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La sabiduría del silencio

Me asusta la medida en que mis antiguos compañeros conservan las ideas y valores que les fueron comunicados. Y cuando esa crítica habría de ser utilizada contra los que son, han sido y seguirán siendo mis amigos, no cabe más que el silencio.

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Hace un par de días me enteré de que el año que viene (2017) corresponde al cincuenta aniversario de la obtención del título por parte de quienes formábamos nuestra promoción de La Universidad Comercial de Deusto. No es difícil de calcular, pero como no lo había hecho nunca me llevé una sorpresa cuando el tema se impuso en la última de esas comidas que de vez en cuando celebramos los de aquel curso que ahora, y quizá desde hace muchos años, andamos por Madrid y que en esta ocasión tocó en el Paradís.

Encontré a estos compañeros de Universidad muy jóvenes y tremendamente despiertos, dos características que me acomplejaron un tanto durante la comida pues no las veo tan claramente en mí, sino que más bien me encuentro anciano y bastante atontado.

Lo de la ancianidad no tiene paliativos pues aunque no soy el único que ha perdido ya mucho pelo y tiene cano el que le queda, mi voz es ya muy queda, necesito más ropa y de más abrigo para sentirme a gusto en un local que, como es el caso del Paradís, está bien caldeado, no me suenan la mayoría de las anécdotas que se recuerdan con simpatía y, desde luego, había olvidado a lo que se dedicaba cada uno de los asistentes antes de jubilarse.

Lo referente al funcionamiento de la materia gris es ya otro cantar pues tengo algo que añadir a la brillantez de mis compañeros de curso, una brillantez que conservan desde aquellos tiempos en mayor medida que lo hago yo. No recuerdo ningún soneto gracioso así como tampoco ninguna regla nemotécnica de aquellas que nos ayudaban a recordar algunas cosas que, como es obvio, no recuerdo cuales eran más allá dela definición de «Tesoro» en Derecho Romano (est vetus quaedam depositio pecuniae ut iam dominum non habeat). Algunos son capaces de revivir con detalle muchas y variadas experiencias de nuestras salidas por aquel Bilbao no muy divertido, incluídos los nombres y señas de identidad de la guapas del momento: sus nombres, con quien salían y cómo encontraron a ese compañero, quizá ya fallecido, que devino su marido. Y prácticamente todos siguen pudiendo recitar muchas de las ideas que nos imbuyeron los profesores que hicieron de ellos buenos gerentes, empresarios valientes, funcionarios de tronío o banqueros con poder. Pero creo que hay algo en mi manera de pensar que a pesar de todas mis deficiencias no me tiene del todo insatisfecho.

Pero, como es de esperar, no sé muy bien cómo expresarlo. Para empezar me asusta la medida en que conservan las ideas y valores que les fueron comunicados ya que, en lo que a mí concierne, no hay ningún conservadurismo en ese sentido ya que desde aquel entonces he deambulado por barrios altos y bajos pero en todo caso muy diversos. Y este deambular ha hecho que mis ideas sean mías y solo mías de verdad y no tengan nada que ver con lo que me enseñaron o quisieron enseñarme. Y para continuar no solo mis ideas son mías, sino que, además, han cambiado de naturaleza pues ya no conforman un enorme fardo de conocimientos más o menos útiles en uno u otro momento, sino que, convenientemente entrelazados, me proporcionan una simple clave de sabiduría que rara vez puede ser utilizada para algo que no sea la crítica radical de lo que se escucha en los medios o en las conversaciones. Y cuando esa crítica habría de ser utilizada contra los que son, han sido y seguirán siendo mis amigos, no cabe más que el silencio. La sabiduría a la que me refiero y de la que he escrito a menudo es, cuando se ha alcanzado, una señal de autenticidad tal como decía en este post

«La sabiduría del silencio» recibió 4 desde que se publicó el viernes 2 de diciembre de 2016 . Si te ha gustado este post quizá te gusten otros posts escritos por Juan Urrutia.

Comentarios recibidos en este post y unidos a la discusión global de todos a través de la Matriz, nuestro espacio conversacional.

  1. Juan Ruiz dice:

    Espero que el silencio no te lleve a la soledad, o al aislamiento. Pero mientras haya fina ironía todavía existe la esperanza, no?

    • Es la ría al final. Ambos lados hacen una ciudad, del mismo modo que la luz y la sombra se ponen límite en un mismo cuadro. Ambas son lo que son por el otro y en resistencia silenciosa -aunque no siempre totalmente silenciosa- al otro. El miedo es que tras tantos años de falso equilibrio en silencio, a lo mejor son ambas las que declinan sin que una de las dos haya llegado a ser del todo. Si eso fuera así, la ironía y la literatura ya no serían -para el lado no escuchado- un programa (imposible pues no hay lugar, si es que alguna vez lo hubo, ya para que la seducción intelectual se sobreponga a la convención y el interés chato) sino un legado a una inteligencia de lo social y de lo humano en general todavía por llegar a «la ciudad».

  2. Pues eso, aprovecha los ratitos en compañia de tus amigos para disfrutar de su amistad y no los dediques a la crítica (postura inteligente) pero porfavor ,al margen de esos ratitos con esos amigos de promoción, sigue con tu esencia que nos permite seguir aprendiendo . Viva la crítica y el radicalismo bién entendido

  3. Juan Urrutia dice:

    Está bien lo de referirse a la ría como una mtáfora de la imposibilidad de entenderse,pero me temo que hay algo más que no pertenece a una margen ni a otra, sino al triste paso del tiempo. Sí triste y con poco espacio para la ironía

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