Desde mi sillón

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La sabia guionista de Hollywood

Un día me lanzó un sermón lúcido y me dijo que debería tomar la vida en mis manos, olvidarme del desengaño, terminar mi doctorado y volver a mi país que es donde yo podía ser más útil. Sorbió su té y se levantó de una forma que a mí me pareció que escondía una despedida.

Hollywood-signAunque no coincide con las fechas, yo hubiera dicho que fue el Gran Gatsby la película en cuyo estreno nos encontramos como los dos únicos espectadores sin pareja. Pero no, cuando lo pienso mejor, creo que era una película sobre el cine centrada en la figura de un mogul del séptimo arte relacionado con la Metro Goldwin Mayer y su título quizá fuere el de El gran Tycoon o, ahora lo recuerdo bien, The Last Tycoon, basada en una novela, otra, de Fitzgerald, y con Robert de Niro de protagonista. Supongo que en el descaro de aquellos años de formación, y en mi caso de doma de mis instintos salvajes, fui yo quien me dirigí a ella a la salida del cine de Westwood. Era pelirroja, lo que volvía a meterme en el cine sobre el cine, pues ese color de pelo me remitía inmediatamente a John Ford y a Maureen O´Hara. Siempre me había preguntado si las pelirrojas exhiben ese mismo color en todas las partes de su cuerpo y ahora tendría la ocasión de comprobarlo si me esmeraba en mi acercamiento. Pero llevó su tiempo, pues esta mujer no era ya tan joven y afrontaba ya muy serena un porvenir que no contemplaba con ninguna ilusión. Bueno, sí que tenía alguna, justamente la relación entre cine y literatura, un asunto que sostenía su trabajo como guionista de un cierto nivel para unos estudios localizados cerca de su casa en un barrio que en mis divagaciones y paseos en mi mustang-verde lejía había clasificado como mi segunda elección, después de Venice, si decidía quedarme en esta ciudad. De hecho, al principio de mi relación con ella llegué a pensar en mis veranos infantiles, previos al desplazamiento familiar a la margen izquierda, cuando admiraba a Esperanza durante aquellos tres meses de vacaciones que pasábamos en una casita de la margen derecha, a la que nos trasladábamos desde el ensanche con toda la impedimenta de una casa transportada en un camión alquilado al efecto, apenas 12 kilómetros de recorrido, mucho menos de la distancia entre Venice y Hollywood. Todavía ejerce, tal como puedo constatar en los créditos finales de algunas películas de la Universal, por lo que no delataré su nombre y le llamaré simplemente Virginia, en homenaje tanto a una escritora como a una actriz para mí mítica desde mi adolescencia.

Virginia transmitía serenidad y hasta quizá un poco de resignación, de modo que me acerqué a ella no solo ofreciéndole un simple zumo en un bar inocente, sino un tipo de conversación que entronizaba la resignación inventándome mi personaje como alguien que huía de un accidente reciente, no necesariamente de circulación, sino más bien relacionado con el abandono de una mujer que me fui inventando a partir de esa primera conversación que a lo largo de los siguientes meses fue continuada por confesiones mutuas y por charlas sobre escritores, especialmente si habían escrito para el cine o sus obras habían servido de base para buenos films o, como el extraño caso que ella trajo a colación, de Pío Baroja que habría influido literariamente en John Dos Passos y, a través de este, en el cine, aunque fuera de manera marginal. Era Virginia de origen sureño y eso le acercaba a una cierta clase de escritores más cercana a la gran novela americana que a las transgresiones asociadas literariamente a los ambientes del este.

Yo diría que me tomó bajo su protección y muy dulcemente trató de enseñarme lo que LA podía tener de mítico o de interesante más allá de la industria del cine. Claro que no se trataba de pasearme por los estudios Universal, pues ya había tours guiados para turistas, ni de mostrarme las manos de los actores y actrices enyesadas en las estrellas de la acera de Hollywood Boulevard delante del Teatro Chino Graumann. Lo que a ella le gustaba era abrirme los ojos a museos de la ciudad llenos de obras de enorme calidad donadas por figuras míticas del mecenazgo, como Getty o Huntington, o financiadas por el condado de Los Angeles y que no siempre estaban en lo que se llamaría de manera pueblerina como el centro de la ciudad. Le encantaba mi exagerada admiración por la cultura de una ciudad que era generosa con sus convecinos compartiendo belleza. Lo mismo me servía de copiloto para dirigirme a Pasadena -en donde aprovechaba la ocasión para hacerme ver que yo no estaba en la mejor universidad de la ciudad sino que debía de aspirar a transferir mi matrícula a Caltech- que me conducía ella misma hacia el sur para conocer antiguas misiones que, desde luego, habían aparecido en el cine. Me mostraba aprovechando una de estas excursiones cualquier edificio utilizado por la industria del cine o las editoras musicales.

Fue justamente mientras volvíamos de una tarde en Pasadena que me hizo parar en el borde de una carretera ya casi convertida en calle de la ciudad, y mirándome fijamente a los ojos me preguntó dulcemente que cómo o por qué era yo tan poco dado a los contactos físicos. No me pareció oportuno confesar mi perversión oculta, y sin decir ni palabra le invité a salir de mi mustang-verde lejía, rodearlo hasta que llegara a mi lado del vehículo y encontrarnos sobre la redondeada puerta del conductor, yo sobre ella y mis labios estropeando los suyos exquisitamente perfilados a la salida del Hotel California donde habíamos tomado el té. Fue un beso de antología, pero me separó de ella con un empujón, volvió a su sitio dentro del coche y reanudamos el viajecito hacia el centro de LA hablando de naderías intelectuales y sobre el día de acción de gracias en el que ella esperaba que yo, un marginado culto, acompañara a su madre y a ella en la comida correspondiente, “siempre que llevara vino español”, añadió como con tono de disculpa por pasar del éxtasis a la prosa en un giro visto y no visto.

A pesar de que Virginia no era ya tan joven no entendía yo bien que un cuerpo como el suyo y una boca tan roja pudieran moderarse a su antojo y me prometí a mí mismo aclarar el asunto, aunque no sabía cómo hacerlo pues continuamos viéndonos de manera tan casta como la comida de Thanksgiving. Seguíamos con nuestras conversaciones cultas e incluso pedantes por mi parte, pero a Virginia parecían gustarle mis esfuerzos por deslumbrarle durante aquellas largas meriendas en lugares que no eran nada californianos del sur y que podrían ser salones de té londinenses. Yo acabé disfrutando del personaje que me fui creando de un treintañero ya descreído, quemado por un rechazo amoroso que no conseguía superar y que no estaba satisfecho con su aparente éxito académico. Un día me lanzó un sermón lúcido y me dijo que debería tomar la vida en mis manos, olvidarme del desengaño, terminar mi doctorado y volver a mi país que es donde yo podía ser más útil. Sorbió su té y se levantó de una forma que a mí me pareció que escondía una despedida. Sin embargo al depositarla en su casa después de un silencio casi fúnebre me dijo que me llamaría para que escucháramos juntos una grabación de Tennesee Williams, un sureño que mantenía el espíritu confederado que desde jovencito yo había preferido al federal, a pesar de las películas que pretendían comerme el coco con el asunto del esclavismo que finalmente desentrañé en un seminario de Fogel, aquel gran historiador de los hechos económicos que nos convenció, en contra de una opinión novedosa de que el esclavismo estaba obsoleto, de que la esclavitud era un sistema productivo rentable y sostenible. Había descubierto desde hace meses que el gusto de Virginia por el sur tenía curiosamente los mismos componentes que mi presunto nacionalismo paterno. La única forma de vivir juntos era la independencia, a partir de la cual, como en una pareja, se podían establecer apaños adecuados a la edad y a la tecnología. Así que dije que estaría encantado de escuchar esa grabación tan prometedora no solo por las convicciones sureñas expresadas, sino sobre todo por el tono grave de una voz privilegiada como la de este autor dramático.

Ese día quedamos en mi apartamento al atardecer y resultó ser una velada mucho más sugerente de lo que yo pensaba. Antes de colocar la cinta en mi reproductor me propuso un juego curioso. Aquel que acertara de qué obra de teatro estaba hablando el autor en la cinta podría pedir al otro que se desprendiera de una prenda de las pocas que en LA hacen falta incluso en un otoño ya bien entrado. Debo reconocer que me cogió un poco desprevenido semejante propuesta después de su último sermón, pero nunca me achico ante estas propuestas. Y así empezó la velada con esa grabación que no era difícil descubrir que seguía un orden cronológico, hecho este que no me ayudaba mucho en el strip poker, en cuanto no soy un experto en la obra de este hombre. Así que en poco tiempo me quedé en calzoncillos, pero a partir de los años cuarenta, y entre lo que yo reconocía y lo que ella fingía no reconocer, quedamos empatados en lo que a vestimenta se refiere, mientras la voz hablaba sobre piezas como El Zoo de Cristal, Un Tranvía llamado Deseo, La Rosa Tatuada, La Gata sobre el Tejado de Zinc, De repente el Último Verano, o Dulce Pájaro de Juventud. Con los comentarios del genio sobre La noche de la Iguana (cuya representación habíamos visto juntos unas semanas antes) se acabó el juego. Virginia se desvistió del todo, asombrándome con la tersura de sus pechos y el extraño arco que describían sus muslos y se mostró ante mí en todo el esplendor de un pubis totalmente negro. Me levanté para abrazarle, pero me cortó en seco:

Ahora ya puedes intuir que el color del pelo no tiene por qué coincidir con el del vello que embellece los labios de la vulva, pequeño niño ignorante. Esa colección de la que me hablaste se enriquecería notablemente con esta pieza que tienes a tu alcance, pero que nuca va a ser tuya.

Y mientras yo pensaba a la velocidad del rayo cómo era posible que le hubiera hablado de mi manía, bien inocente por cierto, ella ya se había vestido y tenía una mano sobre el pomo de la puerta de entrada de mi apartamento. Se volvió y me espetó:

Vuelve a tu país y conviértete en un buen profesor y en un mejor padre.

No golpeó la puerta. No necesité vestirme para meterme a la cama y caer en un profundo sueño.

«La sabia guionista de Hollywood» recibió 0 desde que se publicó el Lunes 11 de Agosto de 2014 . Si te ha gustado este post quizá te gusten otros posts escritos por Juan Urrutia.

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