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Las gentes del mar

Los marineros del Catalina y Francisco nos han proporcionado una ocasión única para reflexionar sobre algo que rondaba las cabezas sabias de los asistentes a la Summer School de San Sebastián y a lo que yo mismo he prestado atención en mi breve ponencia del curso de verano de El Escorial en homenaje a Rafael Termes.

La cuestión de fondo es si somos dueños de nosotros mismos o si por el contrario es nuestro imaginario colectivo el que dicta nuestras decisiones y conduce nuestros actos.

Mi posición en este debate es que el imaginario colectivo es útil y que, a pesar de ello, es inevitable para algunos tratar de librarnos de él a fin de devenir individuos auténticos y no tontorrones cosmopolitas desiderativos.

Para algunos filósofos sin embargo debajo de este imaginario colectivo habrí­a no solo convenciones que acaba pareciendo obligaciones éticas, sino verdaderas normas morales de origen desconocido.

Pues bien la ley del mar nos da, creo yo, una respuesta. A los naúfragos se les salva, aun a riesgo de la propia seguridad, y se les acoje a bordo cualquiera que sean las dificultades posteriores para desembarcarles.

No hay ley moral previa impresa en la naturaleza humana tal como muestra las muchas excepciones a una regla análoga relativa a los accidentados en carretera. Ni, desde luego, las pobres leyes positivas internacionales pueden impedir la aplicación de esa convención de las gentes del mar.

Es una convención que ha resultado tener un gran valor para la supervivencia de los que faenan en la mar. Quizá eso sea todo. Pero ahora viene lo dificil pues romper esa convención serí­a una forma extrema de “individualizierung”.

En efecto, esa ruptura de la ley del mar serí­a muy cara pues nos expulsarí­a inmediatamente de la comunidad de las gentes del mar. Pero si fuéramos capaces de llevarla a cabo qué duda cabe de que habrí­amos dado un gran paso en nuestra personal individuación. Solo un Dios puede ser tan cruel.

La duda es si esta tarea de hacernos singulares y únicos tiene un gran valor de supervivencia o es una simple coqueterí­a de intelectuales aburridos o incluso una blasfemia.

Sin grandes preocupaciones por estos juegos mentales los marineros del Catalina y Francisco han vuelto a faenar en cuanto les ha sido posible. Propongo que, en lugar de darles premios o además de dárselos, hagamos un esfuerzo por pensar en el significado de lo que han hecho y que lo mantengamos hasta que nos duela la cabeza.

«Las gentes del mar» recibió 0 desde que se publicó el Sábado 22 de Julio de 2006 . Si te ha gustado este post quizá te gusten otros posts escritos por Juan Urrutia.

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  1. Ana dice:

    El ejercicio que propone me parece interesante si en el barco hubiera habido un solo marinero.

  2. Juan Urrutia dice:

    En efecto, estás en lo cierto y yo me dejé llevar por la inercia de mi pensamiento sobre pautas, y normas.

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