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La stakeholder society y las cajas

Publicado en Expansión, 8 de junio de 2009

Recapitulemos. En abril (“Oportunidad para España“) decía: “lo primero que hay que hacer es consolidar el sector financiero cambiando la legislación sobre Cajas de forma que éstas también puedan formar parte de esa consolidación“. En mayo (“Las Cajas y la consolidación financiera“) defendía el tan denostado capitalismo financiero describiendo al mismo tiempo las ventajas de una normalización de las Cajas que deberían, a mi juicio, homologarse con los bancos, fortaleciendo así al sistema financiero que sostenía la oportunidad. En la primera entrega de junio (“Crisis y la «Stakeholder Society»“) trataba de mostrar cómo la crisis va a traer un recelo respecto al mercado apuntando a su limitaciones a efectos de propiciar una atención seria e intensa hacia la “Stakeholder Society” en la que, se espera, sean atendidos los intereses de todos los “concernidos” y no solo los que atañen a los accionistas. Me preguntaba ahí si la forma jurídica y funciones de las cajas no podrían ser justamente una manera de atender a esa preocupación sobrevenida. Hoy, en esta segunda entrega de junio, tengo que ofrecer mi respuesta.

Recordando brevemente lo que se entiende como “sociedad de concernidos” diré que se tata de una forma de gobernanza social que tiene en cuenta a todos aquellos que tienen algún interés por los resultados empresariales y que no pueden ser tomados en consideración por limitaciones del mercado. Ahora bien conseguir la adecuada satisfacción de esos intereses no es fácil tal como nos lo indica Jean Tirol en su Presidential Adress a la Econometric Society de 1998. Tirol hizo un esfuerzo considerable para reenfocar el problema y, en cierto modo, abrir una línea de investigación que, a caballo de las ideas de la Economía de los Incentivos y del Control, atacara de manera frontal el problema de cómo llevar a la práctica el óptimo social propio de esa “Stakeholder Society“. Esta llamada al orden de Jean Tirol es naturalmente bien recibida por cualquier economista para el que lo primero es siempre identificar el óptimo social de primer orden y sólo luego, admitidas las restricciones, informacionales o de cualquier índole, que concurren en el problema tratar de identificar y poner en práctica un óptimo subsidiario.

Para seguir esta línea de investigación y caracterizar el óptimo social, ese economista cualquier trataría de identificar las condiciones de maximización de una función objetivo determinada como, por ejemplo, la suma de las funciones de bienestar (o de utilidad) de todos los stakeholders o “concernidos”. No cabe duda de que para ello los contratos existentes tendrían que hacerse mucho más complejos y habría que inventar otros nuevos y que, además, para que todo este tinglado se sostuviera debería haber miembros del Consejo de Administración que defendieran el interés de cada clase de stakeholders. El esfuerzo de Tirol consiste en entender porqué este óptimo de primer orden no es fácil de poner en práctica en condiciones de falta de información y en un ambiente en el que el control no es fácil de ejercer.

Es muy difícil, en efecto, diseñar incentivos explícitos para que los ejecutivos colaboren a paliar los límites del mercado a fin de tener en cuenta los interese legítimos de los “concernidos” por una vía o por otra. Y lo es porque no hay una medida precisa del bienestar agregado de éstos concernidos que aquéllos deberían de maximizar ya que la maximización de la suma de las funciones de utilidad solo es obvia cuando todos los concernidos permanecen constantes. Podría pensarse que, a pesar de esto, los ejecutivos quizá hicieran su tarea tal como queremos que la hagan si les incentivamos de acuerdo con un criterio discernible y practicable como, por ejemplo, el valor de la acción (Shareholder Value). Pero esta esperanza es vana porque sabemos que si esto fuera así desatenderían a los otros stakeholders o concernidos. Si les fijáramos incentivos implícitos, como pudiera ser por ejemplo el diseño de carrera que se puede esperar seguir en la empresa, nos encontraríamos con un problema similar pues si, por ejemplo, el ejecutivo quiere quedar bien con los inversores quizás ponga en peligro su promoción por parte de su jefe inmediato. Y si ahora pensamos en el control es muy fácil admitir que éste no se puede ejercer bien cuando ese ejercicio está dividido entre agentes individuales representativos de diferentes clases de “concernidos”. En estas circunstancias parecería que la maximización del valor de la acción (shareholder value) puede ser, en el mejor de los casos, un óptimo de segundo orden.

A pesar de estas dificultades sería ingenuo concluir que el impulso que subyace a la idea de la “Stakeholder Society” va desaparecer y desde luego muy poco realista pensar que lo vaya a hacer en las circunstancias que seguirán a la crisis. De ahí que se pueda predecir el resurgimiento de las ideas, aparentemente moribundas, de Responsabilidad Social Corporativa (R.S.C.) y también que estas ideas serán exploradas con más detalle. La crisis ha enseñado que estas ideas de RSC no se mantienen cuando vienen mal dadas y que lo mismo pasa con la Obra Social de Las Cajas. Por esa razón la forma de no olvidar el óptimo de primer orden es que los intereses de todos los concernidos sean defendidos por un Consejo de Vigilancia propio más bien del capitalismo renano y ajeno al americano. No me cabe la menor duda de que los ejecutivos o quién representa solamente a los accionistas está más dispuesto a tratar de fingir un sin-novedad-en-el-frente que aquellos que representa los intereses de los distintos “concernidos”. A pesar de que estos “concernidos” tienen unos intereses a largo plazo en la empresa, no pueden negociar esos intereses genuinos en ningún mercado, entre otras cosas porque no es fácil establecer contratos específicos estandarizados para cada uno de ellos que puedan llegar a conformar un mercado en el que se pudieran negociar. Se impone pues concluir que, a pesar del inevitable influjo de los modos americanos, el capitalismo del futuro tendrá unas empresas con administración dual. Un Consejo de Administración de ejecutivos y un Consejo de Vigilancia que fija la función objetivo a maximizar teniendo en cuenta a los stakeholders.

Parece pues claro que la aportación de las Cajas a la Stakeholder Society puede ser sustituida por un Consejo de Administración dual que incluya un Consejo de Vigilancia ya que éste puede conseguir lo mismo que la Obra Social de las Cajas mientras que la homologación de éstas a los bancos refuerza el sistema financiero, facilita su regulación y despolitiza su gestión. Esto quiere decir que al hablar de la posible modificación de la Ley de Cajas no se debe hacer independientemente de las modificaciones pertinentes en la administración de las empresas.

Para terminar con esta especie de ensayo por entregas sobre las Cajas, el sistema financiero y la oportunidad para España, solo me falta argüir que el sistema financiero, visto como un sistema de filtros para la financiación de proyectos, funcionará mejor en los tiempos que vienen con un sistema consolidado en el que las Cajas pierden sus características definitorias. Pero esto será ya en julio.

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  2. […] que tuve algunos contactos con Jean Tirol tanto en Bilbao como en San Sebastián de los que a veces me he hecho eco en este blog. En mis propias publicaciones se trasluce la admiración que he tenido a ambos. En el caso del […]

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