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Las Catedrales del siglo XX y la soberanía del siglo XXI

Hasta hace poco tiempo las catedrales del siglo XX eran los museos-espectáculo que algunos critican por ser como parques temáticos que no cumplen las funciones del museo de toda la vida y empiezan a jugar otros muy distintos como el económico, el urbaní­stico y en general el de punto focal de un entusiamo colectivo. Nada mejor para entender esta cambio que echarle un vistazo al Efecto Guggenheim de Iñaki Esteban, en Anagrama.

Pero quizá debiéramos reservar el nombre de catedrales del siglo XX a las grandes instalaciones cientí­ficas según me dice Javier Campo. Las grandes instalaciones cientí­ficas como obras colectivas que son, desvelan el deso de saber más allá de lo que los sentidos nos dicen, algo que intuimos subyace en la locura de la construcción de catedrales.

Yo dirí­a, sin embargo, que hay una especie de rechazo por la novedad que representan los nuevos museos o las grandes instalaciones. El arte serí­a algo sagrado que no debiera disolverse en la sociedad del espectáculo. La ciencia serí­a algo laico, pero igualmente trascendente, que se pone en juego y corre el riesgo de perder su espí­ritu en presencia de esa gran ciencia que genera sus grupos de presión que acaban haciendo de la ciencia un simple, o no tan simple, negocio.

En ambas crí­ticas, a los museos espectáculo y las grandes instalaciones, me parece a mí­ que hay una nostalgia por un mundo que, en realidad, nunca existió. ¿Cuando ha sido el museo un intento puro de conservar, estudiar y divulgar libre de todo otro interés? ¿Cómo podrí­a una gran instalación cientí­fica con su eneorme coste coste estar al servicio exclusivo de la verdad?

Me parece que esos sentimientos nostálgicos revelan un mundo mental distorsionado y que echarle la culpa del presunto desastre al liberalismo de mercado es una crí­tica de este último más bien rutinaria y desinformada.

Mucho más interesante me parecerí­a una lectura más polí­tica. Si museos y grandes instalaciones tienen algo del espí­ritu de las catedrles del siglo XX, pero traicionan la trascendencia que se les supone a estas últimas con el espectáculo o la mercantilización, podemos cambiar de orientación esta búsqueda de sentido a estos fenómenos arqitectónicos e ingenieriles y pregunarnos si pueden representar una nueva noción de soberaní­a que supere la antigua basada en el poder de las armas e indefectiblemente unida a la independencia frente a la amenaza externa.

Pues bien, en un mundo globalizado, la idea de defenderse estarí­a más asociado a la ciencia o, en general, a la innovación tecnológica que al poder de las armas porque en ese mundo globalizado se impone el valor del conocimiento y el poder de las redes como forma de organizar la convivencia. Y aquí­, en este punto, las grandes instalaciones cientí­ficas no tienen competencia con los museos. No se trata de dar espectáculo e intimidar al extraño con tu cultura. Se trata de hacerle ver con evidencia palmaria quen un estado o grupo humano cualquiera puede dejar al extraño muy atrás en la distribución de la riqueza en el mundo.

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