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Las meriendas intelectuales

Se trataba de conquistar a esta mujer sin duda alguna. Tendría que presentarme a mí mismo como un idealista que vivía del erario público y que nunca había sabido lo que era trabajar o lo que realmente costaban las cosas.

Bilbao 1970La primera vez acompañé al entonces Decano de la Facultad de Económicas y Empresariales sin saber para qué me quería allí, en una casa de ricos en donde la presencia de gente del claustro de la tradicional universidad privada de la Ciudad hubiera resultado más adecuada, tanto por los temas de las charlas, mucho más cercanos a lo que se llamaban valores, como por la vestimenta de los presentadores de esos temas que sin duda nunca habría llegado a ser de tan mal gusto como la de mi Decano. Pronto en la tarde caí en la cuenta de cual era mi papel en aquellas reuniones pretendidamente cultas. No se trataba de mi mayor elegancia, pues creo recordar que estaba usando trajes viejos de mi padre adaptados a mis medidas por un sastre de confianza y que yo aprovechaba sin atención alguna a lo que exigía la época del año. De lo que se trataba era de hacer propaganda de la Universidad Pública para conseguir estudiantes que no necesitaran beca y de hacerlo mediante la miel de una cierta apertura a valores menos pacatos, algo que las señoras demandaban sin saber muy bien lo que querían.

Mi papel era mostrar en público un ejemplo de una persona joven que no solo estaba bien formada académicamente, sino que además podía ingenuamente hacer preguntas que dirigían la conversación no tanto hacia el porvenir de unos hijos todavía en el jardín de la infancia, sino hacia las formas de alcanzar lo que por entonces se empezaba a llamar «autenticidad» como una forma de individualidad con mayor trastienda. Es fácil imaginar lo difícil que era captar este cambio de época en un hogar que, a pesar del paso del tiempo, seguía siendo tradicional en el sentido de que los maridos, una vez aprovechada su formación de gestores empresariales o de inteligentes ingenieros, estaban a lo suyo para continuar con la empresa familiar y transformarla para que siguiera siendo el estandarte de un dueño, y en donde las esposas tenían tiempo libre gracias a la ayuda de un servicio doméstico no solo eficaz sino también bien parecido, como no pude menos de constatar.

Claro que en principio estaba allí para acompañar al Decano en su explicación de los posibles efectos de una crisis del petróleo que amenazaba con empobrecernos a todos, y a la que esta gente le tenía mucho miedo a pesar de que eran estas familias ricas las que habían trabajado con visión en el inicio de la puesta en marcha de las centrales hidráulicas. Pero también era claro para mí que aquellas jóvenes madres que eran de mi edad y podrían ser hijas del Decanon buscaban algo más que pusiera sal y pimienta en el guiso de lo que temían podía ser el resto de su vida.

No sé cómo ni por qué salí de aquella primera asistencia mía a aquellas meriendas intelectuales como el embajador de la universidad en la que trabajaba ante esa alta sociedad, que por primera vez en la Ciudad parecía preguntarse si un poco de pensamiento abstracto no sería garantía de seguir siendo alta sociedad al barato precio de sandwiches de pepino y té importado con leche o limón una vez al mes. Mi misión era elaborar un listado de temas interesantes, con sus correspondientes ponentes extraídos de entre mis colegas y que cubrieran los nueve meses de lo que por aquel entonces era el curso académico. Traté de cumplir y convoqué la reunión del siguiente mes alrededor del asunto de la división del trabajo, un asunto que, suponía yo, podría poner en juego las ocultas ambiciones de mis nuevas amigas y del que me parecía yo podría hablar un poco en direcciones poco habituales, más allá de la manida ventaja comparativa y más cerca de la idea de reparto de trabajo en el hogar como ejemplo transgresor de una cierta ventaja social de no llevar la división del trabajo hasta límites absurdos, límites estos que eran los que explicaban que los hombres de aquellas mansiones no acudieran a la cita mensual.

En esta primera reunión, para mí sorprendente, no me atreví a pedir un martini, aunque odio el té y el pepino —con lo que va bien es justamente con la ginebra— pero sí que me hice el propósito firme de romper el rito del té para abrir las mentes y las sensibilidades hacia otras latitudes. Tendría que encontrar una manera de hacerlo que no desentonara con mi compromiso de explicar con cuidado lo que estaba por debajo de la manera de organizar la economía y con una terminología más actual que la que, en esa materia, quedaba todavía de la herencia falangista. Y tenía incentivos a hacerlo porque, aunque Esperanza y yo no nos dimos por conocidos oficialmente después de veinte años de no saber nada el uno del otro, algunas miradas cazadas al vuelo me hizo pensar que ella, como yo, sabía con quién estaba hablando, lo que me dio valor para dirigirme a ella, que resultó ser la dueña de la casa, en el momento de la despedida haciendo referencia a una lejana infancia que ahora parecía ya de otro tiempo:

Te llamas Juan ¿no?

dijo ella como emitiendo una señal de reconocimiento. Me quedé pensando unos quince segundos y contesté:

No Esperanza, me llamo Jon

La suerte estaba echada y las cuatro próximas semanas iban a estar dedicadas no a Adam Smith sino al diseño de una estrategia casi cinegética. Se trataba de conquistar a esta mujer sin duda alguna, pero también sin ninguna intención particular, pues yo era todavía tan joven que pensaba que el estar casado y cuidar a un hijo me convertía ya en un viejo que no soñaba en serlo verde. Aunque, en fin, tampoco cerraba la puerta a nada si ese algo que pudiera surgir llegaba como consecuencia de una seducción intelectual que pusiera en tela de juicio algunas de sus supuestas convicciones tanto más defendidas cuanto menos creíbles eran. Y es aquí naturalmente donde entraba mi crítica de la división del trabajo como una forma de alienación en la producción con márgenes crecientes que hacían imposible plantearse la puesta en funcionamiento del paraíso comunista tal como lo describió Marx y no, desde luego, tal como lo impuso el «padrecito» Stalin. Pero para explicar esto yo debería ser muy delicado, pues trataba de diferenciarme de sus maridos, a los que desconocía, pero a los que podía imaginar sin miedo a equivocarme por mucho.

Tendría que presentarme a mí mismo como un idealista que vivía del erario público y que nunca había sabido lo que era trabajar o lo que realmente costaban las cosas. Dudé cómo hacerlo, pero la estrategia se fue perfilando sola. Tendría que comenzar con algún gesto teatral que dirigiera su mente a donde yo la quería, ese lugar recóndito de lo auténtico que nunca se ha asociado con las mujeres y que, sin embargo, tenía que estar allí dentro de su alma casi olvidada por la evidencia del cuerpo. Y a partir de ahí, contar que no tiene sentido el saber para trabajar sino que nuestro verdadero destino, el que nos tatuó el ángel que nos expulsó del paraíso, era justo lo contrario: trabajar para poder llegar a saber algo que nos resulte estimulante como, por ejemplo, lo que comunica la poesía de la Emily Dickinson. No tenía duda que tenía que terminar recitando una de sus poesías y creí saber que la adecuada era esta, quizá la más conocida:

I’m nobody! Who are you?
Are you nobody, too?
Then there’s a pair of us — don’t tell!
They’d banish — you know!

How dreary to be somebody!
How public like a frog
To tell one’s name the livelong day
To an admiring bog!

Este poemilla también podría servir como acto teatral inicial, pero prefería algo más físico para alterarles el pulso desde el principio. Recordé mi estancia en el Esalem Institute de Big Sur y decidí jugármela pidiendo a cada una de la asistentes, que no creía yo pasarían de seis o siete, ponerse frente a mí a una distancia suficiente para que mi gesto de empujarles suavemente con mi dedo índice derecho en el comienzo del escote no se malentendiera y pudiera evidenciar quién tambaleaba y quien no. Les explicaré el experimento, y muy serio les anunciaré mi intención:

La que lo consiga será mi ayudante en cada sesión de estos maravillosos tés que cambiarán la Ciudad sea quien sea el presentador del día. Junto conmigo y sin que él lo sepa, le interrogaremos suavemente y sabremos cómo de verdadero ha sido lo que nos ha contado, si era una simple repetición de algo de libro de texto o si, quizás, ahí, en sus palabras, nos entregaba su ser.

Puesto que creía estar seguro de que me conocía más de lo que dejaba traslucir, esperaba que fuera Esperanza la que mantuviera su posición sin tambalearse. Pero quizá debería yo asegurarme de esto quedando con ella unos días antes de la siguiente sesión en la que yo llevaría a cabo ese plan que cada minuto me parecía más genial. Además del poemilla, que leeré con mi mejor acento dublinés, les citaré para la próxima sesión y chillaré un Aufwiedersehen añadiendo que, como no confío en su conocimiento del alemán, se lo diré de otra manera dirigida específicamente a ella:

Aurevoir Espoire

«Las meriendas intelectuales» recibió 0 desde que se publicó el Domingo 6 de Julio de 2014 . Si te ha gustado este post quizá te gusten otros posts escritos por Juan Urrutia.

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