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LAUDATIO

NOTA:

Adjunto el texto de la laudatio que pronuncié en el acto de entrega de la medalla del oro de la Universidad Carlos III de Madrid el pasado día 27 de Septiembte a Javier Solana

TEXTO

Querido Javier: déjame dirigirme a ti con la sencillez que la ausencia de traje académico persigue y permite y a pesar de que la mera enumeración de algunas de tus encarnaciones anteriores me impulsaría en principio a protegerme con un ropaje diseñado para dignificar el saber y disimular inseguridades.

No es fácil, efectivamente, glosar tu figura polifacética que pasa, más o menos en orden, por la educación esmerada propia de esa clase madrileña que supo mantener la inteligencia y la cultura en tiempos oscuros, por la rebeldía universitaria que te proporcionó tu primer título honorífico como expedientado, por tu doctorado en física en los EE.UU de América, por la cátedra, por la renovación del Partido Socialista del interior, por una carrera política que te hizo pasar por varios ministerios en los gobiernos de Felipe González y por tu paso a un cierto “exilio” alejado de la política nacional e inmerso en cuestiones de seguridad y defensa en la OTAN y en la UE, para finalmente regresar a casa, convertido ya en un hombre universal y asociado a un ingente número de instituciones todas ellas con objetivos conducentes a entender la geopolítica y a diseñar la gobernaza de ese mundo global.

Como yo no podría glosar con una cierta autoridad todas ellas me limitaré a rozarlas con la finalidad expresa y no disimulada entre los pliegues del traje académico, de utilizarte una vez más como ya lo hice sin recato alguno en aquellos primeros años de esta universidad Carlos III que comenzó su andadura siendo tu Ministro de Educación y Ciencia. No suena muy bien esto de “utilizar” a alguien y menos a una persona a la que se quiere honrar, pero la aspereza de tal palabreja se suaviza si añado que la intención de esta institución que hoy me encarga tu Laudatio y que yo comparto y debo expresar, es contar contigo, una vez más, para marchar en pos de algo que creo saber que compartimos: no dejar pasar ni una sola ocasión de mejorar las cosas, en esta caso universitarias y científicas y no a partir de un limbo teórico, sino desde la situación presente con todas sus dificultades. Hacerlo pues “a tratado constante” como tu dirías refiriéndote a Europa a sabiendas que solo así, solo a base de crisis, podremos dar un salto a mejor, tanto en general como desde este presente tan poco reconfortante, creando las instituciones europeas y globales que sabemos necesarias pero no estamos seguros de cómo articular.

Pero la mera utilización sería mezquina si no viniera acompañada de un homenaje a quien supo abrir las puertas a muchas novedades y, liberalmente, dejó a los demás que las traspasaran o no según su criterio. Ustedes sabrán disculparme si no soy capaz de relatar los méritos de Javier Solana sin difuminarme en el fondo de la imagen, pero es que mi primer contacto con él y con su entorno es revelador de su manera de ser, sobre todo amable aunque dura, sin llegar a amenazante, cuando le toca irritarse. Miren ustedes, mira Javier, yo nunca hubiera aceptado la invitación de tu Secretario de Estado, Juan Rojo, si no hubierais respondido afirmativamente y con total naturalidad a todas las peticiones extravagantes que exigí y que pensaba serían, por inasumibles, una gran coartada para no abandonar mi querida Euskadi y si no hubierais ablandado mis reticencias de niño mimado sin propinarme esa buena reprimenda que mi actitud me había ganado sobradamente.

En seguida me alegré de haber mostrado una cierta docilidad pues la experiencia de aquella Comisión Gestora de la Carlos III presidida por quien luego fue su primer Rector electo, Gregorio Peces Barba, fue inolvidable justamente por satisfactoria. En la rama de Economía, así en general, única de la que yo puedo hablar con un cierto conocimiento de causa, aquellas concesiones del Ministerio fueron fundamentales no sólo para la atracción temprana de los mejores, sino también para crear un espíritu de competencia fraternal que creo permeó a otras ramas y contribuyó a hacer de este centro universitario de Madrid en el que hoy nos encontramos uno de los mejores centros de Europa y desde luego uno que no se arredrará frente a la posibilidad de atravesar ciertos umbrales de ciertas puertas que seguirán abriéndose y que permiten soñar con desarrollos inesperados.

Como estás barruntando ya me estoy escorando hacia la utilización de tu posición, de tu experiencia acumulada y de tus conocimientos, pero no toca todavía, no antes ciertamente de que explique, más allá de la enumeración ya realizada, algunos de los méritos que, en mi opinión, avalan la concesión a tu persona de la medalla de oro de la Universidad Carlos III de Madrid.

Bastaría, pienso, con el hecho ya reseñado de que tu, Javier, abriste muchas puertas y ventanas al aire fresco que bien sabías que por allí rondaba. Pero lo realmente llamativo es que tu peripecia vital te ha convertido en une español universal de esos pocos que son alguien en el mundo más allá de esas fronteras tantos años cerradas. Repasémosla sucinta y esquemáticamente.

Comenzaste por ser expedientado cuando había que serlo, a principios de los años sesenta y una década más tarde te largaste a la Universidad de Virginia en los EE.UU. de América para convertirte en doctor en física bajo la dirección de D. Nicolás Cabrera, hijo de D. Blas. Tus amigos físicos me explican tu primera aportación científica, y que a mí se me antoja premonitoria, de la siguiente manera. En distintos sistemas físicos hay un estado fundamental en el que no pasa nada, dicho sea entre comillas. Pero a partir de una temperatura crítica, ese sistema físico se excita y sobre su estado fundamental surgen unas excitaciones elementales que hay que saber caracterizar. En el caso de un sistema físico no viscoso-el helio superfluído- el aumento de temperatura acaba generando unas excitaciones elementales que se llaman rotones y que, como Javier Solana demostró, toman valores cuánticos, interaccionan entre ellos y vienen en pares.

A la vuelta de los EE.UU. te incorporaste a la UA de Madrid y pudiste haber hecho una brillante carrera académica comenzando por ganar la cátedra de la Complutense. Pero a partir de ahí, con trenca y moto, te convertiste en un icono de la izquierda en la transición, pero no solo un icono pues ya sabías que aunque el estado fundamental de aquel sistema seguía allí, había que aprovechar sus excitaciones elementales para cambiar las cosas en una dirección que sería más fácil de reconocer si sabemos que las excitaciones producen cambios cuánticos difíciles de ocultar así como interacciones entre ellos.

Que comenzaras tu carrera política en el 82 como ministro de Cultura no es de extrañar o al menos a mí no me extraña puesto que la cultura en general pertenecía al acervo de tu entorno familiar, esa “inteligentzia madrileña” que supo refugiarse en buenos colegios que conservaban huellas de la situación cultural de la República, la cultura científica te venía de tus progenitores y la cultura política de al menos una generación anterior como muestra el exilado eximio Salvador de Madariaga, tío abuelo tuyo. Añadiste a esa carga, pues carga es la cultura demasiado a menudo en esta tierra inhóspita, la de la portavocía del Gobierno, una buena elección de Felipe González, para a continuación llegar a Educación y Ciencia (justo cuando se gestaban desde la Comunidad de Madrid de Leguina los planes de esa universidad del sur que sería finalmente la Carlos III). En el 92, coincidiendo con una crisis económica seria que aquel físico metido a gestor máximo de la Ciencia quería entender bien (para lo que nos reunía esporadicamente a alberto Lafuente y a mí en el Hotel Suecia) te ocupaste de Exteriores lo que no era sino un entrenamiento para algo que te iba a caer encima: cuatro años de Secretario General de la OTAN y otros diez como Alto Representante del Consejo para la Política Exterior y de Seguridad en la UE.

El “exilio” otra vez; pero no uno de esos exilios que uno se ve forzado a asumir so pena de tener que pasarlo todavía peor, sino uno de esos otros “exilios” que proporcionan la distancia suficiente como para entender bien tu propio país o, como decía Nietzsche- citado por Albert Camus en el elogio que dedica a D. Salvador de Madariaga-un exilio necesario “para poder decir la verdad”.

Y no debió de ser fácil “decir la verdad”, por muchas vueltas filosóficas que le demos a esa expresión, en unos años conflictivos para Europa y para le definición de la toma de posición oficial sobre ellos. En el bonito libro en el que Bassets recoge vuestras largas conversaciones y nos regala un recordatorio rico de los acontecimientos, se detallan todas tus peripecias que, aveces, debieron ser amargas y sobre las cuales no nos ahorra detalles. Entre todas estas peripecias destaca el inmenso lío de los Balcanes que todavía colea y, sobre todo, los bombardeos de la OTAN para frenar el horror de Kosovo. Hay un toque en tus respuestas que me parece especialmente significativo y que como tal destaca Bassets desde el mismo prólogo:”Uno de los momentos más difíciles en la trayectoria de Solana (fue) cuando el secretario general de la OTAN tuvo que aplicar la decisión del Consejo Atlántico que ordenaba el bombardeo de la Serbia de Milosevic para frenar el genocidio. La derrota serbia y la independencia de Kosovo no hubieran sido posibles sin Joschka Fischer en el Ministerio de exteriores alemán, Tony Blair en Downing Street, Bill Clinton en la Casa Blanca, Bernard Kouchner….como primer administrador de las Naciones Unidas para Kosovo y Solana al frente de la OTAN: todos ellos jóvenes manifestantes contra la guerra de Vietnam en los años sesenta”. Lo tuviste que pasar mal, pero si todavía necesitas consuelo déjame decirte que conozco a alguien que bendecía la hora en que naciste cuando los aviones comenzaron a rugir.

Ahora que buena parte de nuestro mundo occidental reniega de aquellos años finales de los sesenta, es bueno recordar que los que empujaron la decisión de bombardear la barbarie, decisión por la que mi amigo te bendecía, pertenecían a una misma generación de sesentayochistas que seguramente, sin conocerse entre ellos y probablemente todos ellos desde la Universidad, salieron al aire libre del Campus o interrumpieron sus trabajos de investigación para protestar por la invasión de Cambodya.

Solo han pasado veinte años largos desde que ocurrieron algunas de las anécdotas que han ido jalonando esta Laudatio. Me parece claro que nos quedan otros veinte años, cortos esta vez, para retomar el espíritu pionero que inspiró a una generación que estábamos en los veintes cuando parecía que todo era posible en Berckeley, Berlín, Praga o París y, en plenitud de sabiduría y experiencia, abordar un proyecto imbatible , como siempre “a tratado constante” pero conociendo ya muchos de los resortes que permiten obtener excitaciones elementales.

Pienso que un madrileño como tu que no olvida sus otros orígenes y que perteneció y pertenece a esa clase social llena de inteligencia y herencia cultural que sobrevivió minoritariamente en Madrid y que supo mostrarla ante quienes no creíamos que existiera en esta meseta carpetovetónica, es alguien que puede, y posiblemente quiere dejar una huella más, una que no sea menos universal que las que ya ha dejado.Tu Javier sabes como nadie que vivimos en un mundo lleno de riesgos globales singularizados y caracterizados por los autores que Daniel Innerarity y tu habéis seleccionado en un libro de reciente publicación. Y también sabes que estos riesgos globales tienen mucho de incertidumbre no probabilizable pero no necesariamente opaca. El mundo necesita ya iluminar zonas oscuras inexploradas que no pueden entenderse aisladamente sino únicamente como partes de un sistema cuya complejidad estamos todavía lejos de imaginar. Y, además, creo que ninguna rama del conocimiento aislada- ni siquiera la física- podrá llegar a acercarse a su descripción. Solo cruzando inteligentemente grandes bloques de conocimientos podremos soñar con descubrir el zeitgeist presente sin eufemismos y con cierta clarividencia. Pues bien la Universidad Carlos III tiene buenos investigadores y pensadores en las ramas principales para esta aventura que te estoy presentando a tí y a todos ustedes y que puede llegar a conformar un centro de reflexión permanente transdisciplinar que se convierta en una referencia obligada. Decíamos hace bastantes años, en un artículo de El País, María Emilia Casas (ex Presidenta del tribunal Constitucional), Daniel Peña (el Rector que nos preside) y yo mismo que Madrid debería ser un distrito abierto. Ahora podemos hacerlo. Porque hace falta y muchos lo saben y porque es factible especialmente si tu te apoyas la iniciativa como una persona a la que aplica estas palabreas que Saint John Perse dedicó a Salvador de Madariaga: “Tu tiendes a la universalidad y tu exilio no ha hecho sino acrecentar ese apartado de tu espíritu”

Termino volviendo a un plano más cercano que me permite dirigirme de nuevo al amigo resumiendo o dando publicidad a un par de cosa más que nunca olvidaré de aquella relación fluida de aquellos primeros años noventa.

Tu me enseñaste Javier que las cosas buenas o importantes se pueden hacer aunque parezcan imposibles y se pueden hacer con la ley en la mano sin tratar de cubrirse alegando dificultades inexistentes. Y se pueden hacer sin ruido, como quien no quiere la cosa. Pensemos en los sexenios de investigación,un toque maestro que cambió la universidad por lo que en vez de gallifantes podrían muy bien llamarse, con todo respeto, solanitos. Esta actitud general y tu cercanía hizo de esta aventura de la Carlos III algo accesible, pero también algo divertido al menos para mí. Me introdujiste en aquel club especial, que manejado por tus amigos M.A. Aguilar y M. Muñiz, me permitió exponer con libertad mis opiniones no siempre convencionales sobre bancos centrales a una audiencia en la que recuerdo al actual Gobernador del Banco de España quien me recomendó no decir ciertas cosas en según que foros. Debí hacerle más caso.

Jamás en todas aquellas aventuras eché de menos una sonrisa o un gesto de apoyo. Parecía que todo era posible si era bueno y estaba bien pensado, sin reticencias o miedos o falsa prudencia. Pero también pude ver como eras de firme ante un intento de alguna institución educativa que pretendía sacar tajada aprovechada.

Estas notas finales me hacen pensar lo bien que te encaja esta frase de Saint John Perse una vez más dedicada a tu tío abuelo quien “enarbolando bien alto, contra toda abdicación, ese bello liberalismo del espíritu…nos proporciona una lección magistral de integridad humana”.

A mi juicio basta este rasgo de carácter para darte las gracias mediante la entrega de la medalla de oro de esta Universidad.

«LAUDATIO» recibió 1 desde que se publicó el miércoles 5 de octubre de 2011 . Si te ha gustado este post quizá te gusten otros posts escritos por Juan Urrutia.

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  1. David dice:

    Clap! Clap! Clap! Bravo!!

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