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La seña y su continuación

Era justamente lo que ellos querían oír y algo muy contrario a mis verdaderas creencias, como tú sabes bien. Pero no me avergüenzo, pues he aprendido a tener todos mis mundos aislados entre sí sin intentar una unificación, cuya obsesión se debe únicamente a la religión en la que los habitantes de esta Ciudad hemos sido educados.

biarritz Tu marido presidía la reunión que se celebró en vuestra casa. Alrededor de la mesa del comedor de la que yo solo había tenido una visión fugaz en alguna de las merindas intelectuales cuando tú te levantabas, corrías una puerta y volvías con una cucharilla o cualquier otro detallito. Era una mesa muy sólida y muy grande alrededor de la cual se sentaban señores bastante mayores que yo, o eso me parecía. Por un lado, el Rector de la Universidad pública en la que yo trabajo junto con el Decano de mi Facultad y, por otro lado, estos conocidos o socios o lo que fueran de tu marido, bastante más mayores de lo que yo imaginaba. Y en una esquina estaba yo, el único no encorbatado. Cada uno de nosotros teníamos delante de nosotros una carpeta con nuestro nombre y un contenido supuse que homogéneo, en el que destacaban unos estatutos y un presupuesto además de un borrador de convenio, tres piezas relacionadas con la cátedra especial que algunos señores de la Ciudad, conocidos como empresarios, estaban dispuestos a dotar si ellos y la Universidad conseguían llegar a un acuerdo. Me resultó extraño que no estuvieras tú, aunque, después de pensarlo, creí darme cuenta de mi sesgo, pues relacionaba sin querer esa cátedra con los exquisitos tés que durante todo el curso se habían servido en vuestra casa una vez al mes. Una relación que de todos modos no hubiera resultado tan tonta, pues estaba claro, al menos para mi, que si tu marido era el líder de los señores que pondrían el dinero, debía ser por las muchas cosas que tú le habrías contado sobre esas meriendas por las que habían pasado desfilado como ponentes la flor y nata del claustro.

El Rector fue el primero en tomar la palabra para resaltar esa circunstancia tan poco habitual de la unión de la calidad de no pocos miembros del claustro y de su aparente disposición, poco corriente entre los catedráticos, a trabajar duro para colocar a esta Universidad entre las mejores de Europa. Y, como colofón de su intervención, nos remitió al borrador de estatutos en los que se ponían negro sobre blanco estas ideas en toda su generalidad. Alfonso, que resultó ser el nombre de tu marido, respondió elegantemente diciendo que los allí reunidos estaban dispuestos a firmar un convenio que diera vida a esos estatutos, pero poniendo un cierto énfasis en la parte empresarial de la colaboración. Decía estar seguro de que la Universidad contaba con personalidades de reconocido prestigio en otros campos más científicos que, aunque sin duda podían colaborar a elevar el prestigio de esta Universidad asociada a nuestra Ciudad a través de sus contactos en el circuito mundial, su movilización, pensaba él, debería recaer sobre todo sobre las espaldas del gobierno y no tanto sobre una simple asociación de empresarios. A instancias del Decano, yo traté de justificar la especialización en la que parecían querer incidir los empresarios allí reunidos.

Déjame hacer en este punto como un pequeño paréntesis para explicarte que casi me entró la risa, pues mis palabras eran casi las contrarias a las que había utilizado en mis intervenciones en las meriendas intelectuales que tú organizas. Me largué un buen discurso sobre las enormes posibilidades que abría la consideración de la empresa y sus avatares multifacéticos en un mundo en el que las verdades económicas empezaban a flaquear. Estas verdades estaban asentadas sobre modelos matemáticos cuyos supuestos implícitos eran de una simplicidad alarmante. El mundo no es una máquina sencilla en la que los inputs entran por un lado y los outputs salen por otro. La empresa era, de hecho, un magnífico modelo para entender el mundo en su faceta económica. Un mundo con una enorme complejidad, de acuerdo con la cual predecir era prácticamente imposible y en medio de la cual un pequeño incidente en una planta de producción de automóviles en Detroit podría generar un verdadero revuelo en toda una economía nacional de otro país distinto a los EE.UU. de América. Era esa complejidad sobre la que había que trabajar para lograr acercarnos un poco a su descripción y a su utilización para tomar decisiones informadas por los Consejos y la alta dirección de las empresas. Y esta complejidad se daba precisamente en el seno de las empresas como las que allí, en la mesa de tu comedor, Esperanza, estaban representadas.

Teniendo en cuenta el origen de esos hombres que parecían dispuestos a dejar entrar el aire de la renovación intelectual, me extendí en la comparación entre la física teórica, tan llena de sorpresas intelectuales, y la ingeniería, sobre la que ellos seguramente sabían todo, dada su formación en la Escuela de Ingenieros de la Ciudad, sobre la que les interrogué aunque ya conocía las respuestas. Era justamente lo que ellos querían oír y algo muy contrario a mis verdaderas creencias, como tú sabes bien. Pero no me avergüenzo, pues he aprendido a tener todos mis mundos aislados entre sí, sin intentar una unificación cuya obsesión se debe únicamente a la religión en la que los habitantes de esta Ciudad hemos sido educados. El Decano me miraba asombrado, pero reprimió su comentario para dejar expresarse a esos amigos de tu marido que parecían bastante contentos y que pasaron a considerar el presupuesto que podrían dedicar a esta cátedra especial.

Habría que seguir hablando, dijeron, pues, a la luz de lo compartido hoy alrededor de esa mesa tan sólida, era muy posible que otros empresarios con las mismas preocupaciones que los allí presentes aceptaran cooperar en la financiación de la cátedra e incluso pudieran aportar sus ideas a la organización general de la operación. La reunión se acabó entre comentarios banales sobre la coyuntura económica y los universitarios nos despedimos pretextando, con una sonrisa que quería sembrar la duda, que teníamos que preparar las clases del día siguiente. Yo recogí la carpeta que llevaba mi nombre y la introduje en mi cartera de profesor mientras me despedía tibiamente de los capitanes de empresita. Volví al centro de la ciudad con el Decano que me dejó cerca de mi casa, no lejos de la suya.

La sorpresa del día estaba todavía por llegar, pues al sacar de la cartera la carpeta para depositarla en el fondo de algún cajón, volví a echar un vistazo a su contenido y me encontré con un sobre con la dirección en blanco en el que no había reparado durante la reunión. Te había pedido una seña pensando en algo como un guiño de ojo y he aquí que me sorprendías con toda una misiva en la que me emplazabas a acompañaros a Lourdes y a ti a Francia el próximo viernes a hacer las compras para el verano saliendo, el jueves por la tarde, un esquema que sabías cuadraba con mis obligaciones. No sé qué hago reproduciéndote lo que tú misma habías redactado, solo sé que aquello me satisfizo de una forma extraña, sea por su tono o sea por cierta ironía subyacente a un texto que parecía escrito a dos manos. Temí que todo fuera un juego, pero decidí correr riesgos y seguir las instrucciones, bien simples por cierto. El jueves a las cuatro de la tarde me recogerían en el parking de la estación llamada del norte sita en la llamada plaza circular.

Como ya conoces el resto me limito a contar, más bien para mi mismo, los sentimientos de aquella escapada. La cena del jueves en el café de París de Biarritz fue rápida y muy divertida gracias al buen humor, raro en ella, de Lourdes. La noche muy larga y más que satisfactoria. Si recuerdas, yo llevaba conmigo mi cartera, pero su contenido no era el habitual, pues mis instrumentos de trabajo se habían quedado en el despacho de la Facultad y habían sido sustituidos por una muda, el neceser y un cuadernito de tapas blandas en el que yo suelo tomar breves notas sobre las características de la última pieza de mi colección y que luego son trasladas al cuaderno de tapas duras convenientemente enriquecidas de una forma que yo me atrevería a llamar poética. Espero que te agrade saber que ese cuaderno de tapas blandas que llevé conmigo permanece en blanco, pues no aproveché tu breve sueño para apuntar nada, ya que nada tenía que anotar. Habíamos bebido bastante, pero no fue eso, sino una especie de llegada a la meta lo que me hizo comportarme como un jovencito enamorado, musitando palabras de amor de estilo de escritor ruso romántico. Fuiste mi primer amor en la playa de aquellos veranos infantiles y a pesar de todas mis aventuras intelectuales y deserciones y desapariciones, nunca te había olvidado, y por lo que vi tú tampoco me habías olvidado a mi. Si no hubiera sido porque ambos no andábamos mal de experiencia amatoria, esa noche hubiera parecido una noche de bodas, en la que se mezclan las declaraciones con los jadeos y las sorpresas. Nada de esto hubo, pues tu cuerpo se acopló al mío, y el mío al tuyo, como si lleváramos años descubriendo recovecos de una cueva prehistórica. Nada memorable, me temo, excepto la fuerza extraordinaria con la que apretabas mi espalda, como si te agarraras a un bote salvavidas. Nos dormimos cuando comenzaba a amanecer, y cuando yo desperté ella ya no estaba allí. Supuse que Lourdes y ella habían acudido a las boutiques más chic para no dejar de examinar ninguna de las novedades y también, supongo, para comentar y chismorrear sobre esta escapada y sus resultados sin dejar que ningún pensamiento oscuro ensombreciera la alegría infantil que parecía embargar a los tres, pero sobre todo a las mujeres. Llegamos ya de noche a la Ciudad y fui depositado en el mismo lugar en el que había sido recogido el día anterior. Ni una palabra de amor y solo un mensaje escueto cuya única gracia, recuerdo haber pensado, era que quizá Lourdes no lo entendió: «observarás pronto otra seña y espero que te guste».

«La seña y su continuación» recibió 0 desde que se publicó el Miércoles 27 de Agosto de 2014 . Si te ha gustado este post quizá te gusten otros posts escritos por Juan Urrutia.

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