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La Transformación de la Universidad: Movilización de Activos (III)

Publicado en Expansión, martes 20 de junio de 2006

En las dos últimas entregas he tratado de repensar el estado de la Universidad española y sus posibles salidas en este momento que se discute una nueva ley Orgánica de Universidades. Me he atrevido a ser descarado y he afirmado que el problema básico es la falta de competencia entre universidades, que la mutación crucial es la separación radical del gobierno académico del económico-financiero y que sería conveniente transferir activos tangibles a cada universidad para que tengan una fuente de ingresos que les permita ejercer una autonomía descarnada que les puede lleva a declararse en bancarrota aunque no sean privadas.

Hoy quiero acabar con estas reflexiones, urgiendo la movilización de activos quizá intangibles; pero que están ahí esperando a que sean puestos en valor, complementando así los ingresos de una universidad realmente autónoma.

Esta es una idea que, en ciertas aspectos, tiene ya más de veinte años. Se trataba de hacer posible, a través de las Oficinas de Transferencia de los Resultados de la Investigación (OTRIS), que los profesores/investigadores pudieran complementar su magro salario mediante la venta de sus servicios al exterior dejando para la universidad un cierto porcentaje de “impuesto revolucionario” o atrayendo a ella algunos fondos asociados al proyecto vendido, los llamados overheads. Fue una buena idea y allanó el camino hacia la verdadera movilización de activos hecha de manera sistemática y gerenciada de una manera profesional.

Pero para llegar al final de este camino hay que complementar las OTRIS haciéndoles competir con agencias que quieran y puedan beneficiarse del valor oculto enterrado bajo del capital intelectual que acumula un centro universitario. No me cabe la menor duda de que hoy ese capital es enorme y tampoco creo que haya ninguna duda de que su rendimiento actual para el investigador y para la institución es ridículo. Contemplemos un momento los datos más conocidos, aunque los ofrezco sin ninguna garantía de precisión y solo para tener una idea de los órdenes de magnitud.

El número de patentes europeas que se tramitan por la oficina de Patentes de Alicante es aproximadamente de 800 al año, provengan de donde provengan, incluso si provienen de laboratorios extranjeros radicados en España. Estamos, desde luego, a la cola de Europa. Pero por otro lado registrar con total garantía una patente en dicha oficina sólo cuesta unos 12.000 euros, de forma que si quisiéramos escalar puestos en el ranking europeo, incrementando en un 25% el número de patentes europeas, los gastos serían sólo de unos dos millones y medio de euros siempre, claro está, que haya ese flujo de ideas patentables.

Suponiendo una tasa de éxito de la explotación de estas patentes de un 33% (el doble que la actual medida sobre todas las patentes incluyendo las no europeas y que resulta ser de un 16%) nos encontraríamos con que invirtiendo unos 400 millones de pesetas, tendríamos en nuestra mano unas 66 patentes útiles.

El interés del negocio parece obvio. Creo que no sería exagerado afirmar que podríamos tanto encandilar al científico para que genere ideas como recuperar la inversión y realizar un beneficio sustancioso en unos años, pasando esos activos ya solidificados a los siguientes tramos de financiación. Yo creo que los 400 millones de pesetas se convertirán en 5 años en no menos 4.000 con los que remunerar a la institución, al investigador y al inversor. Me parece que éste último tiene incentivos para levantar un capital de unos 2.000 millones de pesetas que le permita resistir los cinco primeros años. De hecho es posible que convenciera a alguna entidad financiera para que le ponga la mitad con un cierto periodo de carencia.

A mi estos números me parecen creíbles y esperanzadores a grandes rasgos y, por lo tanto me pregunto porqué no ocurre algo así. Se me dirá que ya ocurre y no seré yo el que niegue ni el esfuerzo de las OTRIS, ni la eficacia del dinero público que se ha dedicado a incentivar la investigación y la puesta en valor de sus resultados ni la próxima utilización de algún programa inteligente de compras públicas (procurement)

La pregunta que me interesa es, por lo tanto, porqué no entra en este negocio, y de forma sistemática, la iniciativa privada a pesar del florecimiento del capital riesgo y del apoyo inteligente que da el CDTI a cualquier iniciativa que haya fructificado a partir de las ideas generadas en las Universidades o los OPIS (Organismo Públicos de Investigación).

Mi respuesta es que hay dos obstáculos, el de alineamiento de incentivos y el del conocimiento mutuo basado en un lenguaje común que programas como el CENIT tratan de superar. Pensemos sobre estos dos obstáculos diferenciando las ideas científico-naturales por un lado y las ideas humanista o científico-sociales por otro.

El problema en estos casos está en la colisión entre incentivos y valores. Hacer ciencia se ha llegado a considerar como una labor sacerdotal que no puede ponerse en peligro por mácula alguna. No es que se piense que la persecución del conocimiento en sí sea justificación suficiente, que la es. Se trata de que se pretende elevar esa justificación a la única posible, llegando a despreciar al que se preocupa de, o se implica en, problemas de la realidad del entorno.

La única forma que yo veo de salvar este escollo que es muy real, es no solo distinguir fases en la carrera de investigador, sino también promover carreras alternativas. A efectos de la Universidad se trataría de añadir la tarea de transferencia a las de docencia e investigación y de recordar todas las mañanas la distinción de Freeman Dyson entre científicos atenienses y manchesterianos. En la investigación cabrían tanto lo que buscan la explicación de todo como aquellos que se entusiasman con los artefactos. Y estos últimos -los manchestiaranos– están muy cerca del proceso de transferencia. Creo firmemente que estas formas de alinear incentivos aparecerán espontáneamente en cuanto separemos las dos autoridades, la del Rector y la del Presidente.

El Problema con las Humanidades o las Ciencias Sociales es otro distinto. Dejando aparte aspectos del Derecho, la Sociología o la Economía que desde siempre han tenido cabida en la consultoría, lo asombroso es darse cuenta de las ricas vetas de mena que hay en las minas del conocimiento blando. Les recomiendo que accedan al proyecto que están efectuando el Instituto de Gestión de la Innovación y el Conocimiento de la Politécnica de Valencia y el CSIC con el apoyo del Plan Nacional de I+D.

En este Proyecto sobre el “Estudio sobre las capacidades de transferencia de conocimientos en humanidades y Ciencias Sociales“, un grupo de probada calidad en estos menesteres se ha empeñado en explorar sistemáticamente esas vetas en los institutos correspondientes del CSIC. He aquí un par de datos curiosos. Humanidades y Ciencias Sociales en el CSIC y durante el periodo 2003-2005 subscribieron el 19% de los contratos del CSIC obteniendo el 9% de la financiación; pero con una solicitud de productividad media más baja en ambos (11% y 2.4%). Es decir, esta gente trabaja bastante y saca muy poco.

Me atrevería a decir que en este campo del pensamiento blando hay también valor, que movilizarlo cuesta poco y que, en consecuencia, también puede ser negocio. El ejemplo más inmediato sería el de la documentación. Son estos expertos -los documentalistas- los que tienen toda la información necesaria para el éxito de las agencias de intermediación de los que hablaba más arriba. Un buen Presidente sabría sacar chispas a la información que genera su propia gestión.

En resumen y para terminar con esta pequeña serie sobre la Universidad, yo diría que transferir activos tangibles y dejarlos a la gestión (regulada) de la autoridad económica de la Universidad y movilizar los que están ya ahí aunque ocultos y ociosos, proporcionaría unos medios financieros que, añadidos a unas tasas más cercanas al coste y a una buena organización del “procurement” podrían cambiar radicalmente la universidad española. Habría más diversidad entre las Universidades y dentro de ellas.

Y lo que daría es lo mejor, aquellos que quisieran encerrarse en su laboratorio o en su biblioteca lo tendrían mucho más fácil. Es verdad que sus automóviles lucirían menos que los de sus colegas más abiertos a problemas del entorno, pero, por otro lado, se sentirían mucho más asediados y reconocidos aunque, posiblemente, por razones espurias, como posibles proveedores de materia prima.

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