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Las luces

Es más, a menudo se dejaba ganar por experimentar, además de su propio sentido del honor, que cada vez se mostraba más inexistente, el extraño orgullo del ganador, una reacción que cada vez le parecía más curiosa por su incapacidad de comprenderla.

remolcador1El chiquillo de la margen izquierda continuó pasando los largos veranos en la margen derecha en una casita de aquellas de arquitectura local, sita justo detrás de una iglesia muy frecuentada, y desde la que se divisaba una preciosa vista del Abra. Era una casita de dos plant,as la segunda de las cuales era ocupada por la familia de este chiquillo durante más de tres meses, desde San Pedro y San Pablo, a finales de junio, hasta el día de la hispanidad, último día de las vacaciones escolares. Aunque seguía paseándose por la playa y acercándose hacia el área que ocupa el toldo de la familia de Esperanza, comenzó a desarrollar sus propias amistades, que acabaron conformando un grupo de verano no necesariamente relacionado con su grupo de invierno, entendiendo por tal el que se fue formando entre compañeros de curso. Quizá podría haberse esperado una cierta quiebra psíquica a raíz de esta brecha en la formación del sentido colectivo, pero nada parecía afectar a la psique de este chiquillo que, desde muy pequeño, consiguió hacer siempre lo que le dio la gana bajo la mirada ciega de la señorita Carmen que, en complicidad con la madre de Jon, trabajaba por las elaciones de éste a través de su contacto con otras misses, fräuleins o mademoiselles que cuidaban de los hijos de familias acomodadas que no solo deseaban que sus hijos supieran desde pequeños el correspondiente idioma, sino que además pretendían alardear de señorío y capacidad económica. Ni siquiera pareció notar un cambio bastante brusco en las rutinas veraniegas cuando por primera vez el padre de Jon confesó que el Parkinson le impedía viajar todos los días entre el centro de la Ciudad y esta zona de la margen derecha y la madre organizó a las hijas e hijo en una pensión no lejana a la casita bajo la supervisión general de la señorita Carmen. Los planes de entretenimiento seguían siendo los mismos, playa, tenis de tarde y bicicleta, pero ya no tenía forma Jon de corresponder a las invitaciones a las casas de verano de amigos de los de este estío tan largo. Seguramente eso destapaba las diferencias sociales y económicas y tuvo que hacer mella, no tanto en Jon, sino en su madre, que si bien supo poner por delante de todo la obligación prioritaria de cuidar al marido, debió sentirse frustrada en su estrategia de colocación de sus hijos a pesar de la resistencia pasiva de ese marido desde ahora ya definitivamente alejado del mundo. Pero Jon parecía no enterarse de esas cosas, siempre concentrado en coger olas, ganar al tenis justo después de comer antes de que los chicos y chicas mayores reclamaran la pista ya reservada a su nombre o batallar en la bicicleta en las carreras organizadas a media tarde. No fue la rebaja de status que representaba la pensión, sino la negativa de sus padres de comprarle una bici con motor, lo que por primera vez le hizo pensar a Jon que igual no todos eran iguales y que había por esa margen derecha chicos y chicas muy distintos unos de otros en sus costumbres familiares o en sus valores o en sus posibilidades económicas.

Fueron unos cuantos años que conformaron un rasgo peculiar de Jon, un rasgo que quizá es muy común pero que no siempre tiene el mismo origen, ese despegue de todo lo que no tuviera que ver con el cuerpo a cuerpo, con la competición en lo que fuera, ya se tratara de los resultados escolares, ya de los éxitos o fracasos deportivos o en su momento de los éxitos con las chicas. Lo importante, lo verdaderamente importante no era tener éxito, sino vencer a un contrincante y hacerlo de una manera natural, distanciada, como sin esfuerzo. Esto no era tan difícil en los meses escolares, pues en el colegio los retos estaban organizados y cualquier fallo podía compensarse mañana, pero en los entretenimientos de verano la competición comenzaba a localizarse en otro punto menos claro. Tener o no bici con motor, tener casa individual propia durante esos tres meses, ya no eran cuestiones que podrían ser dadas la vuelta al siguiente día o al siguiente mes y Jon comenzó a reconocer, siquiera en el inconsciente, que uno tenía que construirse el mundo en el que jugar, luchar o competir, tanto da una cosa como otra.

Uno era responsable de su espacio y de su tiempo. Esa idea de Jean-Paul Sartre que leería y entendería años más tarde, era el sentimiento que le fue apartando de sus amigos de verano y le empujó a seleccionar sus amigos de invierno. Y desde luego fue la razón por la que, para alivio de su madre, no opuso ninguna resistencia a comenzar su formación extracurricular en idiomas pasando la mayor parte de los veranos siguientes en países europeos para aprender desde luego el francés, que la madre sabía y se enseñaba en el colegio, o el inglés que el padre había estudiado en aquellos librotes de estructuras navales y, a poder ser, también el alemán, que por nada del mundo debiera considerarse el idioma de un pueblo derrotado. Como por algún lado había que comenzar los padres de Jon decidieron, de acuerdo con los padres de uno de los amigos de invierno, llamado Juan, ponerse de acuerdo con los curas del colegio para colocarnos los próximos veranos en uno u otro lugar francófono en el que, además de internacionalizarnos un poco, nos iniciáramos en la formación de la que se podría llamar patrón de remolcador de altura pues alguien tendría que hacerse cargo en la Ciudad de atraer a los grandes cargueros llenos de mercancía que habría que almacenar y luego distribuir. Y así fue cómo Juan y Jon iniciaron como pioneros de su curso del colegio el camino de la ruptura de unas cadenas que no sabían les atenazaban.

El primer verano no les alejaron mucho de casa y lo pasaron en el País Vasco-Francés, donde ni uno ni otro de estos dos amigos podía hablar con nadie en otro idioma que no fuera el francés o el euskera que ambos desconocían. Vivieron en casa de un matrimonio aldeano que tenía un hijo de su edad que esperaba poder entrar en el seminario local el siguiente curso y que les mostró los locales donde tenía lugar la universidad de verano y de donde sacaron libros poco adecuados a su edad que no pudieron más que hojear y de los que solo les quedaron algunas ideas guía que, en cualquier caso, no les abandonarían nunca. Voltaire, Montesquieu o los enciclopedistas fueron desde entonces señas de indentidad distintivas de sus personalidades por otro lado bien distintas. Pero no fue solo eso lo que trajeron de vuelta a casa. Para sorpresa tanto de Jon como de Juan las fiestas del pueblo en el que vivían se celebraron bajo la enseña vasca, la ikurriña, esa bandera que Jon solo había visto en forma de insignia que, una vez al menos, llevó prendida en el interior de la cintura del pantalón a sugerencia de la señorita Carmen, una heroicidad que ésta celebró mucho más que cualquiera de los éxitos deportivos, pero en silencio para que no se enteraran los padres o, más exactamente, la madre.

Cargados ya de secretos, el segundo verano de la educación afrancesada fueron enviados a otra casa semirural en un pueblo más al norte en el que ni se podía ir a playa alguna a ver mujeres en bikini ni lucía la ikurriña, pero en el cual parecían veranear familias de París, algunas de las cuales tenía hijas de la edad de estos dos futuros patrones de remolcador de altura. Nada intelectual ocurrió ese verano, pero tanto Juan como Jon vivieron en el contacto diario con chicas francesas lo que, en cierto sentido, había sido mucho más instructivo que la Enciclopedia. La libertad con la que se expresaban o la picardía de muchos de sus comentarios eran para estos dos jovenzuelos el contenido real de esa idea de libertad que, aunque relacionada con la ikurriña de una manera que no lograban expresar, se mostraba radiante en pequeñas bromas con intención que, de rebote, les enseñó para siempre que también las ideas de fraternidad y de igualdad tienen un contenido muy real y nada etéreo que se materializa a veces en esa costumbre de aquella época de continuar el contacto por carta, una práctica que mantuvieron los dos amigos con las que resultaron ser sus dos chicas más cercanas.

Esto es justamente lo que les faltó a los dos amigos el tercer verano en el que, ya sin la supervisión de los curas del colegio, fueron transferidos a un colegio suizo del cantón de la Vaude solo para varones en el que la internacionalización necesaria para patronear un remolcador de altura parecía ser el producto estrella. Allí estaban aparcados desde iraníes a italianos pasando por griegos o alemanes. Se notaba la precisión suiza en los horarios y en la organización de las actividades tanto escolares como extraescolares. Con un par de italianos de su edad y el acompañamiento de algún cuarto, practicó Jon el tenis con cierto rigor impuesto por un entrenador italiano, algo que le sirvió para toda la vida, aunque no necesariamente en términos deportivos. Lo que el tenis enseñó a Jon fue el miedo al éxito. En un campeonato de tenis perdió una final que iba ganando por cinco juegos a uno en el último set. Nunca le abandonó el miedo a pensar en aquella derrota que, desde luego, fue humillante, pero algo más. Por primera vez se enfrentó a a algo que no llegó a comprender.

Pero lo que realmente hizo de ambos amigos gente de mundo no fue el tenis sino el esquí acuático y el remo: el peligro a caer y el espíritu de equipo. Pero también había salidas diarias ampliadas los fines de semana y eso les permitió a ambos amigos seguir cultivándose un poco en la cultura francesa, ahora concentrada en películas de autor que les pusieron en contacto con las artes, y continuar su educación sentimental cada día más carnal dentro de un orden de chicos de colegio de curas de un país todavía retardado en casi todo.

Después de estos veranos que evitaron a Jon aquella primera vergüenza de la pensión, la enfermedad del padre de Jon se había agravado lo suficiente como para dejar el trabajo en el astillero y pensar en volver a pasar el verano en una casita alquilada de la margen derecha no lejos de la Iglesia cuya mole cegaba un tanto la buena vista que había desde el balcón de aquella primera casa que resume la infancia de Jon. Pero el tiempo no había pasado en balde, y ya no era momento de hacer esfuerzo alguno para recuperar aquellas amistades de verano, gente que había seguido viéndose y apretando los lazos de un grupo que buscaba su identidad colectiva, algo a lo que Jon ya había renunciado hace tiempo. Su futuro estaba marcado y, sin saberlo, no iba a hacer otra cosa que reforzar las líneas de ese futuro que le encaminaban hacia el distanciamiento respecto a todo. No solo habría de afrontar la soledad en bastantes ocasiones, sino algo más raro y profundo que no le permitía sentirse cercano a nada, pues sabía de antemano que no hay nada de lo que uno pueda estar cercano de manera permanente. No era que la fidelidad le fuera ajena, es que sabía de antemano que, en su caso, su fidelidad no era una virtud, porque no era sino el resultado de su conocimiento de que la traición hubiera sido algo inútil pues nunca le hubiera llevado a ningún lado, ni hacia alguien al que podría haber sido fiel.

Sabía Jon que su maldición sería la soledad, pero no una de esas que se pretende enarbolar como un estandarte de singularidad, sino como un simple continuo pequeño mareo que no inutiliza para nada, pero que no permite terminar nada relativamente importante, pues antes de ello una fuerza extraña le llevaría por cualquier otro derrotero. Y sabiéndose así pensó que se aprovecharía de las circunstancias familiares y continuaría una vida en la que los meses fríos estarían dedicados a cumplir con lo que se esperaba de él y los meses de verano seguiría a la búsqueda de una quimera que ni siquiera sabía nombrar. La competitividad necesaria para la vida en común no le era difícil de conjurar sobre todo porque no le importaba nada perder. Si en general era un ganador era precisamente porque podía competir sin angustia alguna. Es más, a menudo se dejaba ganar por experimentar, además de su propio sentido del honor, que cada vez se mostraba más inexistente, el extraño orgullo del ganador, una reacción que cada vez le parecía más curiosa por su incapacidad de comprenderla. Jamás se le pasó por la cabeza tratar de redireccionar su vida por el camino claro que su madre le indicaba. Sabía que si no hacía nada más dejarse llevar, acabaría siguiendo paso a paso el camino que su padre procuraba ocultarle, pero que un día se lo marcó con una simple actividad fuera de lo corriente, la actividad de esa extraña asociación no regular de patrones de los remolcadores de altura.

«Las luces» recibió 0 desde que se publicó el miércoles 20 de agosto de 2014 . Si te ha gustado este post quizá te gusten otros posts escritos por Juan Urrutia.

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