Desde mi sillón

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Grupo de Cooperativas de las Indias

La soledad, el silencio y su productividad

Sí que hay soluciones para tratar el mercado de trabajo de maneras distintas a las derivadas de la economía Neoclásica y que difícilemente podrían considerarse sesgadas hacia ideología alguna.

Por razones seguramente triviales, pero que desconozco, el teléfono móvil se negó a funcionar el segundo día de las Jornadas de Economía Laboral (JEL) que, organizadas por la Asociación Española de Economía del Trabajo (AEET),se celebraron en Barcelona el jueves y viernes pasados. Como tenía otras gestiones que hacer no acudí a todas las sesiones ya fueran de las denominadas paralelas o a las plenarias programadas. Hubo pues momentos en los que me encontré desubicado y en pleno silencio, extraño en una ciudad tan atareada en la que me encontraba perdido pues no sabía cómo llenar los tieqpos muertos sin posibilidad de conectar con amigos ya fueran éstos de las propias jornadas o ya de los otros «negociados» que me llevaron a esas jornadas sobre un tema del que no puedo decir que se algo. Si yo estaba allí era para entregar el Premio Lluis Fina al mejor trabajo del año en la materia, un premio que financia la FUE cuyo patronato presido, pero esta obligación se convierte en una alegría cuando observo la temprana edad de los participantes y la paridad de sus géneros. Y también, claro está, cuando me doy cuenta de que la calidad de las presentaciones se me antoja mucho mayor que la que se observaba en el área hace años a pesar del ejemplo de personas prematuramente desaparecidas como la de Lluis Fina (UAB) o la de Luis Toharia (UAH) en cuyo honor se conceden unas becas para jóvenes investigadores.

La cena que cerraba las jornadas fue una fantástica algarabía juvenil que hacía resaltar aun más mi ancianidad gentilmente acompañada de un par de personas que, sin llegar a mi edad, tampoco pertenecían a esa generación que ha dado tantos miembros de la academia interesados en todos los temas que rodean la economía Laboral. La conversación no falta nunca entre personas del mundo académico pues siempre se encuentran colegas comunes en los diversos centros por donde unos y otros hemos pasado años de formación o de ejercicio profesional o incluso años sabáticos en lugares raros. Por esas raras casualidades de la vida me encontré entre esos académicos tres personas casi coetáneas que, de una u otra manera, tenían que ver con Bilbao, lo que siempre da la oportunidad de alegrar la noche con esos semichistes de vascos o, más concretamente, de bilbaínos que tanto éxito parecen tener últimamente a juzgar por alguna película y alguna serie televisiva. Así que pude librarme de la seriedad de mi presencia en la jornadas comparándome con alguien de Donosti o alabando el estilo de una mujer que aun no siendo vasca había pasado sus años de adolescencia en la villa de Bilbao o volviendo por enésima vez a esa especie de sátira del bilbainismo consistente en afirmar con toda seriedad que un riojano es vasco pues los bilbainos hemos comprado todas las bodegas de esa preciosa tierra rojiza. Y entre estos dimes y diretes se me fue pasando el anochecer de manera alegre pues a pesar del silencio del móvil no tuvo nada de solitaria sino que más bien se deslizó alegremente hacia el cotorreo general.

Cumplida mi misión durante la cena que cerraba las Jornadas caminé de vuelta al hotel junto con un viejo amigo, miembro durante años de la la Junta Directiva de la citada AEET y miembro desde sus inicios de Economistas Frente a la Crisis. Comenzó contándome que se sentía desmoralizado y a punto de cortarse las venas debido al sesgo ideológico de casi todas las ponencias que, según él, planteaban los problemas de una forma tal que cualquier solución a esos problemas iba siempre a favor del capital y en contra del trabajo desde las soluciones al desempleo hasta el mantenimiento de las pensiones pasando por los problemas jurídicos que rodean a las propiedades deseables de los convenios colectivos. Y esa ideología se disfrazaba de matematización innecesaria del planteamiento y desarrollo junto con la simpleza del tratamiento econométrico excesivamente simple que se ha generalizado. Pero la crítica no paraba ahí, sino que incorporaba una posible diagnóstico de este disfraz. Podría tratarse de pura emulación de las técnicas usadas por los practicantes del análisis económico que se impuso a caballo del aparentemente insuperable modelo de equilibrio general o podría tratarse más bien de la imposición del uso los rankings cuantitativos de los méritos académicos a fin de promocionarse en la carrera académica.

La noche iba cayendo aunque la temperatura permanecía alta lo que incitaba al paseo, uno de esos paseos que incita a su vez a pensar en silencio quizá también porque el día había amanecido ya con la desconexión de la conversación como resultado del fallo del móvil. Así que cuando mi viejo amigo tradicional rompió el silencio para decir queda pero firmemente que «no hay solución» a mí se me impuso la verborrea y diserté sin pudor sobre algunas de las soluciones que habían pasado por mi cabeza en la cena. Sí que hay soluciones para tratar el mercado de trabajo de maneras distintas a las derivadas de la economía Neoclásica y que difícilemente podrían considerarse sesgadas hacia ideología alguna. Un ejemplo obvio es la Economía Compleja conformada por modelos dinámicos de naturaleza adaptativa que generan soluciones naturalmente complejas y múltiples y a menudo dependientes del recorrido. Un ejemplo que venía a cuento puesto que esta última característica podría reforzar la adecuación de las quejas de mi amigo.

Llegábamos ya al hotel y tuve el tiempo justo de llamarle la atención sobre que, hubiera o no un sesgo ideológico en la práctica académica de la economía del trabajo, acabábamos de clausurar unas jornadas que dejaban ver con toda claridad no solo que problemas de género, como la discriminación salarial, se trataban muy a menudo y justamente por mujeres, un hecho este segundo que permitía el optimismo no tanto por el interés cercano que pueden tener por temas en boga, sino sobre todo porque son ellas las que menos se van a dejar llevar por la inercia de la tecnología académica o arrastrar por el uso de los evaluaciones como signos de calidad.

«La soledad, el silencio y su productividad» recibió 2 desde que se publicó el Martes 7 de Julio de 2015 . Si te ha gustado este post quizá te gusten otros posts escritos por Juan Urrutia.

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  1. @juan Te quería preguntar por otra de las "C"s que irrumpieron en la economía. ¿Llegaste a interesarte por la teoría de las catástrofes de René Thom? Sobre su caída en desgracia, le leí que consideraba que se tomó de forma errónea como herramienta predictiva, en lugar de interpretativa.

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