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Las miserias de la ciencia

En estos días se han planteado dos problemas que me llevan a hablar de las pequeñas miserias de la ciencia. No me quiero referir a que debería quizá haber un código deontológico que prohibiera el uso de ciertos descubrimientos. Y no me refiero a ello porque no tengo forma de creerme la necesidad de ese presuntamente deseable código. Me refiero a que la ciencia, a pesar de toda nuestra admiración por ella, no consigue zanjar todas las cuestiones, algo que deberíamos saber antes de apelar a ella en un intento de remedo del Gott mit uns tan espantosamente trágico.

Está el cambo climático para empezar. No simpatizaba con quienes lo relativizan, me guste o no la palabra negacionismo para escribir su actitud. Pero esta inclinación mía era anterior a leer un artículo sobre la posición de Freeman Dyson en el IHT. Tengo tanta admiración a este viejo científico que estoy inmediatamente inclinado a seguir su argumentación como he seguido durante años su visión de Atenas y Manchester contenida en su libro Infinite in all Direcctions.

Básicamente lo que arguye Dyson es que el irreversible y letal cambio climático está en los modelos utilizados pero no necesariamente en la realidad. Y da ideas que aquí son irrelevantes. Lo que me interesa es el contraste entre su opinión y la de Hansen, el mayor defensor científico de la certeza del calentamiento global. Comparen.

Dice Dyson:

“It’s always possible Hansen could turn out to be right,” he says of the climate scientist. “If what he says were obviously wrong, he wouldn’t have achieved what he has. But Hansen has turned his science into ideology. He’s a very persuasive fellow and has the air of knowing everything. He has all the credentials. I have none. I don’t have a Ph.D. He’s published hundreds of papers on climate. I haven’t.

“By the public standard, he’s qualified to talk, and I’m not. But I do because I think I’m right. I think I have a broad view of the subject, which Hansen does not. I think it’s true my career doesn’t depend on it, whereas his does. I never claim to be an expert on climate. I think it’s more a matter of judgment than knowledge.”

Contesta Hansen:

“There are bigger fish to fry than Freeman Dyson,” who “doesn’t know what he’s talking about.” In an e-mail message, he adds that his own concern about global warming is not based only on models, and that while he respects the “open-mindedness” of Mr. Dyson, “if he is going to wander into something with major consequences for humanity and other life on the planet, then he should first do his homework — which he obviously has not done on global warming.”

Digamos que aquí está en juego dos maneras de saber y de estar en el mundo. Ni uno ni otro carecen de ego; pero mientras en el viejo sabio hay una bohonomía socarrona, en el jóven agresivo lo que se detecta es un autoritarismo paternalista.

Y es justamente este contraste el que también está en juego en el segundo caso de inconclusividad de la ciencia del que quería escribir. Se trata del nacimiento del ser humano como tal, un asunto que surge impertinente en cuanto abordamos la cuestión del aborto. Pensemos en la última reacción de parte de la sociedad española respecto a la propuesta para una modificación de lavigente Ley del Aborto. Unos cuantos científicos junto con otros operadores sociales firman un manifiesto provida y otro grupito de científicos sin compañeros de viaje les replican justamente que están usando el nombre de la ciencia en vano.

La ciencia en efecto solo podría decir si y cuando el embrión como conjunto de células es viable en su camino a devenir otro conjunto de células que algunos llaman ser humano. Pero no puede decir si ese último conjunto de células es o no es un ser humano.

He ahí lo que yo llamaría un límite para la ciencia, una de esas barreras que uno no imagina que puedan ser saltadas alguna vez y que, por lo tanto pueden ser calificadas de miseria. Pero entonces me encuentro con la opinión de Juaristi en su artícuo dominical en el ABC en el que fija las coordenadas del problema:

como no podemos vivir en comunidad sin una cierta idea de lo humano, y dado que los científicos eluden el problema por tratarse de una cuestión metafísica, se encomienda tácitamente su definición al poder político

¿A qué otro lado podríamos acudir en busca de la luz? Yo no lo sé pero no me atrevería a concluir lo que afirma Jon Juaristi a continuación:

Partimos del supuesto de que una mayoría electoral legitima a cualquier imbécil para decidir sobre cuándo y cómo una vida adquiere la condición de humana.

Nada que añadir a lo de la imbecilidad; pero ¿qué otra cosa cabe para este menester que sea distinta a la del poder político más o menos ponderado? Cabe por supuesto no hablar de ello y si utilizáramos ese expediente escapista quizá evitáramos la conclusión apocalíptica de Juaristi:

Esta invasión por las convenciones democráticas del único ámbito sagrado que nos quedaba redondea la victoria del totalitarismo

Y es a partir de esta frase cuando las dos cuestiones planteadas en este post convergen. Supongo que tan sagrado es el ámbito del comienzo de un ser humano como la amenaza de destrucción de miles de millones de ellos. Y es bien importante llamar la atención sobre el peligro totalitario que se cierne si pensamos que se pueden zanjar con algún tipo de autoridad cuestiones científicamente abiertas. Pero la única alternativa a las aparentemente despreciables convenciones democráticas sería a su vez una alternativa. O bien no hacer nada y dejar que las cosas sigan su curso (de la misma forma que gente informada piensa que se debería consentir en el caso e la crisis económico-financiera) o bien hacer lo que nos diga un grupo de escogidos que, con lenguas de fuego sobre su cabeza, decidirían por iluminación lo más adecuado para cubrir la falta de certeza científica.

Yo ya sé lo que prefiero. ¿Y usted?

«Las miserias de la ciencia» recibió 5 desde que se publicó el Lunes 30 de Marzo de 2009 dentro de la serie «~» . Si te ha gustado este post quizá te gusten otros posts escritos por Juan Urrutia.

Comentarios recibidos en este post y unidos a la discusión global de todos a través de la Matriz, nuestro espacio conversacional.

  1. Apreciado Sr. Juan

    Obviamente, también se puede optar por mirar para otro lado y dejar que los gobernantes utilicen a los científicos en secreto de espaldas a la sociedad, como ya sabemos sucede, además de la inacción y/o dejar correr a ver qué pasa. No me atrevo a insertar aquí mi comentario al respecto, si bien me complace ponerlo a su disposición si lo considera conveniente. Reciba un cordial saludo. Juan Bernardo

    http://montejb.blogspot.com/2009/03/compromiso-provisional-de-la-ciencia.html

  2. kueli dice:

    Vale, Juan. Yo también prefiero lo que tú prefieres. Pero si no sabemos qué hacer, ¿por qué tenemos que elegir no hacer nada? Ante la ignorancia cualquier acción es igual de recomendable. Podríamos elegir entre las diversas opciones al azar. O elegir nosotros a los “escogidos”. O todavía mejor, elegir la opción con los menores costes en el caso en que resultara ser la opción equivocada.

    Y, ya puestos, por favor dile de mi parte a Romero Hicks que tenga la bondad de terminar sus historias. ¿Qué pasó con la chica del domingo? ¿Le llamó o no le llamó? Y ¿para cuándo es el resto de la novela del diplomático en El Cairo?

  3. Juan Urrutia dice:

    Todas tus opciones son válidas o, en cualquier caso, más válidas que ocultarse entre las flores de la ciencia. Ahora mismo me pongo en cotacto con Romero Hicks para expresarle tu deseo , y el mío, de saber mas de la chica de la grappa.

  4. Juan Urrutia dice:

    Como ves querido Juan Bernardo, sí considero conveniente dejar constancia de tu comentario.

  5. No recuerdo quién dijo, leemos para saber que no estamos sólos. Sentir el aprecio, reconocimiento y agradecimiento de los demás, son de las pocas cuestiones esenciales que ayudan a sobre llevar la precaria existencia. Gracias Juan Urrutia por compartir tu sabiduría y escaso tiempo.

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