de Cambridge, (véase G.E. Moore) ni nuestro entorno más inmediato era intelectualmente ambicioso, sino que estaba contaminado por el aspecto meramente pragmático de la ingeniería, ni el servicio público tenía nada de respetable.

En un mundo así los que habíamos viajado lo suficiente como para echar de menos Russell Square, Lady Ottoline Morrell y los demás, nos sentíamos un poco decepcionados especialmente si cualquier intento de elevar los estándares estaba encaminado a no llegar a ningún sitio. Como ejemplo de esto recuerdo ahora uno de mis mayores fracasos en materia de servicio público en los principios de los años 80 del pasado siglo.

Se trataba, en medio de mi sorprendente y breve decanato, de conmemorar el 25 aniversario de la instalación de la Facultad de Económicas de la Universidad de Valladoloid en los locales de lo que era y sigue siendo la Escuela de Comercio en la calle Elcano de Bilbao, hoy denominada Escuela Universitaria de Estudios Empresariales. Para ese momento esa Facultad de económicas ya pertenecía a la recientemente creada Universidad de Bilbao e inmediatamente, del País Vasco. Me sentía muy honrado de estar en medio del cambio desde un ambiente ingenieril exclusivamente hacia otro menos práctico y más abstracto y, desde luego, disfruté mucho planeando las festividades que marcarían la conmemoración del de ese aniversario. ¿Qué hacer además de un acto académico en el que presentaríamos un libro de ensayos escritos por los miembros de los distintos departamentos y que yo tuve el honor de prologar agradeciendo a todos los catedráticos que habían estado a la cabeza de la creación de la Facultad?

Había que hacer algo más pues era poco probable que ese libro de ensayos causara ningún impacto memorable, una estimación correcta ya que soy incapaz hoy de encontrar en la Red ni siquiera su referencia. Y lo único que se nos ocurría a mí y a mis colegas y amigos más cercanos estaba relacionado, ¿cómo no?, con Bloomsbury.

En primer lugar deberíamos traer a nuestra ciudad una muestra del Taller Omega para comparar su obra con Gaston y Daniela un signo eminente de nuestra ciudad. Esto podría ser además una muestra temprana de la colaboración entre la universidad y la sociedad que la sostiene. Desde luego el Museo de Bellas Artes, nuestro museo, aprovecharía la ocasión para traer a Bilbao una muestra de la obra de los artistas ingleses centrados en Bloomsbury y especialmente Duncan Grant.

Y, naturalmente, organizaríamos un congreso sobre Keynes con la presencia y dirección de Axel Leionhufvud, Herschel Grossman y otros que todavía estaban orgullosos de haber introducido en la academia la Macroeconomía del Desequilibrio. Los amigos más cercanos, otros patriotas bilbaínos, soñaron conmigo sobre el cambio copernicano que este aniversario iba a constituir y pronto se establecieron los contactos oportunos en el mundo del Arte y de la Economía.

Todo el mundo rebosaba entusiasmo y no parecía que el presupuesto se fuera a disparar dados los contactos personales con los responsables de las correspondientes instituciones inglesas. Pero la organización de los eventos necesitaba su tiempo y para cuando las cosas estaban maduras como para presentarlas ante lo que entonces era el Patronato de la UPV/EHU yo ya había saltado del decanato a caballo de mi impaciencia y falta de ductilidad. Todo se desmoronó como un castillo de naipes cuando el Patronato, hasta entonces entusiasta, se quitó líos de encima y lo dejó todo en manos del nuevo decanato. La decana renunció a todo, sospecho que con una sonrisa de complacencia ante el fracaso de estos recién llegados que no entienden nada de la idiosincrasia local.

Y termino contando que aquí está justamente mi desencanto y mi desesperación acerca de la existencia de un Bloomsbury bilbaíno. Bilbao estaba atrapado y quizá lo esté todavía (aunque espero que no) en un círculo vicioso que ha arruinado la alegría de no pocos conciudadanos. Bilbao no se atreve a confrontar un mundo verdaderamente intelectual precisamente por la falta secular de una Universidad y, en consecuencia, no apoya una Universidad de calidad por falta de una ambición intelectual asociada a un pensamiento abstracto al que se mira con recelo.

A pesar de todo no tengo dudas de que un día Bloomsbury llegará a Bilbao.

«Lo malo de Bilbao es…» recibió 9 desde que se publicó el martes 26 de noviembre de 2013 . Si te ha gustado este post quizá te gusten otros posts escritos por Juan Urrutia.

Comentarios recibidos en este post y unidos a la discusión global de todos a través de la Matriz, nuestro espacio conversacional.

  1. Creo que el problema de Bilbao es en ese sentido un problema de escalas, empeorado por el peso muerto de una cultura industrial sin futuro.

    Aparentemente es un círculo vicioso porque si no se forman masas críticas (en el doble sentido), los que habrían de conformar el núcleo o el entorno de ese Bloomsbury en la ría, se van. De hecho se fueron muchos y se irán aun más todavía.

    ¿La solución? Un camino de Santiago intelectual: crear la masa crítica a base de intelectuales nómadas, de «gente de paso». Mucha y cambiante. Eso que tu intentaste con el espalador de neutrones, que los políticos gustan llamar «atraer talento» o nosotros soñamos desde Bilbao Redes Abiertas… ¿Cómo conseguir que sea realidad? Pensemos y hagamos!

  2. Fernando dice:

    Me gusta el concepto “Camino de Santiago Intelectual”. Intuyo que eso es lo que está tratando de hacer Zaragoza con la puesta en marcha del centro eTOPÍA.

  3. Recuperemos ese espíritu y hagamos nuestro evento de charlas “Una Vida Interesante”, acompañadas de un par de lindas exposiciones.
    Inundemos al que se deje inundar de un poco de novedad de la de principios del siglo pasado como forma de abordar esto que ya empieza a adivinarse como un remanido futuro.

  4. Juan Urrutia dice:

    El nomadismo me parece una idea estupenda. Los de Bloomsbury serían hoy nómadas. solo recalarían en londres pra ponerse al día de lasaventuras interesantes de los amigos. pero hace falta una Lady ottoline Morrell.

  5. Ester dice:

    Yo voto porque estas reuniones mantengan ese espíritu “doméstico” que tenía Bloomsbury, reuniéndose de casa en casa, lo que me recuerda a las puertas abiertas que reseñaba Caro hace poco.

    Podemos ir buscando anfitriones por aquí en el sureste también, sería genial!

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